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Ancla perfecta

Hebreos 6:18-19

“Por lo tanto, los que hemos acudido a él en busca de refugio podemos estar bien confiados aferrándonos a la esperanza que está delante de nosotros. Esta esperanza es un ancla firme y confiable para el alma.”

Seguramente recordás la película “La Tormenta Perfecta”. La peli, basada en una historia real, cuenta la historia de un grupo de pescadores que sale a mar abierto y se encuentra con tres frentes de clima adverso superpuestos, con lo que quedan expuestos a vientos huracanados y olas de más de 18 metros. No voy a contarte el final, porque no me gustan los spoilers, pero en un momento de la película el Andrea Gail (ese es el nombre del barco) parece un pequeño barquito de papel, frágil, frente a la muralla de agua. 

Estos son días confusos. A veces me despierto con la sensación de que todo es una exageración mediática, y a veces con la idea de que la cosa es aún más complicada de lo que parece. Sea cual sea la realidad, el efecto que esto está teniendo en la conciencia colectiva es muy notorio. Y en esos días en los que la balanza se inclina para el lado del pesimismo es muy difícil no dejarse contagiar. Y hasta te sentís, y me siento así a veces, como un barquito de papel en medio de la tormenta.

Y encima, son varios frentes superpuestos. Malabares entre el trabajo, las tareas escolares, las tareas del hogar, las compras, el aislamiento y la vida misma. Estamos viviendo, en alguna manera, una tormenta perfecta. Y las olas nos llevan de un lado a otro y amenazan con hacernos zozobrar.

Wikipedia (disculpen la fuente) dice que un ancla es es un objeto móvil cautivo náutico por cuyas características de construcción permite a un barco fijar por agarre su posición en el mar sin tener que preocuparse de la corriente, oponiéndose a la fuerza de la marea.

El fragmento que leímos hoy dice que la esperanza a la que nos aferramos es un ancla firme y confiable para el alma. Algunos aseguran que el autor anónimo de esta carta dirigida a un grupo de judíos que habían reconocido a Jesús como el Hijo de Dios fue nada más y nada menos que el mismísimo apóstol Pablo. Si efectivamente fue él no es casual la metáfora que utilizó ya que, habiendo sobrevivido él mismo a al menos tres naufragios, conocía muy bien los efectos de una tormenta y las ventajas de contar con una ancla firme y confiable.

Un ancla sirve al barco para oponerse a la fuerza de la marea y para no tener que preocuparse por la corriente. El ancla no hace desaparecer la marea, ni cambia el curso de la corriente. El ancla fija la posición del barco. Le permite mantenerse en el lugar.

Hay marea que se nos opone, hay corriente que es adversa, y en algunos días hay vientos huracanados y grandes olas. Pero, dice Pablo, nosotros contamos con una esperanza. Es la esperanza con la que cuentan los que han acudido a Jesús en busca de refugio. La esperanza de saber que todo lo que Dios ha prometido será y que todo lo que el ha dispuesto se hará. “Es imposible que Dios mienta” dice el mismo autor un poco antes.

Y esa esperanza es como un ancla firme y confiable para nuestra alma. Al fin y al cabo, cuando a Jesús le tocó enfrentar una tormenta en un barco, sólo se levantó y reprendió al viento y a las olas y, de repente, hubo una gran calma.

La calma que necesitamos.

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