Leccion 1, Tema 1
En Progreso

F. COMO RECIBIR EL BAUTISMO CON EL ESPÍRITU SANTO.

Habiendo considerado el significado, el propósito y la necesidad, al igual que algunas de las condiciones principales para recibir el bautismo con el Espíritu Santo, ahora consideraremos exactamente cómo se obtiene esta rica bendición del Señor. No es un tema fácil de tratar, dado a que Dios emplea muchos métodos para colmarnos con sus promesas; no hay dos seres humanos que reciban exactamente las cosas espirituales de una manera igual. Existen, sin embargo, algunos principios básicos que sirven de guía al corazón aspirante y sincero. Las siguientes verdades proveerán ayuda en esta área.

1. Por fe.

“… A fin de que por la fe recibiésemos la promesa del Espíritu” (Gál. 3:14). “Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él …” (Jn. 7:39). Todo lo que recibimos del Señor es por fe: “… porque es necesario que el que se acerca a Dios crea …” (Heb. 11:6). ¡No hay otra manera! El bautismo con el Espíritu no es un asunto de sentimientos, de buscar señales o evidencias. Es creer que Dios enviará su promesa, que Jesús nos bautizará con el Espíritu Santo. Sin embargo, debemos ser claros en que, cuando uno recibe algo del Señor por fe, en realidad lo recibe. No confundamos el recibir algo por fe, con un deseo, una esperanza, o presumir que el Espíritu ya vino.

Uno puede asimilar intelectualmente que es salvo, y sin embargo nunca experimentar el poder transformador y la regeneración en su vida. En cambio, la fe verdadera logra una experiencia real; hay un testimonio seguro de que verdaderamente ha nacido del Espíritu. De igual manera es el Bautismo con el Espíritu Santo. Creer en la plenitud del Espíritu por fe existe manteniendo ante el Señor, un corazón abierto y a la expectativa, hasta que se sepa realmente que el Espíritu ha bautizado. No sustituya el pensamiento por la experiencia, porque, cuando el Espíritu viene en su plenitud, nadie le tendrá que decir que Él vino: Usted mismo tiene la experiencia. Aún así, tengamos en cuenta que el Espíritu sólo vendrá en tanto que creamos en las promesas de Dios. La fe opera de la siguiente manera:

1.1.   Fe en la promesa de Dios.

La fe no está centrada en uno mismo, sino en el hecho que Dios ha prometido dar el Espíritu Santo y que Él mantendrá su palabra.

¿Quién de ustedes, si su hijo le pide pan, le da una piedra? ¿O si le pide un pescado, en lugar del pescado le da una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le da un escorpión? Pues si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan!» (Lc. 11:11–13).… Todo lo que pidan en oración, crean que lo recibirán, y se les concederá. (Mr. 11:24).

1.2.   Fe en que la promesa es para usted.

Porque para ustedes es la promesa …” (Hch. 2: 38, 39). “Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá” (Lc. 11:10). Una creencia general en la promesa de Dios no es suficiente. Debe haber una apropiación personal. No se trata de un mérito personal, sino de la promesa de Dios a cada uno individualmente por los méritos de Jesús. El no hace acepción de personas. Si ha otorgado el Espíritu a otros, que son salvos por gracia, también oirá y responderá a la petición de cada uno que llega con sinceridad. No glorificamos al Señor cuando creemos que Él hará por uno de sus hijos lo que no hará por todos.

1.3.   Fe que persiste.

Las dos parábolas de Jesús en Lucas 11:5–10 y 18:1–8, enfatizan la importancia de la consistencia y persistencia de fe que no será negada. A veces el Señor puede tardar en otorgar esta petición porque el bautismo con el Espíritu Santo señala un gran cambio en la experiencia cristiana. El Señor se interesa en probar plenamente los motivos y deseos del corazón. Confíe en la promesa de Dios hasta que se cumpla.

1.4.   Fe manifestada en alabanza y acción de gracias.

Dándonos cuenta de la grandeza de lo que Dios ha prometido, y aquello que está por hacer, causa al corazón un regocijo y un desbordar de gratitud. Casi invariablemente el Espíritu Santo viene en el acto de alabar al Señor. La alabanza es una manifestación de fe. Usted puede alabar a Dios aun cuando uno no siente el deseo. La gratitud y la alabanza a Dios están centradas en la grandeza de Dios; no en los sentimientos de uno. Dios es el mismo, sin importar cómo uno se pueda sentir. Él siempre es digno de que los suyos le adoren.

2. Rindiéndose a fin de que el Espíritu Santo haga su voluntad.

Esta es la condición más difícil de cumplir. Después de que uno se da cuenta de su necesidad del bautismo con el Espíritu Santo y viene al Señor para recibir esa bendición, todavía permanece el rendir varias facultades al control del Espíritu. Generalmente es más fácil hacer algo uno mismo que ceder a que otro lo hago por uno. Concerniendo a Jesús, dijo Juan, “El los bautizará en Espíritu santo y fuego” (Lc. 3:16; Mr. 1:8; Mt. 3:11).

Cuando uno menciona el tema del bautismo con el Espíritu Santo, generalmente se piensa en el Espíritu Santo, y eso es correcto. Pero debemos darnos cuenta que esta experiencia es primariamente un encuentro con el Señor Jesucristo. Pedro confirmó la asociación personal del Señor con la experiencia pentecostal cuando en el día de Pentecostés dijo: “A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Así que, exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que ustedes ven y oyen” (Hch. 2:32, 33).

Cuando uno recibe el bautismo con el Espíritu Santo está rindiéndose. El rechazo de la experiencia pentecostal es el rechazo de un ministerio ejercido por Jesucristo. Para que haya un bautismo debe haber un bautizador. Uno debe rendirse completamente al que lo está sumergiendo en las aguas bautismales. Asimismo, uno debe ceder al que lo está bautizando en el Espíritu Santo. El bautismo con el Espíritu santo es una rendición completa al Señor Jesucristo, por lo tanto, el bautismo con el Espíritu Santo le proporciona al creyente una relación nueva e íntima con Jesucristo.

Este concepto es fundamental en el trasfondo de una vida y ministerio llenos del Espíritu. Cada fase de servicio debe ser el resultado del rendimiento al poder y la presencia del Espíritu. Dios busca enseñarnos desde el comienzo, éste secreto de rendirse a Él.

Es virtualmente imposible instruir a otro ser humano en el cómo rendirse. Algunos han buscado la plenitud del Espíritu durante muchos años, y se preguntan por qué no lo han recibido. Cuando lo reciben, han testificado que, si sólo hubieran sabido cómo ceder al Espíritu, podrían haberlo recibido años antes. Cada uno debe aprender ésta importante lección por sí mismo. Dios quiere que todo individuo sepa cómo permitir que Él haga su voluntad en nuestras vidas. Esta gran experiencia con Dios es una bendición muy individual; parece que el Señor ha dejado que cada uno aprenda por sí mismo.

Es vitalmente importante, sin embargo, darnos cuenta que en ningún momento el Señor requiere que un creyente rinda su personalidad. Muchos de los cultos satánicos hoy en día, llevan a una persona al lugar donde niegan su propia personalidad. Esto es peligroso. El Señor no obra de esa manera. Él ha dotado a cada uno de la personalidad que posee, obrando mediante ella. El Espíritu Santo no toma el lugar del individuo. Él desea brillar a través de él, realzando y glorificando sus talentos humanos y todo su ser. El no suple un grupo nuevo de funciones, sino que utiliza lo que está allí y que le es cedido a Él. Esto enfatiza la naturaleza individualista del tratamiento de Dios con sus hijos.

Moisés se maravilló al ver la zarza que estaba ardiendo en el desierto (Ex. 3:2, 3). Pero lo que le asombró no era que la zarza estuviera ardiendo, sino que no se consumía. Asimismo, cuando el Espíritu prende fuego a los corazones y la vida de los creyentes con la gloria ardiente de su presencia, la personalidad del individuo no se consume. Las impurezas son consumidas, pero la vida en sí, se hace radiante con la gloria de Dios.

3. “Esperando” el bautismo con el Espíritu Santo.

En los primeros días del siglo veinte, era costumbre decir que uno tenía que “esperar” el bautismo con el Espíritu. La idea de “esperar” la experiencia pentecostal se basa en dos pasajes bíblicos: “Yo voy a enviar sobre ustedes la promesa de mi Padre; pero ustedes, quédense en la ciudad de Jerusalén hasta que desde lo alto sean investidos de poder.” (Lc. 24:49). “Y estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperaran la promesa del Padre …” (Hch. 1:4).

En obediencia a estos mandatos, los discípulos esperaron un número de días hasta el día de Pentecostés, cuando el Consolador descendió en su venida inicial para permanecer en la iglesia para siempre. Era necesario que los discípulos esperaran la promesa, dado a que el advenimiento del Consolador estaba designado para un determinado día al igual que el advenimiento del Hijo. Los discípulos no podían recibirlo antes del día de Pentecostés. Ellos tenían que esperar al Consolador prometido. Pero desde el día de Pentecostés, el Consolador que mora en el creyente, espera al creyente. Concluimos, entonces, que ahora no es necesario esperar al Espíritu.

Un repaso de cada pasaje en el libro de Hechos que menciona al bautismo del Espíritu Santo, revela que en cada caso que los creyentes que recibieron la bendita experiencia lo hicieron ya sea en la primera reunión de oración, o en la primera ocasión en que fue buscado. Los apóstoles no tenían reuniones de “espera”; ellos tenían reuniones de “recibimiento.” Hoy, a causa del uso descuidado de la palabra “esperar”, muchos que buscan con hambre, creen que el bautismo del Espíritu sólo puede ser recibido después de semanas o meses de espera. A aquellos que tienen esta creencia les es difícil ejercer la fe y así recibirlo inmediatamente. A los que buscan el bautismo con el Espíritu, debería enseñárseles que el Espíritu está dispuesto a llenarlos tan pronto como abran sus corazones, cedan sus vidas y ejerzan la fe.

Hay una diferencia entre una reunión de oración que “espera” y una reunión de oración que “recibe” al Espíritu. Aquel que espera al Espíritu cree que lo recibirá cuando Dios esté listo. Aquel que ora por el Espíritu sabe que él vendrá cuando el que busca esté listo. Notemos la manera en que el Espíritu Santo fue recibido en el avivamiento en Samaria: Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron que Samaria había recibido la palabra de Dios, enviaron allá a Pedro y a Juan; los cuales, habiendo venido, oraron por ellos para que recibiesen el Espíritu Santo … Entonces les imponían las manos, y recibían el Espíritu Santo (Hch. 8:14–17).

Cuando los apóstoles de Jerusalén vinieron a Samaria encontraron un gran avivamiento en progreso. Muchos habían sido gloriosamente salvos, pero ninguno había recibido al Espíritu Santo. La razón era que no habían recibido enseñanza sobre este tema. Cuando Pedro y Juan enseñaron lo concerniente al Espíritu Santo, tuvieron una reunión de oración con los nuevos convertidos, les impusieron las manos y el Espíritu fue derramado. En Samaria no hubo “esperar” pero ciertamente hubo oración.

Hoy en día podemos hacer la pregunta ante la luz de lo que hemos dicho: ¿por qué tantos oran por tanto tiempo antes de recibir? La Biblia no documenta ni un caso de una persona buscando por largos períodos de tiempo antes de recibir. Los ejemplos bíblicos son tomados dentro de una época de condiciones más o menos ideales. La fe era grande y las enseñanzas doctrinales eran uniformes. Los apóstoles eran hombres de gran fe y poder espiritual que creaban alta expectativa en los que les oían. Desafortunadamente hoy en día no es siempre el caso. Muchos buscan una experiencia más profunda sin darse cuenta de qué es lo que buscan, y con poca fe para esperar resultados inmediatos. Sin embargo, Jesús es el mismo de esos días de la iglesia primitiva, y la recepción del Espíritu no necesita diferir hoy de lo que era en ese tiempo. Esto puede ser atestiguado en muchas iglesias donde se presentan las condiciones apostólicas.

Además de lo ya mencionado, agregamos que las siguientes condiciones causarán tardanza en recibir la plenitud de la promesa de Dios: fe débil, una vida impura, consagración imperfecta y motivos egocéntricos.

La fe débil es causada por un conocimiento insuficiente de la promesa y la noción que largos períodos de “espera” son invariablemente necesarios antes de recibirlo. La fe que apropia, cree que la bendición está disponible ahora.

No es difícil para nadie entender que el Espíritu que es santo no operará a través de canales no santos. La vida impura es una barrera para recibir de su plenitud. Pablo nos exhorta en un gran pasaje sobre la necesidad de la limpieza antes de que un instrumento pueda ser “útil al Señor” (II Ti. 2:19–21). Debe existir una experiencia de limpieza que preceda al bautismo con el Espíritu Santo.

Asimismo, la consagración imperfecta es otro impedimento. El bautismo con el Espíritu Santo es dado para dar poder para servir. Es lógico que el Espíritu Santo no llenará a un creyente que no está dispuesto a servir totalmente al Señor. Cualquiera que busca la plenitud del Espíritu sin ninguna intención de servir al Señor, cualquier cosa que Él elija, necesita observar la amonestación de Pablo en Romanos 12:1.

Finalmente, observamos que motivos egocéntricos constituyen otra razón para la tardanza en el recibimiento del bautismo con el Espíritu Santo. ¿Busca uno la plenitud de Dios sólo para estar en competencia con otros? ¿Por el gozo de una experiencia emocional; o para ser respetado como “espiritual”? El deseo de recibir el bautismo con el Espíritu no debe ser egoísta, antes bien con el propósito de ser más útil a Dios para ganar almas y para la extensión de su reino. En muchas de nuestras iglesias la experiencia pentecostal se interpreta como una medalla de prestigio espiritual, antes que el medio para una vida pura, un testimonio radiante y un servicio poderoso.

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