La vida de Juan Wesley

El curso de HISTORIA DE LOS AVIVAMIENTOS que estamos estudiando en el Instituto Bíblico Rhema estÔ siendo de gran bendición para mi vida, y espero que también para cada uno de los participantes. Las clases, el material, los videos y compartir las conclusiones estÔ significando una renovación espiritual y despierta un anhelo por buscar mÔs del Espíritu Santo, avivando el fuego de Dios en nosotros.

Una de las cosas que mƔs me han bendecido fue estudiar la vida y obra de grandes hombres y mujeres de Dios, que fueron protagonistas de esos Avivamientos. Muchos de ellos encendieron la llama, y otros fueron catalizadores que la esparcieron para afectar a multitudes con el Mensaje del Evangelio y el poder del Espƭritu Santo.

De todas las biografías que estuve leyendo, una de las que mÔs me impactó fue la de Juan Wesley. Por eso quise compartir aquí un material adicional que conseguí, bien completo, sobre su vida y cómo Dios lo usó para encender la llama del Avivamiento Metodista en el siglo XVIII.

Los invito a invertir unos minutos para ver el siguiente video, y leer el resumen de su biografía. Espero que todo esto los bendiga tanto como a mí. ”Les mando un fuerte abrazo!

John y Charles Wesley nacieron el 17 de junio de 1703 y el 18 de diciembre de 1707 respectivamente, en Epworth, Inglaterra, eran el decimoquinto y el decimoctavo de diecinueve hijos, de los cuales solo diez alcanzaron la edad adulta. John y Charles eran descendientes de una larga lĆ­nea de ministros. Sus padres, el reverendo Samuel y Susanna Wesley, los criaron con la esperanza de que algĆŗn dĆ­a se convirtieran en lĆ­deres de la iglesia anglicana.  Samuel y Susanna eran producto de los disidentes, pero por un salario, una casa, y para proporcionar un ministro a la región, Samuel habĆ­a hecho las paces con los anglicanos y fue ordenado por ellos. Sin embargo, debido a sus antecedentes disidentes puritanos, la casa de los Wesley se regĆ­a por principios morales estrictos, que se ejercĆ­an a diario mediante una disciplina rigurosa en los modales, el estudio y la oración. Samuel Wesley, quien durante treinta y cinco aƱos fue pastor de la pequeƱa parroquia de Epworth, trabajaba muchas horas supervisando las necesidades espirituales de varios pueblos vecinos. Cuando podĆ­a, se dedicaba rigurosamente al estudio, a menudo encerrado en su oficina, elaborando sermones, escribiendo poesĆ­a o componiendo himnos. Se unĆ­a a la familia solo para las comidas, que se compartĆ­an siempre en silencio. Susanna, por su parte, utilizó al mĆ”ximo cada oportunidad para educar y formar a su familia en una gran variedad de materias y disciplinas personales. Bajo su tutela, los niƱos Wesley estudiaron historia, literatura, lenguas clĆ”sicas, mĆŗsica y, sobre todo, Las Escrituras. Memorizaban salmos, proverbios y largos pasajes del Nuevo Testamento. Cada momento, desde el amanecer hasta el anochecer, estaba organizado, y comenzaba y terminaba con oración y la lectura de la Biblia. Si bien este enfoque puede parecer duro para muchos hoy en dĆ­a, es fĆ”cil ver cómo esta educación hizo que John fuera el creador de las rutinas, las disciplinas y la bĆŗsqueda sistemĆ”tica de Dios que caracterizaron al metodismo. La formación que les brindó Susanna creó en John la estabilidad y la resolución que lo hicieron diligente en su religión y lo suficientemente humilde como para estar siempre abierto a la verdad. Los hĆ”bitos de estudio tranquilo, el estricto manejo del tiempo y la austeridad respecto de todas las cosas continuaron en John y Charles por el resto de sus vidas. Cada niƱo que creció hasta la edad adulta abandonó el hogar de los Wesley con una mente entrenada, un corazón puro y una sincera pasión por el SeƱor.

Susana Wesley enseƱando a sus hijos

Cuando estaba presente, Samuel gobernaba su casa con mano dura y mal carÔcter. Susanna, sin embargo, se mantuvo firme en su obediente respeto hacia él. Nunca flaqueó en su fe, aun cuando el dolor se añadía a la dificultad y al hecho de que nueve de sus diecinueve niños murieran en la infancia. Ciertamente, la fuerza de ese testimonio dejó una profunda impresión en John y en Charles, así que cuando mÔs tarde en la vida enfrentaron desalentadoras oposiciones lo hicieron con un aplomo, una gracia y una fe estimulantes. Mientras que la reputación de Susanna como mujer disciplinada y devota crecía, su marido se hacía cada vez mÔs conocido por sus fuertes opiniones y obstinación. Cualquiera que fuere la razón, su popularidad entre la ciudadanía local disminuía continuamente hasta que ocurrió el desastre en la noche del 9 de febrero de 1709.

Incendio de la casa paterna de los Wesley

Mientras la familia Wesley dormĆ­a, la casa pastoral de Epworth se prendió fuego de manera misteriosa entre las once y las doce de la noche. No tuvieron tiempo para sacar la ropa ni las posesiones. Mientras bajaban las escaleras, solo una delgada pared impedĆ­a que las llamas cortaran la vĆ­a de escape. Susanna, que estaba próxima a dar a luz al Ćŗltimo niƱo, sufrió algunas quemaduras en las piernas y en el rostro mientras luchaba contra las llamas para asegurarse de que todos sus hijos hubiesen escapado. Una vez afuera, estaban todos a salvo menos uno, John, de 5 aƱos y medio de edad. Su madre lo buscaba desesperadamente afuera. Samuel hizo dos intentos de reingresar a la casa poniĆ©ndose los pantalones sobre la cabeza como escudo, pero el fuego era muy grande como para que pudiera ingresar otra vez a la casa. Al fracasar en el intento, reunió a la familia a su alrededor en el jardĆ­n para orar y encomendar a John a Dios. Al principio, nadie se dio cuenta de que el joven John agitaba los brazos desde la ventana del segundo piso y gritaba pidiendo ayuda. Pero cuando las llamas empezaron a llegar al nivel superior de la casa, llamó la atención de un vecino, quien rĆ”pidamente se subió a los hombros de otro hombre y sacó a John a lugar seguro, solo momentos antes de que el resto del techo se derrumbara. En cuestión de unos pocos minutos mĆ”s, toda la casa pastoral habĆ­a quedado reducida a cenizas. Cuando Juan fue llevado a su padre, el pastor exclamó: ā€œĀ”Vengan, vecinos! Ā”ArrodillĆ©monos y demos gracias a Dios! Ɖl me ha dado a mis ocho hijos; dejen que la casa desaparezca. Soy lo suficientemente ricoā€œ. DespuĆ©s, Samuel dijo su famosa frase: ā€œĀæNo es este [John] un tizón arrebatado del incendio?ā€œ. A partir de ese momento, Susanna se convenció de que John tenĆ­a un llamado especial de Dios para su vida.

John Wesley adulto

Ya como adulto, no revestĆ­a importancia el hecho de que John fuera un hombre pequeƱo: solo medĆ­a 1,66 m de estatura y pesaba aproximadamente 59 kilos. Sin embargo, su diminuto tamaƱo nunca fue un estorbo para Ć©l. Eso demuestra que la estatura fĆ­sica de una persona tiene poca importancia en comparación con lo ā€œgrandeā€ que puede ser espiritualmente. John Wesley fue, sin duda, un gigante en la fe.

Es importante entender que la doctrina con la que John y Charles crecieron fue la de la predestinación, con la fuerte influencia del reformador francĆ©s Juan Calvino. De acuerdo con los principios del calvinismo, la gente no tenĆ­a ningĆŗn papel en su propia salvación, sino que esta estaba predeterminada o ā€œpredestinadaā€ por Dios.  Por lo tanto, ir a la iglesia se convirtió en una bĆŗsqueda para responder a la pregunta ā€œĀæSoy salvo?ā€, mĆ”s que a ā€œĀæCómo puedo ser salvo?ā€ A lo largo de sus primeros aƱos, aunque sus corazones buscaban a Dios con sinceridad,. John reciĆ©n comenzarĆ­a a preguntarse por este hecho una vez que hubiera sido ordenado y se dirigiera a su primer campo misionero.

A pesar de esta falta de seguridad interna, John fue ordenado diÔcono al graduarse y predicó su primer sermón en el pequeño pueblo de South Lye, cerca de la ciudad de Witney. En la primavera de 1726, para orgullo y alegría de su padre, John fue elegido miembro del Lincoln College, una prestigiosa posición como residente en Oxford. Ocho meses mÔs tarde, fue nombrado profesor de griego y moderador de las clases.

La lucha constante entre las obras exteriores frente a la santidad interior continuó con furia en el alma de John. Ɖl querĆ­a vivir el resto de su vida con todo lo que la Iglesia prescribĆ­a como necesario para tener una vida devota, pero una y otra vez tenĆ­a crisis de fe, en sus creencias, que lo llevaron a dudar de la seguridad de su propia salvación; una crisis de convicción que sentĆ­a cada vez que se enfrentaba a la muerte.

Reuniones del “Club Santo”

Fue durante esa Ć©poca, en 1729, cuando Charles comenzó a reunirse con varios estudiantes que pensaban de forma similar, para estudiar y guardar juntos una serie de disciplinas diarias. John aceptó la invitación y se unió a ellos, y pronto comenzó a servirlos como su lĆ­der y consejero. En tono burlón, los otros estudiantes llamaban al grupo ā€œpolillas bĆ­blicasā€, ā€œfanĆ”ticos bĆ­blicosā€, ā€œsacramenterosā€, ā€œmetodistasā€, ā€œclub santoā€ o ā€œentusiastasā€, pero en los aƱos siguientes, el grupo mostró ser una fuerza beneficiosa en la comunidad, pues los miembros comenzaron a visitar a los prisioneros y a ministrar a los huĆ©rfanos y los desamparados. El nombre de ā€œgrupo santoā€ pegó y pronto creció a unos veinticinco miembros.

Viaje por mar a las colonias britƔnicas en AmƩrica

En febrero de 1733 ciento veinte inmigrantes establecieron un asentamiento en Georgia,  que se convertirĆ­a en Savannah. John, Charles y otros dos miembros del Club Santo, Benjamin Ingham y Charles Delamotte, zarparon con trescientos pasajeros a bordo del Simmonds el 21 de octubre de 1735; rumbo a Savannah. Entre los pasajeros, se encontraba un grupo grande de alemanes moravos, el quinto grupo que fue a Georgia, quienes rĆ”pidamente se hicieron conocidos por su piedad y actitud para la oración. Los Wesley y sus dos amigos asistĆ­an a las reuniones de los moravos todas las noches, y John estudiaba alemĆ”n a fin de poder comunicarse con ellos. Ellos observaban cómo adoraban los moravos con genuina emoción y cómo realizaban oraciones espontĆ”neas y sentidas. Los moravos practicaban el compaƱerismo grupal compasivo, el estudio bĆ­blico, el canto de himnos y una confianza tranquila y personal en Dios en cuanto la salvación, que causó una impresión en los cuatro miembros del ā€œclubā€. El viaje resultó una sucesión de tormentas. Enfrentados a la muerte a manos de esas tempestades, John se sorprendió al ver que no se sentĆ­a preparado para morir, pero pensaba que estaba en paz con Dios. Incluso se preguntó a sĆ­ mismo: ā€œĀæCómo es que no tienes fe?ā€. Sin embargo, los moravos actuaron en claro contraste con esto. Sin importar la dureza de la tormenta, no mostraban temor; tampoco habĆ­an mostrado orgullo ni ira ni falta de perdón durante el viaje. De hecho, en medio de una tormenta, estaban en un servicio y cantando un salmo cuando una ola se estrelló sobre el barco, rasgó la vela mayor en pedazos e inundó la cubierta y los niveles inferiores con tal fuerza que muchos pensaron que el barco iba a ser tragado por el ocĆ©ano. Sin embargo, los alemanes cantaban como si no se hubieran dado cuenta, a pesar de la multitud de pasajeros ingleses que entraban en pĆ”nico y gritaban de miedo. John nunca habĆ­a conocido a una persona, mucho menos a un grupo completo de hombres, mujeres y niƱos que no tuvieran temor de morir. John decidió tratar de imitar el ejemplo de que temer a Dios significaba no temer a nada mĆ”s en esta vida. Al mismo tiempo, sin embargo, se daba cuenta de que esas personas tenĆ­an algo de Dios que a Ć©l le faltaba, y era algo que querĆ­a con desesperación. Sin embargo, al ser un hombre con un llamado y un tĆ­tulo, era todavĆ­a demasiado orgulloso como para buscarlo. Esa bĆŗsqueda tuvo que esperar hasta que sus esfuerzos en Georgia demostraron varias veces ser un fracaso y hasta que, finalmente, regresara a Inglaterra, con mĆ”s hambre y mĆ”s deseos por Dios que nunca.

Deseoso por comenzar su trabajo, John consultó a un pastor moravo, Augustus Spangenberg, en busca de consejo. Durante la conversación, Spangenberg le dijo explĆ­citamente: ā€œHermano mĆ­o, primero tengo que hacerle una o dos preguntas. ĀæTiene usted el testimonio dentro de sĆ­? ĀæEl EspĆ­ritu Santo da testimonio con su espĆ­ritu de que usted es un hijo de Dios?ā€ John estaba tan sorprendido por las preguntas que no sabĆ­a quĆ© contestar, asĆ­ que Spangenberg reformuló la pregunta: ā€œĀæConoce a Jesucristo?ā€ John hizo una pausa nuevamente y despuĆ©s respondió: ā€œSĆ© que Ɖl es el Salvador del mundoā€ ā€œEso es cierto -respondió Spangenberg-, pero Āæsabe que Ɖl lo ha salvado?ā€ Wesley respondió: ā€œEspero que Ɖl haya muerto para salvarmeā€ Decidido, Spangenberg reformuló la pregunta: ā€œĀæLo sabe usted mismo?ā€ John dudó de nuevo antes de responder ā€œSĆ­, lo sĆ©ā€œ, con tanta confianza como pudo, pero sintió que esas palabras eran vacĆ­as. A travĆ©s de esta conversación, John se enfrentó otra vez al hecho de que los moravos tenĆ­an algo de Dios que Ć©l no tenĆ­a, pero todavĆ­a era demasiado orgulloso para admitirlo y para humillarse ante Dios lo suficiente como para recibirlo. Sin embargo, John se convirtió en un fiel amigo de Spangenberg y de otros moravos, y pasó mucho tiempo con ellos en Savannah, tratando de aprender de ellos tanto como pudiera.

DespuĆ©s de ver sucesivos fracasos en la obra,  John decidió regresar a Inglaterra y zarpó a bordo del Samuel hacia su tierra natal el 22 de diciembre de 1737. Estaba desanimado y parecĆ­a lo suficientemente humilde como para buscar quĆ© era aquello que los moravos habĆ­an encontrado que Ć©l todavĆ­a no tenĆ­a. Al reflexionar sobre su estadĆ­a en Georgia y lamentando su propio estado espiritual, escribió lo siguiente en su diario el martes 24 de febrero de 1738: ā€œFui a Estados Unidos a convertir nativos, pero Ā”vaya!, ĀæquiĆ©n me convertirĆ” a mĆ­? ĀæQuiĆ©n me librarĆ” de este malvado corazón? Tengo una religión de buen verano. Puedo hablar bien, mejor dicho, creer yo mismo, mientras no haya peligro cerca, pero deja que la muerte me mire a la cara y mi espĆ­ritu se perturba. Tampoco puedo decir: ā€œĀ”La muerte es ganancia!ā€™ā€˜.

Hasta ese punto, la vida de John habĆ­a estado plagada de una falta de convicción clara acerca de la naturaleza de su verdadero llamado de parte de Dios. Aunque hacer el bien nunca merece condenación, a veces puede ser un obstĆ”culo que nos impide hacer lo que es mejor. John ansiaba obtener aprobación, como todos nosotros, pero con mucha frecuencia permitió que eso obstaculizara el camino a encontrar su verdadero propósito. Ɖl habĆ­a rechazado la solicitud de su padre de liderar la parroquia de Epworth, pero a medida que su padre se acercaba a la muerte, habĆ­a cedido y se presentó, solo para ser rechazado. HabĆ­a viajado a Georgia para ministrar a los nativos, pero se habĆ­a atareado con cualquier otra cosa que fuera posible una vez que estuvo allĆ­. Fue nombrado ministro de Savannah sin su consentimiento; habĆ­a aceptado el nombramiento para agradar a la comunidad local en vez de rechazarlo y hacer lo que sentĆ­a. La fe de los moravos tironeaba de su espĆ­ritu, pero Ć©l no estaba deseoso de arriesgar su posición o su propia seguridad para responder a ese llamado. John mostraba todos los signos de ser un hombre que tenĆ­a la apariencia de santidad, pero nada del poder que venĆ­a con ello. Afortunadamente, sin embargo, esto iba a cambiar pronto.

John Wesley conoció a Peter Bohler que habĆ­a sido ordenado recientemente por el conde Zinzendorf, y comenzó a dialogar con Ć©l en alemĆ”n, Las discusiones de Bohler con John volvieron a mostrarle la posibilidad de tener una mayor relación con Dios de lo que Ć©l habĆ­a experimentado hasta ese momento, pero en su mente todavĆ­a luchaba con las creencias de los moravos, muchas de las cuales entraban en conflicto con la suya propia. John estaba decidido a encontrar la santidad a travĆ©s de la devoción, la determinación y la disciplina, mientras que Bohler enfatizaba que la salvación se alcanzaba solo por la fe en Jesucristo y que irĆ­a acompaƱada de amor, paz y gozo en el EspĆ­ritu Santo. John no llegaba a comprender cómo esa creencia podĆ­a ser posible, pero tampoco podĆ­a dejar de pensar en ello. Estaba tan perplejo que se preguntó si no serĆ­a mejor para Ć©l dejar de predicar hasta encontrar esa fe en lugar de continuar con lo que Ć©l sentĆ­a que era hipocresĆ­a. Cuando le preguntó a Bohler si debĆ­a dejar de predicar, Bohler le respondió: ā€œDe ninguna maneraā€ ā€œPero ĀæquĆ© puedo predicar?ā€œ, preguntó Wesley. El moravo le respondió: ā€œPredica sobre la fe hasta que la tengas, y entonces, porque la tienes, predicarĆ”s sobre la feā€œ.  Bohler viajó con Wesley de regreso a Oxford, donde Charles le enseñó inglĆ©s. Pasaba cada vez mĆ”s tiempo en compaƱƭa de los hermanos, alentĆ”ndolos en el desarrollo de la Sociedad Metodista.

Los hermanos Wesley se sentĆ­an perturbados ante la persistente convicción de Bohler de que la gracia se obtenĆ­a por fe solamente y de que la salvación seguĆ­a inmediatamente al reconocimiento de esa fe en lugar de ser algo por lo que se tenĆ­a que trabajar en el tiempo. ā€œĀæMe robarĆ” mis esfuerzos? No tengo nada mĆ”s en que confiarā€œ, escribió Charles. John decidió acudir a La Biblia en busca de respuestas, y se sorprendió por lo que encontró, sobre todo en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Casi toda proclama de salvación que habĆ­a era, de hecho, instantĆ”nea, y la que mĆ”s tiempo tomó fue la del apóstol Pablo, que llevó solo tres dĆ­as. John tenĆ­a 35 aƱos de edad en ese momento, y nunca antes habĆ­a visto esto en Las Escrituras. Se preguntó si tal vez algo dentro de Ć©l habĆ­a cambiado: ā€œPero me sacó de este retiro la evidencia de varios testigos vivientes que testificaron que Dios habĆ­a obrado en ellos mismos, dĆ”ndoles en un momento tal fe en la sangre de su Hijo, trasladĆ”ndolos de las tinieblas a la luz, sin pecado y sin temor hacia la santidad y la felicidad. AquĆ­ terminó la controversia. PodĆ­a ahora no solo gritar: ā€œĀ”SeƱor, ayuda mi incredulidad!ā€.

Charles Wesley

Una sorpresiva carta llegó de parte de Charles, en la que informaba que habĆ­a hecho las paces con Dios. Enfermo por segunda vez de pleuritis, que habĆ­a amenazado su vida con anterioridad, fue a la casa de un hombre llamado Bray, un ā€œpobre mecĆ”nico ignorante […] que no sabĆ­a nada, excepto de Cristoā€œ.  Durante su estancia allĆ­, el 21 de mayo de 1738, Charles encontró la fe y la seguridad de su salvación sobre la que Bohler les habĆ­a enseƱado a Ć©l y a su hermano. En esa misma hora, sus fuerzas volvieron a Ć©l y se levantó sano. John estaba contento por su hermano a causa de su renovada salud espiritual y fĆ­sica, pero no pudo evitar sentirse mucho menos digno de la salvación de lo que se habĆ­a sentido antes. Expresó de esta manera su sentimiento de inutilidad: ā€œSiento que estoy vendido como esclavo al pecado. Yo sĆ© que me merezco nada mĆ”s que la ira, pues estoy lleno de abominaciones. Todos mis trabajos, mi justicia, mi oración necesitan una expiación para sĆ­ mismas. No tengo nada que alegar. Dios es santo; yo soy impĆ­o. Dios es fuego consumidor; yo soy pecador, listo para ser consumido. Sin embargo, oigo una voz: ā€œCree, y serĆ”s salvo. El que cree ha pasado de muerte a vidaā€ Ā”Oh, que nadie nos engaƱe con palabras vanas como si ya hubiĆ©ramos alcanzado esta fe! […] Salvador de los hombres, sĆ”lvanos de confiar en cualquier cosa que no seas tĆŗ! Ā”AtrĆ”enos a ti! Permite que nos vaciemos de nosotros mismos y luego llĆ©nanos de todo gozo y paz al creer, y que nada nos separe de tu amor ni ahora ni en la eternidad.ā€

En la tarde del miĆ©rcoles del 24 de mayo de 1738, ocurrió el milagro: 

ā€œEn la noche fui sin demasiadas ganas a una sociedad de la calle Aldersgate, en la que alguien leĆ­a el prefacio de Lutero a la epĆ­stola a los Romanos. A eso de las nueve menos cuarto, mientras Ć©l describĆ­a el cambio que Dios obra en el corazón por medio de la fe en Cristo, sentĆ­ que mi corazón estaba extraƱamente cĆ”lido. SentĆ­ que confiaba en Cristo, y en Cristo solo, para salvación; y recibĆ­ la seguridad de que Ɖl se habĆ­a llevado mis pecados, incluso los mĆ­os, y que me habĆ­a salvado de la ley del pecado y de la muerte. […] Entonces, les testifiquĆ© abiertamente a todos los que estaban allĆ­ lo que habĆ­a sentido en mi corazón.ā€œ

Los moravos les habĆ­an dado a los hermanos Wesley la llave que ellos necesitaban para transformar su nación: el nuevo nacimiento. Inglaterra quedó atrapada en las garras de la creencia calvinista de que nadie podĆ­a saber quiĆ©n estaba predestinado a ser salvo, asĆ­ como tambiĆ©n a la enseƱanza de la iglesia anglicana, que afirmaba que los sacramentos eran la tarea necesaria de cualquiera que esperara estar predestinado para la salvación. El renacimiento metodista transformarĆ­a a Inglaterra, pues enseƱaba que no solo se podĆ­a saber que se era salvo, sino tambiĆ©n que se podĆ­a recibir esa salvación de forma inmediata y tener paz en el corazón a partir de entonces. DespuĆ©s, cuando se aƱadieron a esto los ā€œmĆ©todosā€ de John de la bĆŗsqueda de la santidad -que incluĆ­a ā€œsociedades unidasā€ para que los creyentes se reunieran regularmente, centrĆ”ndose en la oración, el ayuno y el estudio de Las Escrituras- el  avivamiento tenĆ­a ahora no solo un marco, sino tambiĆ©n la chispa del EspĆ­ritu Santo y el poder de Dios para la transformación.

Esa fue una Ć©poca trascendental para John y Charles, quienes de repente se sintieron desafiados a renunciar a la estricta adhesión a su piedad ascĆ©tica por una singular pasión de ver a los perdidos salvos por la fe personal en Cristo. Charles se dedicó a escribir himnos que proclaman la bondad y la gracia de Dios. John comenzó de inmediato a predicar las ā€œbuenas nuevasā€.

George Whitefield

El dĆ­a de AƱo Nuevo de 1739, Whitefield, que hacĆ­a poco habĆ­a vuelto de su ministerio en Georgia, reunió a los hermanos Wesley y a otras personas para una reunión. Cuando llegó la medianoche, oraron y adoraron. Esto continuó hasta la maƱana, pues fervorosamente buscaron la voluntad y la dirección de Dios. Entonces, como a eso de las tres de la tarde, el poder de Dios se movió de una forma inusual. Todos los presentes se postraron, clamando y llorando con gozo. DespuĆ©s, ā€œestallaron con una sola voz: ā€˜Te alabamos, Dios: reconocemos que eres el SeƱorā€ā€˜.  Una renovada compasión los envolvió a medida que el amor y la misericordia que sintieron por el perdido los hacĆ­a volver a entregar su vida por la causa del Evangelio. Whitefield reconoció el poder que se manifestó en esa ocasión al decir: ā€œEra una temporada de PentecostĆ©s, sin ningĆŗn lugar a dudas. Algunas veces, toda la noche se pasaba en oración. A menudo, hemos sido llenados como con vino nuevo, y con frecuencia los he visto abrumados con la divina presencia y clamar: ā€œĀæHabitarĆ” Dios realmente con los hombres sobre la Tierra? Ā”CuĆ”n terrible es este lugar!Ā”Esta no es otra que la casa de Dios y la puerta del cielo!ā€œ

Lo que el EspĆ­ritu Santo les impartió en aquel tiempo llevarĆ­a a los presentes -en especial a John, Charles y George- a niveles de ministerio completamente nuevos. SerĆ­a el aƱo en que comenzarĆ­a el gran avivamiento metodista.

De ahĆ­ en adelante, y debido al Ć©nfasis en el trabajo y el ministerio del EspĆ­ritu Santo, Whitefield, los hermanos Wesley y sus seguidores fueron conocidos como los ā€œentusiastasā€ Sus reuniones tenĆ­an la reputación de ser emocionales e impredecibles. Se hizo circular ampliamente un panfleto impreso que explicaba la interpretación griega de ā€œentusiastaā€ como ā€œposeĆ­do por un espĆ­ritu divinoā€ Creyendo que los ā€œentusiastasā€ habĆ­an caĆ­do presa de un tipo de espĆ­ritu incorrecto, la Iglesia de Inglaterra les cerró las puertas. Sin embargo, esto no pareció importar, pues Dios ya estaba plantando semillas de entendimiento en el corazón de Whitefield sobre lo que estaba por venir. En una ocasión en particular, cuando las multitudes no fueron admitidas por falta de espacio pues el edificio ya estaba lleno, Whitefield se sintió impulsado a salir y a pararse sobre una lĆ”pida para dirigirse a los cientos de personas reunidas afuera. No iba a pasar mucho hasta que comenzara a predicar al aire libre de forma regular, lo que atrajo a audiencias mayores que las que podĆ­a albergar algĆŗn edificio britĆ”nico.

Para la primavera de 1739, tras la insistencia de Whitefield, John se dio cuenta de que ya no tenía nada que hacer, sino llevar su prédica fuera de las puertas de la iglesia. Ese marzo, siguió a su amigo a Bristol. Whitefield ya había profundizado en la predicación al aire libre en la bulliciosa zona de Bristol, con la esperanza de llegar a la multitud de mineros y trabajadores de los astilleros de ese lugar. El 29 de marzo, John y Charles acompañaron a Whitefield a la plaza del pueblo con la intención de llevar el mensaje de fe a todo aquel que quisiera escucharlo. Al principio, John se opuso a predicar al aire libre, pero cuando Whitefield comenzó, una ruidosa multitud se reunió por pura curiosidad. ¿Estaban preparados sus corazones para escuchar las verdades sagradas que estaba a punto de decir? Mientras los pensamientos de incertidumbre inundaban la mente de John, Whitefield, sin dudar de aprovechar esa oportunidad, habló de forma valiente, inspirando a los ansiosos oyentes con La Palabra de Dios. Al verlo, John se conmovió por la multitud de rostros tan sedientos del agua de La Palabra.

Al día siguiente, John se paró en una pequeña colina en las afueras del pueblo y dio su primer mensaje al aire libre a tres mil personas. John estaba tan entusiasmado y lleno de energía por la experiencia que no podía esperar la siguiente oportunidad de predicar al aire libre. Una vez que experimentó la emoción de predicar en el campo, no hubo vuelta atrÔs. Había encontrado a una audiencia dispuesta, y aunque no siempre era receptiva, John sabía que él tenía que compartir lo que las personas mÔs necesitaban. Desde ese día en adelante, hasta prÔcticamente el día de su muerte, John predicó a todo aquel que quisiera escucharlo, no solo todos los días, sino tres o cuatro veces al día. John predicó en todo lugar en que podía: en graneros, campos y plazas de pueblos. Las palabras de John eran tranquilas y medidas, pero parecían penetrar directamente al corazón de quienes lo escuchaban.

John Wesley predicando

John tenĆ­a el don de tocar a las personas con la presencia de Dios a travĆ©s de sus sermones y Charles, a travĆ©s de sus himnos. Escribió himnos y poesĆ­a de forma tan prolĆ­fica que menos de un aƱo despuĆ©s publicó el primer volumen de sus canciones, a lo que siguieron muchos volĆŗmenes mĆ”s en los aƱos posteriores. Como describió John una vez su relación con Charles: ā€œDe alguna manera, yo podrĆ­a ser la cabeza, y tĆŗ, el corazón de la obraā€. Los himnos y los sermones compuestos por los hermanos Wesley proveyeron el fundamento sobre el cual se construyeron la doctrina y las prĆ”cticas religiosas del metodismo. No pasó mucho tiempo antes de que utilizaran la pĆ”gina impresa para expandir el alcance de su ministerio. Estuvieron entre los primeros evangelistas en publicar sermones, himnos, lecturas devocionales e incluso una revista mensual. La manera innovadora de la enseƱanza bĆ­blica y la adoración grupal fueron tan efectivas en hacer conocido a Cristo que cientos de convertidos se aƱadĆ­an todos los dĆ­as.

La Iglesia Anglicana no le concedió una parroquia propia, y le prohibió predicar en las parroquias de otros; John escribió:

En Las Escrituras, Dios me ordena, según mis posibilidades, que instruya al ignorante, reforme al malvado y confirme al virtuoso. El hombre me prohíbe hacerlo en la parroquia de otro, esto es, prÔcticamente, no hacerlo, viendo que ahora no tengo mi propia parroquia y probablemente nunca la tenga. ¿A quién debo oír? ¿A Dios o al hombre? Veo al mundo entero como mi parroquia; quiero decir con esto que en cualquier parte del mundo en que me encuentre, considero que es apropiado, correcto, y es mi tarea imperiosa declararle a todo aquel que esté dispuesto a escuchar las felices nuevas de salvación.

John Wesley viajaba diariamente mƔs de 30 km a caballo para predicar

En un día promedio, John predicaba tres veces y viajaba unos 32 km a caballo. Todas las mañanas las comenzaba predicando a las cinco de la mañana, para alcanzar a los obreros en su camino a los campos. Volvía a predicar al mediodía, cuando los trabajadores paraban a descansar, a lo que seguían dos o mÔs veces por la noche. El tiempo no le hacía alterar el programa. Los hermanos siempre cumplían con todos los compromisos, sin importar las circunstancias. Algunas veces, los hermanos Wesley cubrían casi 97 km por día para llegar a tiempo a un destino fijado de antemano. Viajaban sin descanso y se reunían con las personas en cualquier lugar en que estuvieran, para conocer sus necesidades y cómo podían ayudarlas espiritual, mental y físicamente.

En marzo de 1740, John habĆ­a dado un mensaje titulado ā€œGracia libreā€, en el que proclamó: ā€œLa gracia o el amor de Dios, de donde procede la salvación, es completamente gratis, y gratis para todosā€œ. Esta afirmación estaba en abierto contraste con la doctrina de la predestinación calvinista, que era la creencia aceptada de esa Ć©poca, y Whitefield de inmediato cuestionó la verdad del sermón de John. Y aunque George era un evangelista tan ungido como eran los Wesley, no era el teólogo que era John. Cuando la controversia comenzaba a asomarse, Whitefield se dirigió a Estados Unidos en agosto de 1740, especĆ­ficamente a Nueva Inglaterra, la tierra de los calvinistas puritanos. A medida que sus cartas, que cuestionaban la postura de John [arminianismo], cruzaban el AtlĆ”ntico, leĆ­a mucho sobre el tema, solo en los libros sugeridos por quienes lo rodeaban, los calvinistas puritanos. Cuando John publicó su sermón en 1740 en contra de las recomendaciones de Whitefield, las tensiones solo empeoraron. Whitefield respondió en defensa de la predestinación, a lo que John respondió con un contraargumento, por medio de la publicación de ā€œGracia gratuitaā€ en los Estados Unidos. Charles se hizo eco de la doctrina en sus himnos, y escribió Ven, oh viajero, tĆŗ, desconocido, poniendo en mayĆŗsculas ā€œERES PURO AMOR UNIVERSALā€. De todas manera Whitefield tambiĆ©n predicaba:  ā€œVen, pobre, perdido, pecadorā€, en Glasgow, Escocia, invitando a su audiencia: ā€œAbre la puerta de tu corazón, que el Rey de gloria, el bendito JesĆŗs venga y edifique su Reino en tu alma. Haz lugar para Cristo. El SeƱor JesĆŗs desea cenar contigo esta noche. Cristo estĆ” dispuesto a entrar en cualquier corazón que estĆ© dispuesto a abrirle y recibirloā€. Aunque adherir al calvinismo hacĆ­a que pudiera encajar con los puritanos norteamericanos, no era una buena prĆ©dica, asĆ­ que en la parte prĆ”ctica era mĆ”s sencillo llamar a todos a acercarse a JesĆŗs a travĆ©s de su propia voluntad libre y dejarlo a Ɖl solucionar quiĆ©n estaba predestinado y quiĆ©n no. Pese a que ambos bandos nunca mĆ”s volvieron a reunirse, la animosidad entre Whitefield y los Wesley se habĆ­a enfriado hacia 1742, y para 1749, volvieron a ministrar en las mismas conferencias.

Si la salvación de Dios era libre para todos, entonces no existĆ­an restricciones de clase para limitar quiĆ©n podĆ­a unirse a la sociedad metodista, divergencia significativa de las restricciones impuestas por la Iglesia de Inglaterra acerca de quiĆ©n podĆ­a asistir a los servicios y recibir los sacramentos. Y si la fe era un don gratuito que podĆ­a crecer y desarrollarse, tenĆ­a sentido que los ā€œmĆ©todosā€ metodistas de las reuniones de la sociedad unida, que eran la oración regular, la lectura de Las Escrituras, el ayuno y la realización de buenas obras para ayudar al pobre, al huĆ©rfano y al encarcelado fueran todavĆ­a de gran importancia. AdemĆ”s, los hermanos Wesley siguieron adelante no solo para predicar el Evangelio, sino tambiĆ©n para organizar sociedades a fin de asegurarse de que la voluntad de Dios para todos se hiciera asĆ­ en la Tierra como en el cielo.

En 1742, los hermanos Wesley fundaron un orfanato y una escuela dominical en Newcastle. Cuatro años después, en 1746, fundaron la primera de muchas clínicas médicas para los pobres, en Londres. En esa época, John comenzó a publicar sus sermones para que fueran utilizados como devocionales a fin de usar las ganancias para brindar apoyo financiero a las clínicas. Les enseñó a los pobres que ellos podían mejorar por sí mismos desde adentro, en lugar de depender de la ayuda del gobierno. Lo mÔs importante es que decidió ofrecer una iglesia no solo para el pobre y desposeído, sino también para el trabajador común, no evangelizado, aquellos que la Iglesia de Inglaterra alejaba porque carecían de maneras refinadas y del vestuario apropiado.

Durante cinco dĆ©cadas, John Wesley viajó por todas las zonas rurales de Inglaterra, Escocia e Irlanda, predicando, enseƱando, aconsejando y orando con comerciantes, trabajadores, granjeros y gente comĆŗn de todo tipo. Dejó grupos de convertidos que aprendieron a reunirse semanalmente para confesar sus pecados, alentarse unos a otros en oración y fortalecer su fe a travĆ©s del estudio bĆ­blico. Enseñó la adhesión a un estĆ”ndar recomendado de conducta moral. John a menudo predicaba: ā€œEl alma y el cuerpo forman al hombre; el espĆ­ritu y la disciplina, a un cristianoā€œ.

En 1744, después que los Wesley establecieran cientos de sociedades por toda Inglaterra, se llevó a cabo la primera conferencia metodista anual, en la ciudad de Londres. Todos los predicadores laicos y los líderes se congregaban para escuchar a John, recibir aliento o reprimenda, exponer los problemas significativos y proponer soluciones. Esta conferencia era parte del plan de John para satisfacer las necesidades espirituales e intelectuales de los predicadores itinerantes y los líderes locales. AdemÔs de establecer la conferencia anual, también publicó libros sobre diversos temas, con el propósito expreso de educar a su creciente grupo de maestros. Publicó sus mejores sermones y otras obras teológicas clÔsicas a bajo costo, y utilizó las ganancias para establecer escuelas para educar a quienes estaban interesados en convertirse en maestros bíblicos. Wesley abogaba por el desarrollo del intelecto y de los aspectos sociales y emocionales de la vida cristiana, incluso para quienes no estaban llamados a un ministerio a tiempo completo.

John Wesley comprendĆ­a que no solo habĆ­a que evangelizar, sino que la clave estaba en discipularā€œPredicar como un apóstol, sin unir a los que estĆ”n renovados ni entrenarlos en los caminos de Dios, es solo engendrar hijos para el homicida. Ā”CuĆ”nta predicación ha habido en estos veinte aƱos! Pero no hay sociedades regulares, ni disciplina, ni orden, ni relación; y la consecuencia es que nueve de cada diez personas que alguna vez experimentaron el avivamiento ahora estĆ”n mĆ”s dormidas que nuncaā€œ.

Un contemporĆ”neo de Wesley, que era corresponsal del New York Evangelist, escribió: ā€œLa primera vez que estuve en compaƱƭa del reverendo John Wesley, le preguntĆ© quĆ© debĆ­a hacerse para mantener vivo el metodismo una vez que Ć©l muriera, a lo que respondió inmediatamente: ā€œLos metodistas deben prestar atención a su doctrina, su experiencia, su prĆ”ctica y su disciplina [ … ]; si ellos no se ocupan de su disciplina, serĆ­an como las personas que dedican un gran esfuerzo a cultivar el jardĆ­n y no le ponen una cerca alrededor para resguardarlo de los jabalĆ­es del bosque.ā€

John tenĆ­a la fuerte convicción de que la estricta vigilancia del alma era de primordial importancia para una duradera victoria en Cristo. Esto era asĆ­ tanto para el individuo como para el Cuerpo de Cristo. Todos los aspectos de la vida debĆ­an llevarse a ā€œla obediencia a Cristoā€ (2 Corintios 10:5). ā€œĀæEs de asombrarse que encontremos tan pocos cristianos?ā€œ, preguntó Wesley. ĀæDónde estĆ” la disciplina cristiana? ĀæEn quĆ© parte de Inglaterra se aƱade disciplina cristiana a la doctrina cristiana? Wesley sentĆ­a que la iglesia como un todo necesitaba disciplina y creĆ­a firmemente que ā€œdonde sea que se predique la doctrina, si no hay disciplina, no puede tener todo su efecto sobre los oyentesā€œ.

En 1770, George Whitefield falleció a la edad de 56 aƱos. Cuando a John le preguntaron si esperaba ver a Whitefield en el cielo, contestó: ā€œNo … no me malinterpreten. George Whitefield era una estrella tan brillante en el firmamento de la gloria de Dios y estarĆ” tan cerca del trono que alguien como yo, que es menos que el mĆ”s pequeƱo, nunca podrĆ” alcanzar a verloā€œ. 

A la edad de 86 aƱos, durante un viaje de nueve semanas a Irlanda, John predicó cien sermones en sesenta ciudades y pueblos. Seis de esos sermones los predicó al aire libre. El 22 de febrero de 1791, predicó su Ćŗltimo sermón desde el pĆŗlpito en la capilla City Road, en Londres. Al dĆ­a siguiente, predicó su Ćŗltimo sermón de este lado del cielo, en la casa de un amigo en Leatherhead, acerca de ā€œBusquen al SeƱor mientras se deje encontrarā€ Al dĆ­a siguiente, el 24 de febrero de 1791, John Wesley escribió su famosa carta a William Wilberforce -miembro del Parlamento que dedicó su vida a poner fin a la esclavitud en el Imperio britĆ”nico-, alentĆ”ndolo a continuar con su cruzada contra el comercio de esclavos. Aunque ya no podĆ­a continuar predicando sobre la causa de Cristo, en su carta escribió: ā€œPero si Dios estĆ” de su parte, ĀæquiĆ©n puede estar en contra de Ć©l? ĀæSon todos ellos juntos mĆ”s fuertes que Dios? Ā”No se canse de hacer el bien! Prosiga, en el nombre de Dios y en el poder de su fuerza, hasta que incluso la esclavitud americana (la peor que alguna vez se haya visto debajo del sol) se esfume ante Ć©l. [La firmó como ā€œsu afectĆ­simo servidor, John Wesleyā€]

John Wesley falleció a los 86 años.

El 2 de marzo de 1791, rodeado de sus seres queridos, dio su Ćŗltimo aliento. Durante su ministerio, John Wesley viajó mĆ”s de 402.335 km a caballo (8046,7 km por aƱo), una distancia equivalente a diez vueltas alrededor del mundo. Predicó mĆ”s de cuarenta mil sermones y publicó mĆ”s de cinco mil sermones, panfletos y libros de todo tipo. Hasta el momento de su muerte, Wesley tenĆ­a 79.000 seguidores. En la actualidad, solo en Inglaterra, hay 800.000 miembros de la iglesia metodista y setenta millones de miembros en todo el mundo. John Wesley llevó el desafĆ­o de una nueva vida a la iglesia anglicana cuando esta habĆ­a perdido de vista a Cristo como el mĆ”ximo Redentor. Al predicar la justificación por fe, John y Charles Wesley sacaron a muchos miles de personas de las masas olvidadas de Inglaterra de sus desafortunadas circunstancias y malos hĆ”bitos, haciĆ©ndoles tener esperanza de justicia y salvación. Los apasionados esfuerzos de John por llevar el conocimiento de la redención a la humanidad se sintieron no solo en Inglaterra, sino en todo el continente europeo y en el mundo en vĆ­as de desarrollo, predominantemente en AmĆ©rica. Como dijo Rigg sobre Ć©l: ā€œParece haber tenido una convicción determinada y rectora de que habĆ­a un gran trabajo que realizar para la iglesia, y el mundo, un trabajo que Dios lo habĆ­a llamado a realizar. Vio a su alrededor la necesidad de un trabajo semejante: un mundo vacĆ­o y sin corazón, lleno de corrupción, vanidad e inquietud; y una Iglesia abĆŗlica, indisciplinada e insensible. Ɖl sentĆ­a que dentro de sĆ­ se agitaba fuertemente el poder y el llamado de despertar y organizar a la Iglesia y de impactar y convertir al mundo. Sin lugar a dudas, el mundo iba a ser tocado por los Wesley, ya que el metodismo proveerĆ­a el camino del avivamiento hasta muy avanzado el siglo siguiente.ā€


Extractos del libro Los Generales de Dios III , de Roberts Liardon. Diarios de Avivamientos 2019

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Simplifica

Tenemos vidas complicadas. Cada vez es mƔs desafiante acomodar nuestros tiempos en una agenda repleta de compromisos. Cada vez nos cuesta mƔs cumplir con las responsabilidades, agradar a todos. Cada vez es mƔs difƭcil llegar a horario y parecerƭa que las horas pasan mƔs rƔpido.

Lo que mƔs me sorprende es que en medio de esta pandemia, parecerƭa que estamos mƔs ocupados que antes.

Comentarios

  1. Gracias Pr Diego , es una materia apasionante !!!!! , Yo quisiera que no se acabe , !!!! Gracias por subir la historia de estos dos grandes !!!!!! yo sigo enamorada de l Avivamiento de la calle Asusa ,pero no dejando de lado los otros que son tan importantes como este .El SeƱor lo Bendiga

    1. Gracias querida Chini por su comentario. Dios quiera que pronto podamos no sólo ver, sino también protagonizar un Avivamiento del Espíritu Santo que venga sobre la Iglesia de Jesucristo. Saludos y bendiciones!