Alcanzar la constancia
Pero pida con fe, no dudando nada, porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra. No piense, pues, quien tal haga, que recibirĆ” cosa alguna del SeƱor, ya que es persona de doble Ć”nimo e inconstante en todos sus caminos. (Santiago 1.6ā7)
Nunca dejo de maravillarme por lo asombrosamente pedagógicas que son las ilustraciones de la Palabra. No en vano se ha seƱalado que una ilustración vale mĆ”s que mil palabras. Para mostrar cuĆ”n profundamente las dudas afectan la vida del discĆpulo, Santiago no hace mĆ”s que seƱalar las olas del mar. Cualquier persona que ha estado, en algĆŗn momento de su vida, a orillas del mar, podrĆ” entender con toda claridad el principio que estĆ” enunciando.
Piense, por un momento, en las olas. Tienen tremendo poder y pueden, cuando estĆ”n Ā«enfurecidasĀ», producir enorme destrucción. Aquellos que tienen experiencia con la navegación saben que no es aconsejable estar en el mar en medio de una fuerte tormenta. Pero, aunque las olas tienen mucha fuerza, no poseen dirección ni voluntad propia. Son la manifestación visible de las fuerzas del viento y las mareas. No escogen la dirección en que se mueven, sino que son impulsadas por una fuerza mayor que ellas. AsĆ tambiĆ©n el discĆpulo que estĆ” lleno de dudas. Pierde el rumbo en la vida y comienza a caer bajo la influencia de las filosofĆas que surgen entre los hombres. Al igual que las olas, cuando esas filosofĆas estĆ”n inflamadas por el mismo diablo, estas personas pueden convertirse en verdaderos instrumentos para destrucción.
Para que sus lectores no tuvieran duda acerca de la ilustración que estaba utilizando, Santiago describe a la persona que duda: posee doble Ć”nimo y es inconstante en todos sus caminos. He aquĆ la descripción de los sĆntomas que tanto atribulan la vida de muchos creyentes en nuestro tiempo. Una persona de doble Ć”nimo es la que no tiene una sola conducta en la vida. Un dĆa cree una cosa y otro dĆa cree otra. Sus convicciones cambian tan rĆ”pidamente como el clima y producen, por ende, una notable inestabilidad. Esta condición la lleva a ser inconstante; es decir, no persevera en nada, porque fĆ”cilmente abandona las convicciones que son fundamentales para proseguir en cualquier cometido que tenga.
La raĆz de las dudas no estĆ” en las propuestas que Dios pueda traer para nuestras vidas, aunque, como frecuentemente se ha seƱalado en esta serie, las instrucciones del SeƱor rara vez nos parecen sensatas. No obstante, el verdadero problema radica en la persona misma de Dios. FĆ”cilmente atribuimos a su persona la misma imperfección que condiciona a los seres humanos, por lo que dudamos de la confiabilidad de su persona. ĀæSabrĆ” lo que estĆ” haciendo? ĀæHabrĆ” considerado todas las opciones? ĀæTendrĆ” en cuenta las particularidades de nuestras propias circunstancias? La vida nos parece tan compleja que nos cuesta creer que Ć©l puede resolver, con suma sencillez, los entreveros que tanta preocupación nos producen.
Para pensar:
La fe distingue entre la realidad de este mundo y la de Dios. Ella reserva para el AltĆsimo una entrega que no le da a ningĆŗn ser humano; se resiste a las idas y venidas tĆpicas del hombre. Cree, porque en el reino la incredulidad es anormal.
Tomado con licencia de:
Shaw, C. (2005) Alza tus ojos. San JosƩ, Costa Rica, CentroamƩrica: Desarrollo Cristiano Internacional.0000
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