Apenas 59 palabras
Ellos tomaron el buey que les fue dado y lo prepararon, e invocaron el nombre de Baal desde la maƱana hasta el mediodĆa. DecĆan: «”Baal, respóndenos!Ā». Pero no se escuchó ninguna voz, ni hubo quien respondiera; entre tanto, ellos seguĆan saltando alrededor del altar que habĆan hecho. (1 Reyes 18.26)
La confrontación entre el profeta ElĆas y los cuatrocientos profetas de Baal constituye una de las mĆ”s osadas aventuras registradas en las Escrituras. Seguramente, a usted como a mĆ, lo entusiasma sobremanera el gran final que tiene esta puja entre la luz y las tinieblas. SoƱamos con que se produzcan historias similares en nuestros propios ministerios, aunque a veces es mĆ”s fĆ”cil soƱar cuando ya conocemos el desenlace del encuentro.
En la reflexión de hoy quisiera que nos concentremos en la diferencia entre las oraciones de los profetas de Baal y la de ElĆas. No hace falta seƱalar que la oración de los falsos profetas estaba destinada al fracaso porque estaban invocando a un dios inexistente. Aunque oraran diez aƱos no iban a recibir una respuesta, pues no habĆa quiĆ©n atendiera sus peticiones. Mi interĆ©s, sin embargo, no es detenerme en este punto, que resulta obvio para la mayorĆa de nosotros. Precisamente por lo obvio del problema corremos peligro de pasar por alto a los profetas de Baal, seguros de que nosotros no corremos con esa misma desgracia.
Los profetas de Baal, sin embargo, representan los conceptos religiosos del mundo, el mismo mundo que nos presiona e intenta moldear nuestras vidas. Observe que ellos comenzaron a orar en la maƱana y continuaron, sin interrupción, hasta el mediodĆa. En esto, demuestran mayor entrega y convicción que la mayorĆa de nosotros. Aun sin recibir respuesta continuaron clamando, hasta bien entrada la tarde, con el mismo fervor con que comenzaron. ĀæCuĆ”l es el sentir que acompaƱa tan enfervorizado clamor? La convicción de que a los dioses se les mueve por el peso mismo de la oración. Al usar la palabra Ā«pesoĀ» no me estoy refiriendo a la profundidad espiritual de nuestros ruegos, sino a la carga que resulta de la abundancia de palabras combinada con la extensión de tiempo.
Aunque Cristo claramente enseñó que debĆamos descartar el modelo de los gentiles (Mt 6.7), nosotros no podemos escapar a la convicción de que cuanto mĆ”s tiempo oramos mĆ”s eficaces seremos. Nuestros hĆ©roes son aquellos que por horas enteras oran cada dĆa, como si hubiera algĆŗn mĆ©rito en la extensión en sĆ. Ā”No me malinterprete! Muchas de estas personas poseen un grado de entrega que es envidiable. Pero los que les observamos, fĆ”cilmente caemos en la tentación de creer que la extensión es el secreto de una profunda vida de oración.
ĀæCómo oró ElĆas cuando llegó el momento de invocar a JehovĆ”? Su oración contiene apenas cincuenta y nueve palabras. No obstante, cuando terminó, cayó fuego del cielo y consumió el altar. Su oración no fue eficaz simplemente porque oró al Dios correcto, sino porque ya sabĆa que el proyecto en el que estaba era del SeƱor. No perdió tiempo valioso informando, ni tratando de impresionar con su espiritualidad. Simplemente pidió, con sencillez, y Dios actuó. ĀæLe gusta el modelo? Ā”ElĆas es un buen maestro en lo que a la oración respecta!
Para pensar:«De cierto os digo que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos» (Mt 18.3
Tomado con licencia de:
Shaw, C. (2005) Alza tus ojos. San JosƩ, Costa Rica, CentroamƩrica: Desarrollo Cristiano Internacional.0000
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