Bienaventurados los mansos
Bienaventurados los mansos, porque recibirƔn la tierra por heredad. (Mateo 5.5)
Las primeras dos bienaventuranzas tienen que ver con un estado espiritual producido por la intervención de Dios en nuestras vidas. Se refieren a la acción del EspĆritu por la cual logramos descubrir nuestra verdadera condición humana. Quedan desnudadas todas las posturas y actitudes que en algĆŗn momento nos llevaron a pensar que Ć©ramos algo. Nuestra penuria espiritual se torna dolorosamente evidente y nos quebrantamos internamente por esta realidad tan radicalmente opuesta a la que creĆamos poseer.
La bienaventuranza de hoy estÔ apoyada sobre la condición espiritual que describe la primera y segunda bienaventuranzas. Al igual que los eslabones de una cadena, esta condición no puede existir aislada de la pobreza y el quebranto espiritual. La mansedumbre, no obstante, nos introduce en el plano de las relaciones humanas. Es importante que entendamos que las relaciones sanas no dependen de la calidad de las personas que la componen, sino de la existencia de un fundamento espiritual que permite que nos veamos tal cual somos.
La mansedumbre es la actitud que confirma que la conciencia de pobreza espiritual es verdaderamente producto de un accionar de Dios, y no de nosotros mismos. Cuando estamos vestidos de mansedumbre podemos aceptar, con una actitud de quietud y sosiego interior, aquellas cosas que nos resultan dolorosas, humillantes o difĆciles. Cuando otros pueden acercarse a nosotros para seƱalar nuestros defectos y errores, no reaccionamos con airada indignación, buscando justificar lo injustificable. Es el EspĆritu el que ha traĆdo a la luz estas mismas condiciones y por eso podemos tomar las palabras de los demĆ”s como una confirmación de lo que ya nos ha sido revelado.
Frente a situaciones de injusticia somos lentos para reaccionar. No nos preocupan los insultos o las acciones que daƱan nuestra reputación. Estamos confiados en que Dios defiende a los suyos y no requiere de nuestra ayuda para hacerlo. Tal fue la actitud de MoisĆ©s cuando se levantaron contra Ć©l MarĆa y Aarón (Nm 12) o los hijos de CorĆ© (Nm 16). La Palabra lo describe como el hombre mĆ”s manso de la tierra (Nm 12.3). Jesucristo invitó a todos los cargados y angustiados a que se acercaran a Ć©l, porque Ć©l era Ā«manso y humilde de corazónĀ» (Mt 11.29). En el momento mĆ”s duro de su trayectoria terrenal demostró mansedumbre absoluta; Ā«cuando lo maldecĆan, no respondĆa con maldición; cuando padecĆa, no amenazabaĀ» (1 P 2.23). No podemos evitar la sospecha de que gran parte de nuestra fatiga se debe, precisamente, a nuestros interminables esfuerzos por defender y justificar lo nuestro.
Una vez mĆ”s, vemos que la recompensa marca un fuerte contraste con los conceptos tĆpicos del mundo. La tierra, afirma la filosofĆa de estos tiempos, es de aquellos que no Ā«se dejan estarĀ». En el reino de los cielos, la tierra es precisamente de aquellos que dejan de luchar, argumentar y pelear para asegurarse del reconocimiento que, segĆŗn entienden, les pertenece. Descansan en Dios y saben que Ć©l es el que levanta y derriba, el que sostiene y el que quita. Es ampliamente generoso para velar por los intereses de sus hijos.
Para pensar:
Ay de los que nunca pueden bajar la guardia, pues ellos tendrƔn siempre que depender de sus propios esfuerzos.
Tomado con licencia de:
Shaw, C. (2005) Alza tus ojos. San JosƩ, Costa Rica, CentroamƩrica: Desarrollo Cristiano Internacional.
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