Bienaventurados los que lloran
Bienaventurados los que lloran, porque recibirÔn consolación. Mateo 5.4 (LBLA)
El principio de una experiencia espiritual significativa, segĆŗn lo que notamos en la primera bienaventuranza, es reconocer la pobreza de nuestros propios corazones. Es hacer un inventario de nuestros bienes, en lo que al espĆritu se refiere, y descubrir que estamos completamente desprovistos de riquezas en este Ć”mbito de la vida.
Este descubrimiento podrĆa ser el principio de algo nuevo, pero no necesariamente es asĆ. Muchos de nosotros reconocemos que hay aspectos de nuestra vida que estĆ”n mal, pero esto no produce en nosotros mĆ”s que un encogerse de hombros. Incluso podrĆa utilizarse el descubrimiento de nuestra pobreza para una extraƱa manifestación de orgullo.
Cuando esta revelación es obra del EspĆritu de Dios, sin embargo, nos conduce a este segundo paso, que es el del llanto. Nuestra verdadera condición delante de Dios trae consigo una profunda tristeza, porque entendemos cuĆ”n grande ha sido nuestra ofensa contra Ć©l. En su misericordia, Ć©l permite que derramemos lĆ”grimas por nuestra situación, porque las lĆ”grimas son el principio de la sanidad.
Esta verdad es contraria a muchas de las enseƱanzas que nos transmite nuestra cultura, especialmente si somos hombres. Ā«Los hombres no lloranĀ», nos proclamaban nuestros mayores, aun cuando no tenĆamos suficiente edad siquiera para entender lo que era un hombre. La ausencia de lĆ”grimas, no obstante, denota una extraƱa dureza de corazón, producto de una falta de contacto con nuestra vida emocional. Quien no llora, aprendió en algĆŗn momento de su vida, que las lĆ”grimas solamente le traĆan problemas. En su deseo de evitar estas dificultades, reprimió un aspecto de su personalidad que es tan natural y necesario como alimentarse.
David, uno de los hombres mĆ”s genuinamente espirituales en la Biblia, frecuentemente derramó lĆ”grimas. En el Salmo 6 confesó que habĆa regado su cama con sus lĆ”grimas. En el Salmo 42 declaró que sus lĆ”grimas habĆan sido su pan de dĆa y de noche. Cristo lloró en mĆ”s de una oportunidad por cosas que nosotros ni siquiera entendemos. Pedro lloró desconsoladamente luego de negar a su SeƱor. Los hermanos de Ćfeso lloraron intensamente cuando Pablo les dijo que ya no los volverĆa a ver. Todo esto indica una manera natural de expresar tristeza y abrir las puertas al obrar de Dios.
Es precisamente a esto que Cristo apunta cuando declara que los que lloran son bienaventurados. Sus lĆ”grimas no los dejarĆ”n vacĆos y solos. El llanto de origen espiritual no produce desconsuelo (2 Co 7.10) Junto al llanto vendrĆ” la mano tierna de Dios, que consuela a los afligidos y seca sus lĆ”grimas, pues Ć©l es un Dios que Ā«sana a los quebrantados de corazón y venda sus heridasĀ» (Sal 147.3). Quien ha experimentado este consuelo sabe que luego del llanto uno se siente purificado y refrescado, como la tierra sobre la cual ha caĆdo la lluvia.
Como lĆderes, debemos animar a nuestra gente a ser genuinos en la expresión de sus sentimientos, y tambiĆ©n lo debemos ser nosotros. No es ninguna vergüenza llorar por la acción del EspĆritu en nuestras vidas. Ā”Benditas lĆ”grimas celestiales!
Para pensar:
Ay de los que nunca lloran, porque la tristeza y la angustia les acecharƔn toda la vida.
Tomado con licencia de:
Shaw, C. (2005) Alza tus ojos. San JosƩ, Costa Rica, CentroamƩrica: Desarrollo Cristiano Internacional.
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