Borrar con el codo
TĆŗ, pues, que enseƱas a otro, Āæno te enseƱas a ti mismo? TĆŗ que predicas que no se ha de robar, Āærobas? TĆŗ que dices que no se ha de adulterar, Āæadulteras? TĆŗ que abominas de los Ćdolos, Āæcometes sacrilegio? (Romanos 2.21ā22)
La trayectoria del lĆder lo va a llevar, siempre, a situaciones de dolor y angustia, situaciones que hubiera preferido evitar. Estas pueden incluir experiencias tan amargas como la oposición, el abandono o la traición; todas estas experiencias fueron parte de la vida de Aquel que fue delante de nosotros para indicarnos el camino a seguir. El lĆder maduro es aquella persona que ha llegado al punto en que entiende que esta realidad ha sido incluida en su llamado y la acepta como parte de lo que significa ejercer influencia sobre otros.
Existe una condición, sin embargo, que es mĆ”s pesada y difĆcil de llevar para el lĆder y es la que el apóstol describe en el texto de hoy. Se trata de la angustia que acosa a la persona que habla y enseƱa verdades a otros y que no practica en su propia vida. Si bien Pablo estaba dirigiĆ©ndose a los judĆos, esta realidad frecuentemente acompaƱa a los que tenemos responsabilidad de formar al pueblo de Dios. La descripción que realiza de la falsa confianza que acompaƱa al judĆo podrĆa bien aplicarse a los que pastorean al pueblo de Dios: Ā«TĆŗ te llamas judĆo, te apoyas en la Ley y te glorĆas en Dios; conoces su voluntad e, instruido por la Ley, apruebas lo mejor; estĆ”s convencido de que eres guĆa de ciegos, luz de los que estĆ”n en tinieblas, instructor de los ignorantes, maestro de niƱos y que tienes en la Ley la forma del conocimiento y de la verdadĀ» (Ro 2.17ā20).
Es precisamente este conocimiento mĆ”s acabado de la Palabra lo que nos lleva a creer que estamos en otra dimensión de la vida espiritual. Confiamos que esa mayor percepción de la verdad de Dios, junto al rol que nos ha dado de ayudar a los que andan en ignorancia, es prĆ”cticamente lo mismo que vivir el modo de vida que predicamos a otros. No obstante, nuestras habilidades como comunicadores no pueden apagar el insistente testimonio de nuestro propio espĆritu, que nos dice que no estamos situados donde el SeƱor quiere tenernos: en la prĆ”ctica de la vida espiritual. El lĆder que aĆŗn conserva sensibilidad a la existencia de esta incongruencia en su propia vida personal, no podrĆ” soportar por mucho tiempo la dicotomĆa en la que estĆ” viviendo.
¿Quiere decir esto que no podemos hablar ni enseñar de temas acerca de los cuales no tenemos experiencia? ”De ningún modo! ”No hace falta divorciarse para poder hablar con autoridad del divorcio! Pero sà debemos saber que nuestra autoridad tiene una relación directa con nuestro compromiso de vivir lo que enseñamos a otros. Usted lograrÔ mÔs respuesta por el respaldo que su vida le da al mensaje que predica, que por la elocuencia de sus palabras o lo elaborado de sus apuntes.
Para pensar:
La prƔctica de la vida espiritual es la que hace al maestro eficaz.
Tomado con licencia de:
Shaw, C. (2005) Alza tus ojos. San JosƩ, Costa Rica, CentroamƩrica: Desarrollo Cristiano Internacional.0000
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