De crisis en crisis
Dondequiera que vamos, llevamos siempre en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos, pues nosotros, que vivimos, siempre estamos entregados a muerte por causa de Jesús. (2 Corintios 4.10)
Un veterano pastor, con muchos aƱos de trayectoria ministerial, hace poco compartió la siguiente observación: Ā«un lĆder siempre se encuentra en crisis. Puede que estĆ© saliendo de una, o que estĆ© inmerso en una, o que estĆ© entrando en una, pero siempre estĆ” en crisisĀ». Al reflexionar sobre casi veinticinco aƱos de experiencia ministerial me doy cuenta cuĆ”n acertada ha sido esta descripción. Durante una gran parte de este tiempo me he encontrado haciĆ©ndole frente a las dificultades de la mĆ”s variada intensidad y naturaleza. Tengo certeza, por el testimonio de muchos colegas, que mi experiencia no es Ćŗnica. La trayectoria de las grandes figuras en la historia del pueblo de Dios aƱade aĆŗn mayor peso a esta observación: un lĆder siempre se encuentra en crisis.
Se torna esencial, por lo tanto, saber cómo sobrellevar las crisis, si deseamos que las mismas no provoquen la devastación de nuestros recursos espirituales. Un paso importante en este proceso es reconocer que la crisis en la vida del lĆder es normal. El apóstol Pablo indica, en el texto de hoy, que llevaba en su cuerpo la permanente manifestación de la muerte de Cristo. Sin entrar en los detalles de las particulares experiencias a las que se referirĆa, sabemos que esto implicaba la constante manifestación de la puja entre la vida y la muerte. De hecho, la crisis no serĆa crisis si no movilizara, dentro de nosotros, actitudes y respuestas que deben ser sometidas a la soberanĆa de Dios. Si bien la crisis puede tener sus orĆgenes en un evento externo a nosotros, su manifestación mĆ”s intensa siempre es en los Ć”mbitos del hombre interior. La experiencia de JesĆŗs en GetsemanĆ nos provee el ejemplo mĆ”s claro de esto.
Las crisis, no obstante, con frecuencia nos golpean con una fuerza inusitada porque no podemos reconciliar su manifestación con los propósitos de Dios para nuestra vida. «¿Cómo puede ser que nos esté pasando esto?» exclamamos, como si fuera, precisamente, algo anormal. Esta falta de aceptación produce mÔs dolor que la prueba misma.
Por otro lado, nos serĆ” de mucha ayuda tener siempre presente la segunda parte de la declaración de Pablo: nuestra experiencia de muerte permite la expresión de la vida de Cristo en nosotros. De modo que podemos ver a la crisis como el medio mĆ”s apropiado para que la plenitud del poder de Dios se manifieste en nuestras vidas. Si reconocemos que, en nuestro estado natural Ā«no hay quien busque a DiosĀ» (Ro 3.11), podremos ver que el medio mĆ”s eficaz que tiene a su disposición para producir en nosotros una dependencia santa es, precisamente, la crisis. En tiempos de crisis, un lĆder tiene dos caminos a recorrer: se desanima y desiste de su cometido o se presenta delante del trono de gracia para que el SeƱor le otorgue la ayuda que precisa. No cabe duda que las crisis son desagradables, mas pueden ser de un inestimable valor en la vida de un lĆder.
Para pensar:
«Amados, no os sorprendÔis del fuego de la prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciera» (1 P 4.12).
Tomado con licencia de:
Shaw, C. (2005) Alza tus ojos. San JosƩ, Costa Rica, CentroamƩrica: Desarrollo Cristiano Internacional.0000
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