El valor de la paciencia
Estad quietos, y conoced que yo soy Dios. (Salmo 46.10)
Vivimos en tiempos donde esperar es cada vez mĆ”s desagradable. Donde en otros tiempos la demora se medĆa en cuestiones de dĆas y meses, hoy consideramos Ā«demoraĀ» el tiempo que nuestra computadora tarde en abrir un programa, lo que el microondas requiere para calentar nuestro cafĆ©, lo que una persona tarda en atender el telĆ©fono o lo que tarda el semĆ”foro en cambiar de rojo a verde. Es decir, la impaciencia se ha instalado con tal prepotencia en nuestras vidas que medimos el uso eficaz del tiempo en cuestión de segundos. Aun cuando la espera es Ćnfima, nuestro espĆritu inquieto no puede controlar los sentimientos de ansiedad y afĆ”n que son propios de la existencia del hombre en la sociedad moderna.
La sabidurĆa popular afirma que la paciencia es el arte de saber esperar. El problema con esta definición radica en creer que nuestra actividad principal, en momentos en que no podemos apurar la marcha del tiempo, es, precisamente, esperar. El salmista agrega un elemento importante al proceso de aquietar el espĆritu y dominar los impulsos de la desesperación: Ā«ā¦y conoced que yo soy DiosĀ». Nuestro llamado primordial en la vida es a orientar nuestra existencia total hacia las permanentes invitaciones de Dios a caminar con Ć©l y a buscar su mano en las situaciones mĆ”s frustrantes. De esta manera podrĆamos definir la paciencia como el desafĆo de disfrutar de Dios cuando las circunstancias nos invitan a la preocupación, la ansiedad y el afĆ”n.
Considere la siguiente situación tĆpica de nuestra existencia. Estamos esperando en una fila para hacer un trĆ”mite en alguna oficina del gobierno. Hemos entregado los papeles con los que se inicia el trĆ”mite y ahora no podremos retirarnos del lugar hasta finalizada la gestión. En un momento, un oficial del gobierno se presenta e informa a las personas de la fila -que ya de por sĆ estĆ”n molestas- que se ha caĆdo el sistema de computación. Todos deberĆ”n esperar hasta que el sistema se habilite de nuevo. De inmediato pensamos en las otras cosas que urgentemente nos estĆ”n esperando en el trabajo. Comenzamos a caminar por el lugar lleno de pensamientos airados contra el gobierno, sus empleados y el sistema al que estĆ”n sujetos. Cuanto mĆ”s tiempo pasa, mĆ”s notoria es nuestra agitación interior y mĆ”s visible nuestro fastidio. Es acertado afirmar que estamos esperando, pero no estamos disfrutando del momento. Nos hemos perdido la oportunidad de comulgar con Aquel que, hace dos dĆas en la reunión del domingo, proclamĆ”bamos como el ser mĆ”s importante del universo.
Para pensar:
El mayor desafĆo en tiempos de fastidio por las Ā«intolerablesĀ» demoras que debemos Ā«soportarĀ» es la de aquietar nuestro espĆritu. Es nuestra responsabilidad quitar los ojos de las circunstancias y elevarlas a Dios, para saber que Ć©l reina soberano en todo momento. La próxima vez que se encuentre en una situación sobre la cual no tiene control, lleve su espĆritu a la presencia del Pastor de Israel y permita que Ć©l le conduzca junto a aguas de reposo.
Shaw, C. (2005) Alza tus ojos. San JosƩ, Costa Rica, CentroamƩrica: Desarrollo Cristiano Internacional.
Excelente reflexión ! Desde ahora , cualquier momento de espera no serÔ una pérdida de tiempo , sino una oportunidad para conocer mÔs y mejor al Señor. Amén!