Hambre de Dios
Entonces me invocarĆ©is. VendrĆ©is y orarĆ©is a mĆ, y yo os escucharĆ©. Me buscarĆ©is y me hallarĆ©is, porque me buscarĆ©is de todo vuestro corazón. (JeremĆas 29.12ā13)
Este texto forma parte de una carta enviada por el profeta JeremĆas a los judĆos que vivĆan en exilio, en Babilonia. HabĆan surgido entre ellos los infaltables mensajeros del facilismo, los que decĆan que en poco tiempo estarĆan de regreso en JudĆ”. JeremĆas instruye al pueblo a que Ā«eche raĆcesĀ» en Babilonia, porque su estadĆa en ese lugar iba a ser prolongada. La profecĆa contiene, sin embargo, la afirmación que hoy forma parte de nuestra declaración, una promesa de que Dios serĆ” hallado por el pueblo cuando este deje sus costumbres religiosas y se dedique a buscarlo sinceramente, de corazón.
A pesar de su contexto histórico, es un texto que bien podrĆa estar dirigido a la iglesia de nuestros tiempos. No es esta una referencia a lo mal que estĆ” el pueblo de Dios en esta Ć©poca, sino un reconocimiento de la tendencia bĆ”sica del ser humano hacia la experiencia religiosa. Por esto entendemos aquella lista de actividades que el hombre realiza a cambio de obtener el favor de Dios. No se trata de una relación con Dios, sino de un simple intercambio de favores. Nosotros cumplimos con las exigencias de la religión y el Ser Supremo nos otorga su bendición.
Esta manera de pensar no es caracterĆstica de algĆŗn grupo en particular, aunque es mĆ”s notorio en algunos que en otros. Tristemente, debemos reconocer que muchas de las actividades dentro de nuestras propias congregaciones tienen tambiĆ©n estos matices. Nuestra pasión dura apenas lo que dura la reunión en la cual nos encontramos. Luego, retornamos a nuestra vida de aburridas rutinas donde todo sigue igual.
Ā«Me buscarĆ©is y me hallarĆ©is, porque me buscarĆ©is de todo vuestro corazónĀ». La frase lo dice todo. Existe una promesa de un encuentro con Dios que, nos atrevemos a pensar, podrĆa hasta tener las connotaciones dramĆ”ticas de los encuentros que han tenido algunos de los grandes hĆ©roes de la fe: Abraham, MoisĆ©s, David, IsaĆas, Pedro, Pablo o Juan. Sin importar los detalles particulares de ese encuentro con el SeƱor, la profecĆa afirma que se terminarĆ”n los tiempos de imaginarse que estamos en contacto con Dios, de recurrir a complicadas explicaciones para demostrar que Ć©l estĆ” presente. La vida espiritual serĆ” otra, enteramente diferente, donde la experiencia con Dios lo llenarĆ” todo.
ĀæA quiĆ©nes se les concederĆ” esta experiencia? A aquellos que lo buscan de Ā«todo corazónĀ». La frase descarta esas Ā«bĆŗsquedasĀ» que duran unas horas, o algunos dĆas. AquĆ se habla de la persona cuya pasión lo consume. Son los que Ā«tienen hambre y sed de justiciaĀ». Es el clamor del salmista: Ā«Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, en tierra seca y Ć”rida donde no hay aguasĀ» (63.1). Para estas personas estĆ” reservada una experiencia plena con Dios.
Para pensar:
¿Dónde estÔn, hoy, los que gimen por el Señor? ¿Dónde se encuentran los que no pueden descansar porque claman continuamente por una visitación de Dios? ¿SerÔ que se demora el avivamiento que tanto anhelamos, porque aún no existe un pueblo suficientemente hambriento?
Tomado con licencia de:
Shaw, C. (2005) Alza tus ojos. San JosƩ, Costa Rica, CentroamƩrica: Desarrollo Cristiano Internacional.
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