La elocuencia de la cruz
No me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el evangelio; no con sabidurĆa de palabras, para que no se haga vana la cruz de Cristo. (1 Corintios 1.17)
Cuando yo era seminarista, una de las materias que tuve que cursar fue homilĆ©tica, o el Ā«arte de predicarĀ». Es indudable que pasar tiempo con un profesor ya experimentado en la proclamación de la Palabra fue de mucho beneficio. Me ayudó a ganar confianza, a identificar errores y hĆ”bitos que entorpecĆan la comunicación, como tambiĆ©n a incorporar tĆ©cnicas que hicieran mĆ”s eficiente y atractiva la tarea de predicar.
Junto a estos beneficios, sin embargo, llegó también la inevitable tendencia a prestarle mÔs atención que la necesaria a la elocuencia de la retórica. El énfasis en la importancia de la preparación cuidadosa del mensaje muchas veces pasaba por una meticulosa observación de los detalles: las ilustraciones, los puntos del bosquejo, la motivación, el tono de voz, los silencios, la lógica del argumento, etcétera. Sin darme cuenta, los detalles pasaron a dominar todo.
El testimonio concreto de que habĆa errado el camino no tardó en mostrarse. Habiendo completado la materia, ya no podĆa escuchar la predicación de la Palabra sin hacer una evaluación crĆtica del Ā«estiloĀ» del predicador. ĀæUsó suficientes ilustraciones? ĀæFueron claros los puntos de su presentación? ĀæLos versĆculos que citó apoyaban su argumento? ĀæRealizó la conclusión en forma esmerada y apelativa? Todas estas preguntas -y muchas otras- me habĆan robado la sencillez de recibir con mansedumbre la Palabra de Dios. Ya no era un discĆpulo deseoso de ser ministrado por las Escrituras, sino un Ā”tĆ©cnico analista en comunicación!
Tristemente, despuĆ©s de mĆ”s de veinte aƱos de predicación, noto que algunos predicadores nunca superan esta etapa. Han dedicado un tiempo desmedido a pulir estos aspectos secundarios en su oratoria. El afĆ”n por cultivar la elocuencia delata, sin que se den cuenta, un secreto en sus vidas. El asombroso poder de Dios, demostrado en la muerte de Cristo, no estĆ” impactando sus vidas y produciendo en ellos esa maravillosa transformación que trasciende las palabras. La convicción de que la cruz de Cristo, de por sĆ, tiene poco atractivo se ve a cada instante en sus prĆ©dicas. Por esta razón es necesario Ā«embellecerlaĀ» con una elocuencia elaboradamente compleja.
Si usted estĆ” en el ministerio de la proclamación de la Palabra, Ā”no deje que su elocuencia se le vaya a la cabeza! El apóstol Pablo descartaba este estilo por causa de su inmensa reverencia hacia la cruz de Cristo. En la versión Dios habla hoy, el versĆculo de hoy estĆ” traducido: Ā«Pues Cristo no me mandó a bautizar, sino a anunciar el evangelio, y no con alardes de sabidurĆa y retórica, para no quitarle valor a la muerte de Cristo en la cruzĀ». Como predicadores, debemos pulir el don que Dios nos ha dado. Pero no nos confundamos: Ā”No es nuestra Ā«tĆ©cnicaĀ» la que toca los corazones! Es el poder de la cruz. Evitemos, entonces, quitarle brillo, esforzĆ”ndonos por mantener en nuestras predicaciones un estilo sencillo y sin demasiados adornos.
Para pensar:
«Pues el reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder» (1 Co 4.20). ”Qué maravillosa verdad para recordar cada vez que nos acercamos al púlpito!
Shaw, C. (2005) Alza tus ojos. San JosƩ, Costa Rica, CentroamƩrica: Desarrollo Cristiano Internacional.
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