La esperanza del miserable
Ā”Miserable de mĆ! ĀæQuiĆ©n me librarĆ” de este cuerpo de muerte? Ā”Gracias doy a Dios, por Jesucristo SeƱor nuestro! (Romanos 7.24ā25)
Ā«Lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que detesto, eso hago⦠no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hagoĀ» (Ro 7.15, 20). ĀæQuiĆ©n de nosotros no se ha sentido identificado con la descripción tan acertada que hace Pablo de la lucha que tenemos con el pecado? Leemos este pasaje y no podemos evitar exclamar: Ā”ese soy yo! Este es el calvario diario de nuestra existencia. Nuestro espĆritu anhela todo aquello que es bueno y puro; pero nuestro cuerpo estĆ” gobernado por una ley que, en ocasiones, parece indomable. A cada rato sentimos las insinuaciones seductoras del pecado, invitĆ”ndonos a caminar por el camino que aborrecemos. Ā”Miserable de nosotros!
La pregunta del apóstol, ĀæquiĆ©n nos librarĆ” de este cuerpo de muerte?, no es tanto una pregunta teológica como la frustrada exclamación de quien se siente agobiado por la constante lucha con la carne. Esta pregunta refleja su agonĆa personal.
Debemos prestar mucha atención a la respuesta, pues en ella encontramos la libertad que tanto anhelamos. La solución a nuestra lucha no es un programa sino una persona: Cristo JesĆŗs. Esto contradice toda nuestra formación, pues somos parte de un pueblo que ha construido su existencia sobre Ā«el hacerĀ». Nuestra filosofĆa privilegia el movimiento y la acción decisiva, sobre la pasividad y la quietud. Cuando se nos presenta un desafĆo, nos informamos acerca de las formas mĆ”s eficaces de hacerle frente y luego intentamos avanzar confiadamente hacia la conquista del problema. Creemos que la cuota indicada de esfuerzo y perseverancia harĆ”n que los obstĆ”culos desaparezcan. En muchas esferas de la vida ocurre asĆ. Mas el pecado no se resuelve con ningĆŗn programa, tampoco cede frente a los persistentes embates de la disciplina. El pecado es una realidad que no podemos vencer.
ĀæQuiĆ©n nos puede librar? Ā”Cristo JesĆŗs, SeƱor nuestro! ĀæCómo lo hace? Ā”No sabemos!, pero Ć©l es la solución para nuestra lucha. Una vez mĆ”s viene a nuestra mente la imagen de Cristo agonizando en GetsemanĆ. Su lucha es la nuestra: el espĆritu querĆa someterse a la voluntad del Padre, pero la carne se rebelaba contra este deseo. ĀæCómo solucionó su dilema? Buscó el rostro del Padre. No vemos ninguna manifestación fĆsica del EspĆritu en esta escena. No somos testigos de ningĆŗn accionar dramĆ”tico en la vida de Cristo. Solamente lo podemos observar derramando su dilema delante del Padre. Luego de volver por tercera vez, su lucha terminó. La paz se habĆa instalado en su interior. La carne se habĆa sujetado al EspĆritu.
QuizÔs es lo misterioso del proceso lo que crea en nosotros una resistencia a aceptar una solución tan sencilla. Sin embargo, no podemos escapar de esta realidad. La exhortación de la Palabra es que le busquemos a él. No pongamos nuestra esperanza en un programa de cinco pasos fÔciles, ni en un libro, ni tampoco en un curso. ¿Quién puede librarnos? ”Gracias a Dios, por Jesucristo, Señor nuestro!
Para pensar:
¿Qué siente cuando hace lo que no quiere? ¿Qué pasos da para solucionarlo? ¿Cómo participa Cristo de esta solución?
Tomado con licencia de:
Shaw, C. (2005) Alza tus ojos. San JosƩ, Costa Rica, CentroamƩrica: Desarrollo Cristiano Internacional.
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