La estupidez de un rey
Entonces el rey se entristeció, pero a causa del juramento y de los que estaban con Ć©l a la mesa, mandó que se la dieran, y ordenó decapitar a Juan en la cĆ”rcel. (Mateo 14.9ā10)
Estaba ordenado por Dios que Juan fuera muerto, Ā”pero que triste la manera en que aconteció! Su destino fue decidido en un momento de algarabĆa, donde las emociones de los hombres priman sobre los juicios correctos y justos. Herodes, incitado por los agraciados movimientos de la hija de HerodĆas, encontró la manera perfecta de congraciarse con los invitados: la proclamación de una oferta tan generosa que no podĆa menos que impresionar a todos los presentes. Lo exagerado de su voto, sin embargo, revela que habló lo primero que se le vino a la mente, sin medir las consecuencias de sus palabras. De esta manera, entonces, murió Juan, vĆctima del descontrol de un perverso gobernador en una fiesta de cumpleaƱos.
Ā”CuĆ”n profundos son los deseos del hombre por agradar e impresionar a los demĆ”s! Este deseo de Ā«quedar bienĀ», de impactar a la gente con la manera en que actuamos y asĆ ganarnos su favor y aprecio, es algo que nace en la esencia misma de lo que somos como seres humanos. Todos tenemos un hambre profundo de reconocimiento, de que nos tengan en cuenta y nos valoren aquellos que estĆ”n a nuestro alrededor. En muchos ministros que vienen heridos por la experiencia de un hogar sin afecto esta necesidad se convierte en obsesión. No alcanzan las horas ni los dĆas para servir a los hermanos, los cuales parecen ofrecer la posibilidad de recibir expresiones de gratitud y aprecio.
La historia de Herodes ilustra hasta quĆ© punto podemos llegar a enredarnos si permitimos que estos deseos gobiernen nuestras acciones. El rey se entristeció por la palabra que habĆa hablado, porque repentinamente se dio cuenta que habĆa sido totalmente alocada su promesa. Su deseo de no desprestigiar su imagen frente a los demĆ”s, sin embargo, era mucho mĆ”s fuerte que su momentĆ”nea incomodidad por la estupidez de sus acciones. El arrepentimiento requerirĆa la clase de coraje que tales hombres no poseen.
En nuestro afĆ”n por agradar muchas veces nos comprometemos a cosas que no podemos cumplir. Ninguna de ellas tiene la magnitud ni la seriedad de la promesa del Tetrarca, pero todas son igualmente daƱinas. Acabamos involucrados en situaciones no deseadas o, incluso, detestables. Por esta razón muchas veces el cumplimiento de nuestro voto va acompaƱado de lamentos y quejas. AĆŗn mĆ”s importante que esto, las palabras impulsivas tienden, con el pasar del tiempo, a erosionar nuestra autoridad como lĆderes porque muchas de ellas no podemos cumplirlas. Corremos el riesgo de que se nos conozca como personas cuya palabra tiene poco peso.
Para pensar:
Cuando JesĆŗs enseñó que nuestro hablar debĆa ser sin juramentos (Mt 5.37) estaba aludiendo a la sencillez en nuestras expresiones. Esta sencillez incluye tambiĆ©n una economĆa en el uso de las palabras, siendo mĆ”s pausados y pensativos a la hora de comunicarnos con otros. De esta manera, evitaremos quedar enredados por las palabras que salen de nuestra boca.
Tomado con licencia de:
Shaw, C. (2005) Alza tus ojos. San JosƩ, Costa Rica, CentroamƩrica: Desarrollo Cristiano Internacional.
Comentarios