La hora de definiciones
Ā Como el mar se embravecĆa cada vez mĆ”s, le preguntaron: «¿QuĆ© haremos contigo para que el mar se nos aquiete?Ā» Ćl les respondió: Ā«Tomadme y echadme al mar, y el mar se os aquietarĆ”, pues sĆ© que por mi causa os ha sobrevenido esta gran tempestadĀ». (JonĆ”s 1.11ā12)
No podemos saber exactamente en quĆ© pensaba JonĆ”s cuando le dijo a los marineros que lo tomaran y echaran al mar. De seguro que no sabĆa absolutamente nada del gran pez que Dios enviarĆa a rescatarlo, pues el SeƱor estaba manejando esto a solas. Lo que sĆ vemos es que la convicción de pecado lo habĆa llevado a asumir la responsabilidad por la tormenta que azotaba la embarcación. Aun poseĆa suficiente discernimiento para entender que esto era algo que Ć©l mismo habĆa provocado.
No obstante, su independencia persiste. Lo apropiado hubiera sido que clamara a Dios por misericordia, confesando su pecado y declarando su voluntad de hacer lo que se le habĆa encomendado. Mas JonĆ”s no discernĆa el corazón misericordioso de Dios y entendĆa que, una vez desviado, no tenĆa solución su pecado. Perdido por perdido, decidió tirarse al mar y enfrentarse a una muerte casi segura.
ĀæAlguna vez, como lĆder, se ha encontrado luchando con sentimientos similares? Parece que nuestros pecados pesan mĆ”s cuando estamos involucrados en ministrar al pueblo de Dios. QuizĆ”s, al estar en el ojo pĆŗblico, nos acosa con mayor fuerza el sentimiento de vergüenza por lo que hemos hecho. De todas maneras, en ocasiones hemos contemplado el abandonarlo todo, porque sentimos que nuestro pecado ha acabado con la posibilidad de seguir siendo Ćŗtiles en las manos de Dios. Al igual que Pedro, pensamos seriamente en volver a nuestras redes.
Esta forma de pensar es una de las razones por las cuales practicamos tan poco la confesión. El enemigo de nuestras almas se encarga de trabajar en nuestras mentes para que creamos que los pecados que hemos cometido no tienen arreglo. El gran «gancho» por el cual nos mantiene atrapados es la culpa. Creemos que Dios ya no podrÔ escucharnos, porque nuestra maldad no tiene arreglo. Convencidos de esta realidad, entramos en la desesperación y procuramos ponerle fin a nuestra miserable existencia.
El gran estorbo a nuestra relación con Dios no es lo abominable de nuestro pecado, sino los requisitos que nosotros mismos nos imponemos para venir a él. Nuestro pecado es una abominación, pero puede ser perdonado con una simple confesión. Nosotros, no obstante, queremos adornar nuestra confesión con demostraciones prÔcticas de nuestro arrepentimiento que son innecesarias. Inmersos en el pecado, el mejor camino es acercarnos a él sin vueltas, arrepentidos y, a la vez, confiados en su inmenso amor.
Para pensar:
En su magnĆfico libro La Oración, Richard Foster describe la oración que es la base de todas las otras oraciones, la oración sencilla. Ā«Cometemos errores,Ā» nos dice Ā«muchos de ellos. Pecamos, caemos, y esto con frecuencia -pero cada vez nos levantamos y comenzamos de vuelta. Y otra vez nuestra insolencia nos derrota. No importa. Confesamos y comenzamos otra vez⦠y otra vez⦠y otra vez. Es mĆ”s; la oración sencilla muchas veces es llamada la āoración de los nuevos comienzosāĀ».
Shaw, C. (2005) Alza tus ojos. San JosƩ, Costa Rica, CentroamƩrica: Desarrollo Cristiano Internacional.
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