La sutilezas del orgullo
Te harĆ© pequeƱo entre las naciones, menospreciado entre los hombres. Te engaƱaron tu arrogancia y la soberbia de tu corazón.TĆŗ, que habitas en las hendiduras de las peƱas, que alcanzas las alturas del monte, aunque eleves como el Ć”guila tu nido, de allĆ te harĆ© descender, dice JehovĆ”. (JeremĆas 49.15ā16)
Ninguna condición neutraliza tan eficazmente al hijo de Dios como el orgullo. Con una contundencia absoluta, pone fin a la relación con el AltĆsimo y deja a las personas expuestas a toda clase de engaƱo espiritual. Cuando no se le corrige a tiempo, invita al juicio y el castigo. Nos basta con mirar la vida del rey SaĆŗl para ver cuĆ”n irreversibles fueron las consecuencias del pecado de soberbia para Ć©l.
Considerando lo devastador que son los efectos del orgullo en nuestra vida, todos nosotros deberĆamos andar con temor y temblor, para que no se instale esta actitud en nuestro corazón. Mas la lucha con el orgullo es compleja, porque no nos enfrentamos a un problema de fĆ”cil identificación. El orgullo es profundamente engaƱoso. Al estar Ćntimamente ligado con la vida espiritual, fĆ”cilmente se lo confunde con la verdadera pasión y devoción por los asuntos de Dios. Por su misma esencia, nos resulta mĆ”s fĆ”cil identificarlo en la vida de nuestro prójimo que en nuestro propio corazón, pues nos engaƱa en cuanto a descubrirlo y desecharlo.
En segundo lugar, aun cuando descubrimos su presencia en nuestras vidas (por la acción del EspĆritu), el orgullo no es una actitud que cederĆ” mansamente frente a nuestro intento de desenmascararlo. Nos llena de argumentos, razonamientos y justificativos para convencernos de que en realidad no es lo que pensamos que es. Exige siempre la Ćŗltima palabra en todo y jamĆ”s permite que nos sintamos cómodos pidiendo disculpas, reconociendo nuestros errores o dĆ”ndole preferencia a otra persona.
ĀæDónde tiene su raĆz el orgullo? El pasaje de hoy, que se une a una multitud de pasajes en la Palabra sobre el tema, nos da una importante pista: la esencia del orgullo es querer ocupar un lugar de supremacĆa que no nos corresponde. Solamente el SeƱor debe ser exaltado. Todos nosotros somos iguales, mas el orgullo, que es lo que produjo la caĆda de Lucifer, quiere que ocupemos un puesto por encima de los demĆ”s y aun de Dios mismo. Ya sea que no permita recibir corrección, o que no reconozca mis errores, o que me dedique a juzgar a los demĆ”s, o que no me relacione con los que no piensan como yo, el orgullo siempre me instala en una posición donde me considero superior al otro.
Debemos, de veras, temblar ante la posibilidad de quedar presos del orgullo. Solamente el Señor puede librarnos, porque solamente él lo puede identificar claramente en nuestro corazón. No nos quedemos con nuestro propio anÔlisis de nuestras vidas. Sabiendo lo evasivo que es el orgullo, pidamos al Señor que examine nuestros corazones. Luego, con actitud valiente, hagamos silencio para que él nos diga lo que él ve en nosotros. Aunque duela, su diagnóstico es certero y traerÔ libertad.
Para pensar:
ĀæQuiĆ©n puede discernir sus propios errores? LĆbrame de los que me son ocultos. Preserva tambiĆ©n a tu siervo de las soberbias, que no se enseƱoreen de mĆ. Entonces serĆ© Ćntegro y estarĆ© limpio de gran rebeliónĀ» (Sal 19.12ā13).
Shaw, C. (2005) Alza tus ojos. San JosƩ, Costa Rica, CentroamƩrica: Desarrollo Cristiano Internacional.
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