Libres de pecado

Por tanto, puesto que tenemos en derredor nuestro tan gran nube de testigos, despojƩmonos tambiƩn de todo peso y del pecado que tan fƔcilmente nos envuelve, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante. (Hebreos 12.1) (LBLA)

La analogía que estÔ usando el autor de Hebreos para ayudarnos a entender las dinÔmicas de la vida cristiana, es la de una maratón, una carrera larga que tiene una distancia de unos 42 km. Deja varias recomendaciones acerca de cuÔl es la forma en que mejor se puede correr esta carrera. En el devocional de hoy queremos concentrarnos en la exhortación a despojarnos «del pecado que tan fÔcilmente nos envuelve».

Hay dos conceptos importantes en la exhortación del autor. La clave del primero estÔ en la palabra «fÔcilmente». El pecado, en su esencia, estÔ basado en sutiles distorsiones de la Palabra de Dios, no en groseras manifestaciones que abiertamente contradicen su Verdad. Observe con cuÔnta sutileza el enemigo dialogó con Eva, para crear en ella primero confusión, y luego plantar la semilla de la duda en cuanto a la bondad de Dios. Note con cuÔnta sutileza el enemigo se enfrentó al Hijo de Dios en el desierto, aun llegó a citar el texto de los salmos para hacerle tropezar. Es por esta característica del pecado que tantas veces quedamos atrapados en actitudes y pensamientos que deshonran al Dios que amamos.

El segundo concepto clave se encuentra en la frase «que nos envuelve». La palabra que el autor escoge en el griego nos presenta la idea de algo que entorpece al corredor, un obstÔculo que le ofrece resistencia, no importa en que dirección quiera moverse. Es como si uno quisiera correr envuelto en una sÔbana. Toda clase de actividad sería dificultosa porque cada parte del cuerpo estaría limitada en su capacidad de moverse.

Esta es una buena descripción de los efectos del pecado sobre nuestra vida. Cuando permitimos que el pecado nos envuelva, este entorpece cada una de las Ć”reas de nuestra vida. Nuestras emociones se vuelven amargas o tristes. Nuestros pensamientos se tornan llenos de condenación y crĆ­tica. Nuestra perspectiva se tiƱe de pesimismo. Nuestra visión se nubla y vemos todo como problemĆ”tico. Nuestras palabras se convierten en instrumentos para lastimar y destruir. Sobre todas las cosas, nuestra relación con Dios se ve dramĆ”ticamente afectada. Escuche la confesión del salmista: Ā«Mientras callĆ©, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el dĆ­a, porque de dĆ­a y de noche se agravó sobre mĆ­ tu mano; se volvió mi verdor en sequedades de veranoĀ» (Sal 32.3–4).

Como ministros no podemos descuidar ni un instante la permanente tendencia de nuestra humanidad a dejarse seducir por el pecado. En esta Ôrea de nuestra vida espiritual debemos estar en guardia siempre. Bien dijo Pedro que «vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar» (1 P 5.8).

Para pensar:

Martín Lutero una vez exclamó: «”Le tengo mÔs miedo a mi corazón que al Papa y a todos sus cardenales!» El pasar de los años y la experiencia le habían revelado que los mayores problemas en la vida no son los que estÔn a nuestro alrededor, sino las maquinaciones y los engaños de nuestro propio corazón. Por esta razón, el gran reformador prestaba especial atención a la pureza de su ser interior.

Tomado con licencia de:

Shaw, C. (2005) Alza tus ojos. San JosƩ, Costa Rica, CentroamƩrica: Desarrollo Cristiano Internacional.

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