Maravilloso Misterio
Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tĆŗ formaste, digo: «¿QuĆ© es el hombre, para que tengas de Ć©l memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?Ā» (Salmos 8.3ā4)
Cuando yo era joven tuve la oportunidad de embarcarme en un buque que zarpó hacia mar abierto, donde pasamos mĆ”s de cinco meses. Antes de la partida, participamos de una alocada carrera por abastecer el navĆo de todo lo que harĆa falta para las semanas que pasarĆamos en alta mar. Decenas de camiones se alineaban a nuestro costado para que transfiriĆ©ramos su cargamento a nuestras bodegas. Anclados en puerto, el barco se veĆa imponente en comparación a los pequeƱos camiones y las grĆŗas que operaban dĆa y noche en preparación para su partida. Yo era nuevo en la marina y me impresionaba lo sofisticado del buque, con su instrumental de navegación, sus interminables pasillos y los cientos de tubos, cables y conductos que recorrĆan su interior.
Finalmente llegó el dĆa de la partida. Lentamente la costa comenzó a alejarse y, al cabo de unas horas, estĆ”bamos completamente rodeados de agua. De horizonte a horizonte, el mar se extendĆa, interminable e indomable. No tardĆ© en sentir lo que siente todo marino: que uno es, en realidad, muy pequeƱo. Nuestro buque, que junto al muelle se habĆa visto tan imponente, no era mĆ”s que un pequeƱo objeto en un gigantesco ocĆ©ano. Creo que en ese momento entendĆ lo que el salmista expresa en los versĆculos que hoy nos interesan.
Al levantar los ojos a los cielos, David experimentó esa misma sensación de pequeñez frente a la inmensidad de la creación de Dios. Sintiéndose abrumado por su propia insignificancia, no pudo evitar preguntarle al Señor: «Si tu eres tan grande, y lo que has hecho es tan vasto y majestuoso, ¿cómo es que te fijas en nosotros, que somos tan pequeños e insignificantes?»
ĀæQuiĆ©n puede, en realidad, entender semejante misterio? El Dios que creó los cielos y la tierra, que ordenó al ejĆ©rcito de las estrellas y que conoce los secretos mĆ”s intrĆnsecos del mundo a nuestro alrededor, ha elegido tener comunión con nosotros, Ā”que no somos mĆ”s que una gota en el universo!
En este tiempo, en el cual el hombre experimenta con la clonación y parece que son ilimitados los avances tecnológicos, quĆ© bueno serĆa que pudiĆ©ramos recuperar este sentido de pequeƱez. Cuando lo perdemos, dejamos de maravillarnos por el eterno misterio de Dios, que ha escogido acercarse a nosotros Ā”para interesarse en nuestras vidas! No solamente se pierde ese sentido de maravilla, sino que tambiĆ©n comenzamos a inflarnos con un exagerado sentido de nuestra propia importancia. Creemos que las cosas pasan porque estamos involucrados en ellas. Estimamos como indispensable nuestra contribución para el buen funcionamiento de todo lo que nos rodea. Nuestra propia importancia hace menguar nuestro sentido de necesidad. Y si no lo necesitamos, ĀæquĆ© esperanza hay para nosotros?
Para pensar:
ĀæPor quĆ© no se toma un momento para meditar en la grandeza de Dios? PermĆtale al EspĆritu que produzca en usted otra vez ese asombro santo que le llevarĆ” a exclamar: «¿QuĆ© es el hombre, para que tengas de Ć©l memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?Ā» Ā”Las cosas tienen otro color cuando las contemplamos en su correcta dimensión!
Shaw, C. (2005) Alza tus ojos. San JosƩ, Costa Rica, CentroamƩrica: Desarrollo Cristiano Internacional.
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