Ministrar y ser ministrado
Porque deseo veros para comunicaros algĆŗn don espiritual, a fin de que seĆ”is fortalecidos; esto es, para ser mutuamente confortados por la fe que nos es comĆŗn a vosotros y a mĆ.(Romanos 1.11ā12)
Por largo tiempo Pablo habĆa albergado en su corazón el deseo de visitar a los cristianos que residĆan en Roma. Era inevitable que el apóstol, que tanto habĆa contribuido a la expansión del reino, fijara los ojos en la capital del vasto Imperio Romano. En el texto de hoy se encuentra claramente la razón que lo movĆa a realizar este viaje.
AsĆ como lo hizo en todos los lugares por los que habĆa pasado, Pablo tambiĆ©n deseaba ministrar en Roma la Palabra y confortar a los hermanos en la fe. El que tiene una verdadera vocación pastoral no puede evitar ejercer su ministerio dondequiera que se encuentre, pues la tarea pastoral no es un trabajo, sino la manifestación de una vocación. Por esta razón, entonces, el apóstol deseaba llegar a la capital con el fin de Ā«confirmarĀ» a los hermanos impartiĆ©ndoles algĆŗn don espiritual. Se entiende por esta frase que Ć©l deseaba seguir edificando a la iglesia para que alcanzara la plenitud de su potencial en Cristo JesĆŗs. Esto consistĆa en que recibieran y aprendieran a utilizar los dones que el SeƱor habĆa entregado a su pueblo.
Resulta interesante, sin embargo, observar el resto del texto de nuestro devocional. Pablo no solamente deseaba llegar hasta ellos para ministrarles, sino que él también anhelaba recibir de ellos todo lo que quisieran darle. Encontramos en este deseo una profunda comprensión de la dinÔmica de la iglesia, donde todos nos edificamos mutuamente para producir el crecimiento del cuerpo de Cristo.
Esta receptividad hacia el ministerio de los demĆ”s es una de las actitudes mĆ”s difĆciles de encontrar en los pastores. Es muy fĆ”cil que el pastor llegue a pensar que Ć©l es el que edifica la iglesia y que su Ćŗnica función dentro del cuerpo es la de estar dirigiendo y ministrando la vida de los demĆ”s. Cuando esta perspectiva se hace fuerte en el lĆder, le cuesta relajarse en la presencia de los demĆ”s, para sacarse Ā«la chaquetaĀ» de pastor y moverse como un miembro mĆ”s del cuerpo. En ocasiones, incluso, el pastor traslada esta actitud a su hogar y trata a su esposa e hijos como si fueran tambiĆ©n miembros de la congregación.
El peligro de esta postura es comenzar a creer que no existen, dentro de la congregación, personas que realmente nos pueden ministrar. De este modo, nuestro trato con ellos se convierte en un camino unidireccional. Nosotros siempre damos y ellos siempre reciben. El apóstol Pablo, a pesar de gozar de un prestigio y un perfil sin igual dentro de la iglesia del primer siglo, poseĆa un corazón abierto y humilde, dispuesto a recibir de sus hermanos lo que ellos pudieran entregarle de parte de Dios. Esta clase de lĆder es el que mĆ”s inspira a sus seguidores, porque no se presenta como perfecto sino, mĆ”s bien, como alguien que tambiĆ©n estĆ” en el proceso de formación. Lejos de restarle autoridad, esta actitud enaltece su persona y bendice su vida.
Para pensar:
Ā«Ni el ojo puede decir a la mano: āNo te necesitoā, ni tampoco la cabeza a los pies: āNo tengo necesidad de vosotrosāĀ» (1 Co 12.21).
Tomado con licencia de:
Shaw, C. (2005) Alza tus ojos. San JosƩ, Costa Rica, CentroamƩrica: Desarrollo Cristiano Internacional.0000
Comentarios