Palabra de vida
Orad… por mĆ, a fin de que al abrir mi boca, me sea dada palabra para dar a conocer con denuedo el misterio del evangelio. (Efesios 6.19)
Ā”QuĆ© interesante que es este pedido de Pablo a los creyentes de la iglesia de Ćfeso! SerĆa bueno que todos los que estamos involucrados en la proclamación de la Palabra pudiĆ©ramos solicitar esto antes de cada compromiso ministerial.
La construcción de la frase nos muestra claramente dónde podemos errar en el ministerio de la proclamación. Es fĆ”cil abrir la boca pero no es tan sencillo hablar palabra de lo alto. De hecho, es una de las caracterĆsticas que mĆ”s preocupan en la iglesia del siglo XXI, la falta de Palabra en muchas de las predicaciones y enseƱanzas que se escuchan hoy. Ha crecido mucho la tendencia de leer un versĆculo para luego compartir las propias opiniones acerca de cómo obra Dios y quĆ© es lo que estĆ” haciendo en este tiempo. El resultado es que tenemos una interminable sucesión de Ā«intĆ©rpretesĀ» espirituales, enamorados de sus propios razonamientos, pero escasea la Palabra pura de Dios que es poderosa para transformar la vida de los oyentes.
En las personas que hemos recibido formación en el arte de la buena comunicación, el peligro es aún mayor, pues podemos disfrazar con mucha elegancia nuestra ignorancia de la Palabra utilizando todos los recursos de la buena oratoria. El resultado puede entretener, pero no ayuda a que el pueblo avance hacia la madurez en Cristo Jesús.
Pablo tenĆa un deseo similar al de Cristo. El Hijo de Dios le dijo a sus discĆpulos: Ā«Mi enseƱanza no es mĆa, sino del que me envió» (Jn 7.16 – LBLA). MĆ”s adelante aclaró: Ā«No he hablado por mi propia cuenta, sino que el Padre mismo me ha enviado, me ha dado mandamiento sobre lo que he de decir y lo que he de hablarĀ» (Jn 12.49 – LBLA). De la misma manera, el apóstol -que no era ningĆŗn neófito en temas de comunicación- temblaba ante la posibilidad de malgastar el tiempo hablando de sus propias opiniones e ideas. Por eso le pedĆa a los creyentes que oraran por Ć©l, para que cuando abriera su boca no se escucharan palabras de hombre, sino de Dios.
Debemos, como lĆderes, tener convicción de que esta es la Ćŗnica Palabra que vale la pena compartir. Nuestra palabra informa, entretiene y aclara; pero se entremezcla con las miles de palabras que escucha el pueblo cada semana por la radio, la televisión y por boca de vecinos, compaƱeros de trabajo y amigos. Solamente la Palabra de Dios es Ā«viva y eficaz, y mĆ”s cortante que cualquier espada de dos filos; penetra hasta la división del alma y del espĆritu, de las coyunturas y los tuĆ©tanos, y es poderosa para discernir los pensamientos y las intenciones del corazónĀ» (Heb 4.12ā13 – LBLA). Puede ser proclamada con suma sencillez, mĆ”s su efecto serĆ” profundo y duradero porque esta es la Palabra que tiene vida.
Para pensar:
Para proclamar Su Palabra necesitamos ser estudiantes de La Palabra. ¿CuÔnto tiempo estÔ dedicando al estudio diligente de las Escrituras? ¿Qué efecto tiene esto sobre su vida personal? ¿Sobre su vida ministerial? ¿Qué otras cosas puede hacer para crecer en el conocimiento de la Palabra?
Shaw, C. (2005) Alza tus ojos. San JosƩ, Costa Rica, CentroamƩrica: Desarrollo Cristiano Internacional.
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