Pero…
Pero JonĆ”s se levantó para huir de la presencia de JehovĆ” a Tarsis, y descendió a Jope, donde encontró una nave que partĆa para Tarsis; pagó su pasaje, y se embarcó para irse con ellos a Tarsis, lejos de la presencia de JehovĆ”. (JonĆ”s 1.3)
Desde la comodidad de nuestro sillón favorito resulta fĆ”cil leer la respuesta de JonĆ”s y ponerse en el papel de juez, condenando la falta de fe del profeta. Debemos, sin embargo, entender la naturaleza de la tarea a la cual habĆa sido llamado. Los asirios no eran vecinos pacĆficos de los israelitas. Era una nación ferozmente guerrera que habĆa conquistado a nación tras nación. Su extrema crueldad con los prisioneros era notoria en toda la región. De manera que cuando Dios le propone a JonĆ”s ir a proclamar juicio contra este pueblo no le pareció, al joven profeta, una asignatura atractiva en lo mĆ”s mĆnimo.
A pesar de esto, es inevitable sentir un poco de tristeza cuando vemos esa pequeƱa palabrita con la cual comienza el versĆculo de hoy: Ā«peroĀ». Nos choca, porque habla de un hombre que deliberadamente hizo lo opuesto de lo que se le habĆa mandado. Es una palabra que encierra una actitud de rebeldĆa; nos hace pensar en discusiones y argumentos. Nos duele porque hace eco con la multitud de Ā«perosĀ» que han sido parte de nuestro propio peregrinaje espiritual.
ĀæSe puso a meditar en las veces que aparece esa palabra en historias del pueblo de Dios? El SeƱor le habĆa mandado a SaĆŗl no perdonar a Agag, rey de los amalecitas. Ā«PERO, SaĆŗl y el pueblo perdonaron a Agag, y a lo mejor de las ovejasĀ» (1 S 15.9). Dios habĆa mandado a los israelitas a que no se unieran en matrimonio con mujeres de otras naciones. Ā«PERO el rey Salomón amó, ademĆ”s de la hija del faraón, a muchas mujeres extranjeras, de Moab, de Amón, de Edom, de Sidón, y heteasĀ» (1 Re 11.1). El SeƱor habĆa instruĆdo a Israel que no oprimiera a la viuda, al huĆ©rfano, al extranjero, ni al pobre. Ā«PERO no quisieron escuchar, sino que volvieron la espalda y se taparon los oĆdos para no oirĀ» (Zac 7.11). JesĆŗs mandó al leproso que no dijera nada a nadie. Ā«PERO, al salir, comenzó a publicar y a divulgar mucho el hechoĀ» (Mr 1.45). En cada uno de estos ejemplos, y muchos otros que podrĆamos mencionar, se hizo exactamente lo que Dios habĆa dicho que no se hiciera.
En el devocional de ayer hablaba de cómo la Palabra de Dios incomoda, porque siempre nos desafĆa a cosas que no son fĆ”ciles. Necesitamos saber que cada vez que el SeƱor nos encomienda algo va a incomodarnos. Esto es una constante, y es precisamente esta incomodidad la que moviliza en nosotros la tendencia a interponer nuestros Ā«perosĀ», esa multitud de razones por las cuales nos parece que esta palabra puntual que Dios trae a nuestras vidas no es para nosotros.
Oración:
ĀæSe anima a hacer esta oración? Ā«SeƱor, mis āperosā hablan de la semilla de rebeldĆa que hay en mi corazón. Es la manifestación de la carne, que se opone al espĆritu. Quiero comprometerme a sujetar todo razonamiento altivo y toda desobediencia al seƱorĆo de Cristo. Que mis āperosā sean transformados en āsĆ, SeƱor, asĆ lo harĆ©!ā AmĆ©nĀ».
Shaw, C. (2005) Alza tus ojos. San JosƩ, Costa Rica, CentroamƩrica: Desarrollo Cristiano Internacional.
Que mis āperoā¦ā sean transformados en āSĆ SeƱor , asĆ lo harĆ©ā AmĆ©n !