Quebrantamiento espiritual

EstĆ© ahora atento tu oĆ­do y abiertos tus ojos para oir la oración de tu siervo, que hago ahora delante de ti, dĆ­a y noche, por los hijos de Israel, tus siervos. Confieso los pecados que los hijos de Israel hemos cometido contra ti; sĆ­, yo y la casa de mi padre hemos pecado. En extremo nos hemos corrompido contra ti y no hemos guardado los mandamientos, estatutos y preceptos que diste a MoisĆ©s, tu siervo. (NehemĆ­as 1.6–7)

El clamor de Nehemías es uno de los mejores ejemplos que tenemos en las Escrituras de lo que es la oración. En ella encontramos expresados los grandes temas que son parte de una verdadera comprensión del mundo espiritual en la que nos movemos. Sirve como modelo para nuestras propias oraciones. No obstante, si bien podemos copiar e imitar diferentes aspectos de esta oración, la verdad es que vemos en ella el corazón de un hombre que había sido quebrantado por el Espíritu de Dios, y esto no puede ser copiado.

Quisiera concentrarme en un aspecto de este quebrantamiento espiritual; tiene que ver con la confesión de pecados que hace Nehemías. Es común entre nosotros escuchar fogosas denuncias de los pecados que han cometido otros, o de los pecados que son parte de la iglesia en general. Estas denuncias van acompañadas de cierto tono de superioridad, pues los que las realizan se sienten libres de estos mismos pecados.

Este tipo de denuncia no viene del Espíritu. Cuando una persona realmente ha sido quebrantada por Dios, no habla del pecado de «ellos», sino del pecado de «nosotros». Nehemías no había vivido durante la época de extrema dureza espiritual que eventualmente produjo la invasión de Israel y el exilio de sus habitantes. Sin embargo, Nehemías ora por el pecado que «yo y la casa de mi padre» hemos cometido contra ti. El copero del rey había reconocido que la misma semilla de rebeldía y dureza de corazón que había existido en la vida de sus antepasados también se encontraba en su propio corazón.

Esta percepción espiritual del pecado es tambiĆ©n la que tuvo IsaĆ­as cuando vio al SeƱor sentado en su santo templo. No exclamó: Ā«Ay de mĆ­, porque habito en medio de un pueblo inmundo!Ā» MĆ”s bien exclamó: «”Ay de mĆ­…! siendo hombre inmundo de labios y habitando en medio de un pueblo que tiene labios inmundosĀ» (Is 6.5). La magnĆ­fica revelación de la grandeza y santidad de Dios le permitió ver que el pecado habĆ­a contaminado por completo no solamente la vida de los demĆ”s, sino tambiĆ©n la suya.

Cómo líder usted debe saber que las airadas denuncias de pecado en los demÔs rara vez producen cambios. Al contrario, los que las escuchan se sienten agredidos y condenados. Cuando estas mismas personas ven, sin embargo, que usted estÔ quebrantado por el pecado en su propia vida primeramente, se sentirÔn también impulsados a buscar la purificación de parte de Dios. Y este tipo de quebranto es producto de estar en la presencia de Aquel que es luz y santidad.

Para pensar:

¿Cómo reacciona frente al pecado de los demÔs? ¿Qué revela esto acerca de la clase de persona que usted es? ¿CuÔnto tiempo le dedica a la confesión de sus propios pecados?

Shaw, C. (2005) Alza tus ojos. San JosƩ, Costa Rica, CentroamƩrica: Desarrollo Cristiano Internacional.

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