Un absurdo
Ā”Ay del que, no siendo mĆ”s que un tiesto como cualquier tiesto de la tierra, pleitea con su Hacedor! ĀæDirĆ” el barro al que lo modela: «¿QuĆ© haces?Ā», o: Ā«Tu obra, Āæno tiene manos?Ā» Ā”Ay del que dice al padre: «¿Por quĆ© engendraste?Ā», y a la mujer: «¿Por quĆ© diste a luz?Ā» (IsaĆas 45.9ā10)
Cuando uno de mis hijos era muy pequeƱo sugirió que comprĆ”ramos algo que valĆa mucho dinero. Ā«Hijo, no tenemos dinero para comprar esoĀ», le expliquĆ©. Mi hijo me miró, sorprendido de que yo no hubiera pensado en cuĆ”n fĆ”cil era la solución a dicho dilema. Ā«Papi -replicó-, Ā”entonces, vamos al banco y pidamos que ellos nos den el dinero que necesitamos!Ā» Su inocente propuesta me causó gracia. Ćl sabĆa que el banco tiene dinero, y mucho. Lo que no podĆa entender son los complejos mecanismos que hacen posible que una persona pueda o no acceder a un crĆ©dito. Tampoco tenĆa edad como para que yo le ofreciera una explicación al respecto.
La anĆ©cdota ilustra lo desacertados que pueden ser nuestros comentarios cuando pretendemos hablar de asuntos de los cuales no sabemos nada. QuizĆ”s usted se ha cruzado con personas que, sea cual sea el tema de conversación, siempre tienen algo que decir. Estos individuos, lejos de impresionar por lo muy informados que estĆ”n, son molestos porque resulta evidente que la mayorĆa del tiempo no tienen idea de lo que estĆ”n diciendo. No obstante, hacen alarde de su ignorancia a cada instante.
Este es el cuadro absurdo que nos presenta el profeta IsaĆas. ImagĆnese cualquiera de estas situaciones: un ladrillo discute con el constructor acerca del lugar que debe ocupar en una vivienda. Un clavo argumenta con el carpintero porque cree que deberĆa ser utilizado en un mueble diferente. La sal tiene un altercado con la cocinera porque opina que a esa comida no le hace falta su servicio. Ā”RidĆculo!, Āæverdad? Pensar en estos elementos entablando un diĆ”logo con quienes los usan nos parece descabellado. ĀæCómo puede el barro decirle al alfarero cuĆ”l es la mejor manera de ser utilizado? ĀæCómo puede un bebĆ©, en el instante mismo de nacer, ponerse a discutir con la madre porque cree que no es el momento indicado para venir al mundo?
Pero a pesar de que reconocemos lo absurdo de estas escenas, ni usted ni yo nos vemos impedidos a creer que podemos cuestionar la forma en que Dios actĆŗa. «”No entiendo cómo Ć©l ha permitido que esto ocurra!Ā» exclamamos, perplejos. Ā«Si Dios me ama -argumentamos-, Āæpor quĆ© no interviene?Ā» Aunque no expresemos tales preguntas, seguramente en mĆ”s de una ocasión hemos creĆdo que podemos explicar confiadamente la manera en que Dios actĆŗa. Como si fuĆ©ramos expertos en el asunto, nos explayamos con una ingenuidad que roza lo absurdo. La verdad es que la distancia que nos separa de Dios es la misma que separa al barro del alfarero. ĀæCuĆ”nto sabe o entiende el barro de lo que estĆ” haciendo el artesano? ĀæCuĆ”nto conocimiento tiene el bebĆ© del tiempo y el proceso necesario para un parto? Ā”Ninguno! AsĆ tambiĆ©n pasa con nosotros. Ā”Guardemos silencio delante de nuestro Creador!
Para pensar:
Ā«Algunos, desviĆ”ndose de esto, se perdieron en vana palabrerĆa. Pretenden ser doctores de la ley, cuando no entienden ni lo que hablan ni lo que afirmanĀ» (1 Ti 1.6ā7).
Tomado con licencia de:
Shaw, C. (2005) Alza tus ojos. San JosƩ, Costa Rica, CentroamƩrica: Desarrollo Cristiano Internacional.0000
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