¿ACONSEJAR O PREGUNTAR? Efectividad conversacional en los grupos pequeños
Sinceramente, pensé que el mejor título para este escrito sería: “El valioso pero difícil arte de saber cuándo no hablar, sino preguntar para dejar que el Espíritu Santo haga la obra en la vida de las personas de mi grupo pequeño”. Pero no sería muy conveniente. Siempre he creído que uno de los principales objetivos de los grupos pequeños es crear vínculos y un sentido de comunidad de apoyo para facilitar el aprendizaje bíblico y el desarrollo cristocéntrico de sus integrantes. Todo eso se construye a través de conversaciones, y las conversaciones se construyen desde ciertas capacidades que hay que aprender, tales como las de escuchar y preguntar efectivamente. El asunto es, ¿cuán bien equipados están los líderes de grupos pequeños para conversar con efectividad?
La importancia de las preguntas en el discipulado
Hace algunos años, se unió a mi grupo pequeño de discipulado un joven que siempre hacía muchas preguntas. Preguntas sobre el material que estábamos estudiando, sobre sus situaciones personales y sobre muchos otros temas. Nada parecía saciar sus ansias de indagar, comprobar y saber más. Al ver la particular curiosidad de este chico y que la reunión nunca parecía tener la cantidad de tiempo suficiente para “responderle” todas sus inquietudes, un día decidí cambiar la estrategia y empecé a “devolverle” algunas de sus propias preguntas. En vez de darle todas las respuestas, usé un poco de coaching (sin que él supiera), direccionándolo a buscar por sí mismo respuestas y aprovechar así el tiempo entre reuniones.
Cada semana llegaba muy motivado con sus hallazgos acerca de sus propias preguntas, y desde allí conversábamos. Su crecimiento espiritual fue mucho mayor que cuando yo simplemente le proporcionaba respuestas directas. Hoy en día, aquel chico es co-pastor en una congregación en Canadá.
Este caso confirma lo que vemos en la Escritura: las preguntas bien formuladas generan reflexión, conciencia y crecimiento. Proverbios 20:5 nos recuerda: “Como aguas profundas es el consejo en el corazón del hombre; mas el hombre entendido lo sacará”. Como líderes, nuestra labor no es solo proveer información, sino guiar a los demás a que descubran la verdad en la Palabra de Dios y en su relación con Él.

El equilibrio entre hablar y escuchar: 70/30
Proverbios 27:17 nos dice: “Hierro con hierro se aguza; y así el hombre aguza el rostro de su amigo”. El crecimiento se da en interacción, pero es importante calibrar dicha interacción para que sea efectiva.
¿Qué porcentaje de tus interacciones en los grupos pequeños son hablando o escuchando? ¿Aconsejando o preguntando? Muchos consideran valioso apuntarle a un balance 70/30: 70% del tiempo que hablen los discipulados y 30% que hablen los discipuladores. Sin embargo, más que una regla, este balance debe verse como una referencia dinámica.
Muchos líderes de grupos pequeños (sobre todo aquellos que saben mucho de la Biblia y tienen el don de enseñanza) batallan con el síndrome del “Maestro Inevitable”. Sencillamente, no pueden resistir la tentación de hablar siempre durante el tiempo que dura la reunión, para demostrar así todo lo que saben. Si bien es importante explicar, aclarar y contextualizar, aquellos que no permiten la participación de otros pueden estar limitando el crecimiento espiritual de los miembros del grupo.
Esto es contrario a lo que vemos en Hechos 17:11, donde los bereanos recibieron la Palabra con solicitud y la escudriñaron por iniciativa propia para comprobar su veracidad.
Enseñando a través de preguntas
Las preguntas pueden servir como potenciadores de perspectiva, mecanismos de sensibilización, abridores de alternativas e impulsoras de la determinación. El antiguo método socrático (basado en la “Mayéutica”) y las técnicas modernas de coaching abren oportunidades para potenciar el discipulado a través de plantear preguntas que ayuden a otros a desarrollar sus propias conclusiones.
Jesús mismo utilizó preguntas como una herramienta poderosa de enseñanza. En Lucas 2:46, lo encontramos a los doce años en el templo, “sentado en medio de los doctores de la ley, oyéndolos y preguntándoles”.
Tan solo en el Evangelio de Mateo, Jesús formuló al menos 82 preguntas. Un ejemplo clave se encuentra en Lucas 9:18-20, cuando primero pregunta: “¿Quién dice la gente que soy yo?” y luego dirige la pregunta a sus propios discípulos: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”. La primera pregunta invitaba a reflexionar sobre la percepción externa, mientras que la segunda buscaba una declaración de fe personal. Este tipo de preguntas fortalecía el compromiso y la comprensión de sus seguidores.

La Gran Comisión y la enseñanza efectiva
Jesús dejó claro en la Gran Comisión (Mateo 28:18-20) que nuestra misión es “hacer discípulos, enseñándoles que guarden todas las cosas” que él nos ha mandado. Esto no significa simplemente transmitir información, sino guiar a los demás en un proceso de aprendizaje continuo donde la Palabra de Dios se haga vida en ellos.
Enseñar a “guardar” implica un proceso de constante búsqueda y aplicación, en lugar de intentar transmitir todo el conocimiento de una sola vez. Para ello, se requiere sabiduría divina y sensibilidad al mover del Espíritu Santo.
Conclusión
La efectividad en el discipulado en grupos pequeños implica crear un espacio de aprendizaje relacionalmente sano y conversacionalmente competente. No se trata solo de impartir conocimiento, sino de fomentar la búsqueda personal de la verdad en la Palabra de Dios.
Saber cuándo hablar y cuándo callar es clave. A veces, la mejor enseñanza que podemos dar es hacer la pregunta correcta y dejar que el Espíritu Santo haga su obra. Como dice Proverbios 18:15: “El corazón del prudente adquiere conocimiento, y el oído de los sabios busca la ciencia”.
Que Dios nos dé sabiduría para ser guías que inspiran a otros a profundizar en su relación con Él, a través de preguntas que despierten fe, compromiso y amor por su Palabra.
Adaptado y tomado con licencia de la revista LÍDER 625, edición 05, Iglesias que crecen/envejecen. Pág. 30.
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