Acortar distancias

Antes bien, hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres, pues ensanchan sus filacterias, y extienden los flecos de sus mantos; aman los primeros asientos en las cenas, las primeras sillas en las sinagogas, las salutaciones en las plazas y que los hombres los llamen: Ā«RabĆ­, RabĆ­Ā». (Mateo 23.5–7)

Una serie televisiva para niños, muy conocida en toda América Latina, tenía un personaje que le decía a los demÔs: «”Dígame licenciado!» Cuando los otros le concedían el deseo, se mostraba sumamente gratificado. No era mÔs que una tontera. Y sin embargo reflejaba algo que en nuestra cultura latina nos gusta mucho: hacer alarde de nuestros títulos y logros.

Cristo, en este pasaje, señala comportamientos similares en los fariseos. Amaban todo aquello que remarcara la diferencia que los separaba del resto del pueblo. Lo demostraban usando flecos mÔs largos que el pueblo, ubicÔndose siempre en los primeros lugares en las reuniones, y procurando cruzarse con la gente para escuchar el agradable sonido de su título, «Rabí, Rabí». Con todo esto, dejaban en claro que ellos no pertenecían al pueblo, sino que estaban en otra dimensión espiritual de la vida. Su comportamiento, en lugar de acercarlos al pueblo, creaba la ilusión de que una gran distancia los separaba de la gente de la calle.

El líder sabio entiende que la distancia es enemiga del ministerio eficaz. Nadie transforma vidas desde un púlpito. El verdadero impacto de un líder se hace sentir cuando camina con su gente y quienes lo rodean tienen la oportunidad de examinar de cerca su andar. Cuando se mezcla con ellos y entiende las realidades con las cuales luchan, su ministerio cobra matices misericordiosos y prÔcticos, fundamentados en una perspectiva real de la vida.

Esto es tan importante, que el cĆ©lebre educador Howard Hendricks, en su libro Las siete leyes del maestro, lo enumera como uno de los principios fundamentales de la educación. Ā«La palabra comunicación -escribe Hendricks- viene del latĆ­n ā€œcomunisā€, que significa comĆŗn. Antes de que podamos comunicarnos debemos establecer lo que tenemos en comĆŗn, lo que es universal entre nosotros. Cuanto mĆ”s cosas tengamos en comĆŗn [con los que enseƱamos] mĆ”s grande serĆ” el potencial para la comunicaciónĀ».

Como líder, deseche todo lo que le pueda marcar como diferente a su gente. Rechace los títulos, los lugares de honor, la vestimenta distintiva y el trato preferencial que otros le quieren dar. Nuestro corazón rÔpidamente se acostumbra a estas cosas, pero rara vez contribuyen a que tengamos mayor autoridad con el pueblo. Procure identificar todo aquello que pueda servirle a usted para acortar las distancias entre su persona y la gente a quienes ministra. Esto le darÔ amplia entrada en sus vidas y le permitirÔ una inversión mucho mÔs eficaz.

Para pensar:

A veces nos escudamos con el argumento: «yo no quiero que me traten de esta manera, pero la gente insiste». Cristo no solamente dijo que no llamemos a otro «licenciado», sino también que no dejemos que otros nos llamen «licenciado». Es su responsabilidad educar a los demÔs en este tema. Usted no quiere que ellos piensen que usted es especial. Su tarea es mostrar que sólo Uno es especial, el que estÔ sentado sobre el trono y reina soberano.

Tomado con licencia de:

Shaw, C. (2005) Alza tus ojos. San JosƩ, Costa Rica, CentroamƩrica: Desarrollo Cristiano Internacional.

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