Celos que matan
Mientras danzaban, las mujeres cantaban diciendo: Ā«SaĆŗl hirió a sus miles, y David a sus diez milesĀ». SaĆŗl se enojó mucho y le desagradaron estas palabras, pues decĆa: Ā«A David le dan diez miles, y a mĆ miles; no le falta mĆ”s que el reinoĀ». Y desde aquel dĆa SaĆŗl no miró con buenos ojos a David. (1 Samuel 18.7ā9)
No hay en el pueblo de Dios figura mĆ”s triste que la de un lĆder que tiene celos de los logros de sus seguidores. Tal persona siempre va a estar dominado por las sospechas y el miedo, e inevitablemente su ministerio sufrirĆ” las consecuencias de estas actitudes.
La derrota de Goliat fue una gran victoria para los israelitas, y el cĆ”ntico de las mujeres no hacĆa mĆ”s que proclamar lo que era evidente a los ojos de todo el pueblo. Paralizado por la indecisión y el temor, el rey SaĆŗl no proveyó la dirección clara y decisiva que sus hombres necesitaban en ese momento. Fue el joven pastor de BelĆ©n que desplegó una actitud de coraje y valentĆa.
Note, sin embargo, que en ningĆŗn momento David hizo alardes de sus proezas; el pueblo proclamó su grandeza. AĆŗn mientras la gente festejaba, sin embargo, el corazón del rey se llenó de ira. El historiador de este momento nos hace partĆcipes de una decisión nacida de esta experiencia: Ā«desde aquel dĆa SaĆŗl no miró con buenos ojos a DavidĀ».
En esta frase estĆ” la clave del problema. Una vez que un lĆder ha permitido que los celos y la envidia se apoderen de su corazón, siempre verĆ” negativamente el trabajo de los que estĆ”n a su alrededor. Su juicio estarĆ” permanentemente opacado por la amargura de su propio corazón. En estas condiciones, gran parte de su tiempo estarĆ” enfocado en buscar la manera de descalificar la vida de los demĆ”s. VerĆ” toda acción de sus seguidores como una amenaza para su propia posición. De hecho, esto podrĆa ser el resumen del resto de la vida de SaĆŗl, quien se dedicó con fanatismo a intentar extinguir la vida de David.
Es en la reacción de un lĆder frente al Ć©xito de otros, que se ve su verdadera grandeza. Un lĆder maduro no tiene temor a ser Ā«tapadoĀ» por el ministerio de otro, sino que trabaja para que los demĆ”s avancen y alcancen su mĆ”ximo potencial en Cristo. Al igual que un padre con sus hijos, no tiene mayor alegrĆa que la de verles prosperar en todo lo que hacen. Con espĆritu de generosidad invierte en sus vidas, los anima, y hasta procura que ellos lo puedan superar, entendiendo que lo suyo no es la mĆ”xima expresión de grandeza posible.
Para pensar:
Note lo maravillosamente desinteresada que es la frase de Cristo a sus discĆpulos: Ā«De cierto, de cierto os digo: El que en mĆ cree, las obras que yo hago, Ć©l tambiĆ©n las harĆ”; y aun mayores harĆ”, porque yo voy al PadreĀ» (Jn 14.12). El MesĆas no definĆa Ā«grandezaĀ» por el tamaƱo de la obra, sino por la fidelidad de alguien en haber hecho lo que se le mandó hacer. En este sentido, el Ć©xito de sus discĆpulos fue el testimonio fiel de que su propia labor habĆa sido bien realizada.
Tomado con licencia de:
Shaw, C. (2005) Alza tus ojos. San JosƩ, Costa Rica, CentroamƩrica: Desarrollo Cristiano Internacional.
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