¿Cómo establecemos metas en familia?

Fijar metas en familia no es una práctica perfecta, pero sí profundamente significativa. Es una manera de marcar dirección, de pausar el ritmo del año para mirar con intención hacia el futuro, de crear unidad y también de modelar propósito delante de nuestros hijos. En casa lo vivimos así cada año, y aunque no somos expertos, sí hemos visto cómo este sencillo hábito nos acerca más a Dios… y entre nosotros.

Un hábito que se volvió tradición

Soy una amante empedernida de las metas. No porque logre todas, sino porque disfruto el proceso de escribirlas, soñar con ellas, compartirlas y aprender de lo que no salió como esperaba. Y aunque podría haber empezado sola, hace algunos años decidimos con Dave —mi esposo— incluir a nuestros hijos en esta práctica.

Cada 1 de enero nos reunimos como familia. No tiene que ser un evento solemne ni perfecto. A veces lo hacemos en casa, otras en una cafetería, como este año que nos sentamos en Starbucks con unos dulces como excusa para crear un ambiente más cálido y relajado. (Una pizca de azúcar ayuda a suavizar los ánimos, sobre todo con adolescentes).

Mientras disfrutamos algo rico, repasamos nuestras metas del año anterior. Algunas generan risas —como la vez que Jessica, en cuarto grado, decidió que su meta era “dejar de arrugar mis hojas en la escuela”— y otras nos hacen reflexionar. Ver el progreso, incluso en lo pequeño, motiva mucho más de lo que creemos.

El corazón detrás de las metas

Antes de escribir, oramos. Pedimos a Dios sabiduría, dirección y claridad. Porque no se trata solo de metas académicas o físicas, sino también espirituales, relacionales, emocionales. Queremos que nuestros hijos aprendan desde pequeños que Dios se interesa en cada aspecto de su vida y que planificar con Él es una forma de adoración.

El sabio Salomón lo expresó así:

“El corazón del hombre traza su rumbo, pero sus pasos los dirige el Señor.”
Proverbios 16:9

Por eso, después de orar, cada uno toma su hoja. Algunos dibujan, otros escriben. A veces usamos crayones o marcadores de colores para que cada quien pueda personalizar su hoja. Algunos necesitan más tiempo —sobre todo los más introvertidos— y eso está bien. Lo importante es el espacio de reflexión.

Luego compartimos. Nos contamos nuestras metas y explicamos el “por qué” detrás de cada una. Esta parte es clave. Porque cuando los hijos nos oyen hablar de nuestros deseos por pasar más tiempo en la Palabra, de gestionar mejor nuestro tiempo o de tener más paciencia, no solo aprenden lo que valoramos, sino que ven vulnerabilidad y verdad.

Un recordatorio constante

Después de cerrar con oración, hago copias de cada hoja. Una la guardo en mi diario de oración, y cada miembro recibe su propia copia (aunque no siempre terminan en lugares visibles… más de una vez han desaparecido).

Una de mis metas personales para este año es revisar juntos nuestras hojas cada cierto tiempo. Porque fijar metas no es lo mismo que mantenerlas vivas. Tal vez tres o cuatro veces al año podamos volver a sentarnos, revisar, ajustar y agradecer por lo alcanzado.

Como bien dice Eclesiastés:

“Mejor es el fin del asunto que su principio; mejor es el sufrido de espíritu que el altivo de espíritu.”
Eclesiastés 7:8

Las metas son una herramienta, no un fin en sí mismas. Y parte del crecimiento espiritual es aprender a perseverar con humildad, incluso si el camino no fue como lo esperábamos.

¿Y si no todo sale perfecto?

No siempre logramos lo que nos propusimos. A veces los objetivos quedan olvidados, otras veces el entusiasmo inicial se enfría. Pero aun eso tiene valor. Porque enseñar a nuestros hijos a volver a intentarlo, a ajustar, a depender de Dios en el proceso… eso también es discipulado.

Estamos considerando que en próximos años podamos hacer no solo metas individuales, sino también metas familiares: un proyecto solidario, una lectura bíblica en conjunto, más cenas sin pantallas, o salir a caminar y hablar de nuestras emociones. Cosas simples, pero significativas.

También descubrimos que un año entero puede ser demasiado para los más pequeños. Quizás podríamos probar con metas por trimestre. La clave está en adaptarse a la edad y madurez de cada miembro de la familia, y mantener siempre la motivación desde el amor y no desde la presión.

¿Por qué hacerlo?

Porque cuando una familia se toma tiempo para pensar, orar y planear, está construyendo un hogar con propósito. Está sembrando valores, fortaleciendo vínculos, modelando dependencia de Dios.

En Proverbios se nos recuerda:

“Los planes bien meditados dan buen resultado; los que se hacen a la ligera causan la ruina.”
Proverbios 21:5 (NTV)

Y Jesús mismo enseñó la importancia de calcular antes de construir (Lucas 14:28). Fijar metas es una forma de hacerlo: no solo soñamos, sino que preparamos el terreno, confiando en que el Señor hará crecer aquello que plantamos con fe.

Una invitación

Si nunca lo hiciste, animate a probar este hábito en tu familia. No necesita ser perfecto ni elaborado. Una hoja, una charla, una oración… y ya están empezando.

No se trata de éxito ni de rendimiento, sino de caminar en una misma dirección, recordando que lo más importante no es lo que logramos, sino con quién caminamos hacia allí. Y si Dios es parte de esa caminata, todo adquiere un nuevo sentido.

“Confía en el Señor de todo corazón, y no en tu propia inteligencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él allanará tus sendas.”
Proverbios 3:5–6

📖 Aplicación Bíblica:

Establecer metas en familia no es solo una práctica organizativa: es un ejercicio espiritual. Nos permite detenernos, reflexionar y reconocer que necesitamos de la guía del Señor para cada paso. La Biblia nos recuerda en Proverbios 16:3:
“Pon en manos del Señor todas tus obras, y tus proyectos se cumplirán.”
Cuando incluimos a Dios en nuestras decisiones, estamos enseñando a nuestros hijos a vivir con propósito y dependencia divina.

Este hábito también modela obediencia al principio de planificación sabia:
“Los planes bien pensados: ¡pura ganancia!” (Proverbios 21:5 NVI).
Más que alcanzar logros, fijar metas juntos nos permite crecer en unidad, evaluar nuestras prioridades y animarnos mutuamente a avanzar.

A través del diálogo, la oración y la escucha en familia, fortalecemos la fe, creamos un lenguaje espiritual compartido y formamos discípulos que aprenden a soñar con Dios. Porque como dice Eclesiastés 4:12:
“Cordón de tres dobleces no se rompe fácilmente.”

Caminar hacia metas con Dios y en familia nos convierte en hogares que reflejan el Reino. Que cada propósito nos acerque más a su voluntad y que nuestras metas siempre estén alineadas a su gloria.


Bibliografía

Adaptado y tomado con licencia de la revista LÍDER 625, edición 27, LA FAMILIA: Los líderes más importantes. Pág. 25.

Artículos Relacionados

Simplifica

Tenemos vidas complicadas. Cada vez es más desafiante acomodar nuestros tiempos en una agenda repleta de compromisos. Cada vez nos cuesta más cumplir con las responsabilidades, agradar a todos. Cada vez es más difícil llegar a horario y parecería que las horas pasan más rápido.

Lo que más me sorprende es que en medio de esta pandemia, parecería que estamos más ocupados que antes.

Comentarios