Cuando la fe se hereda en casa: el llamado al discipulado familiar
Años de pasión, pero con un olvido importante
Durante muchos aƱos servĆ con pasión en la pastoral de adolescentes y jóvenes. Era habitual recibir preguntas de padres preocupados: āĀæQuiĆ©n estĆ” discipulando a mi hijo?ā. TambiĆ©n me encontrĆ© con otros padres que, con tal de que sus hijos asistieran al grupo de jóvenes, se daban por satisfechos sin importar quiĆ©n les influenciaba.
A muchos ni siquiera lleguƩ a conocerlos.
DediquĆ© tiempo, esfuerzo, oración, y todo lo que estaba a mi alcance para cumplir con esa responsabilidad. EntrenĆ© lĆderes, planifiquĆ© actividades, abracĆ© adolescentes en crisis y les hablĆ© del Evangelio una y otra vez. HacĆamos discĆpulos. Ā”Era una tremenda tarea!
Pero en ese proceso, algo empezó a descuidarse⦠algo muy cerca de mĆ: mi casa.
La pregunta que me rompió el corazón
Mientras ministraba a decenas de jóvenes, vivĆ crisis importantes con mis propios hijos. Un dĆa, enfrentando una situación dolorosa, me hice una pregunta que me sacudió profundamente:
āSi yo estoy discipulando a tantos adolescentes⦠¿quiĆ©n estĆ” discipulando a mis hijos?ā
Fue un momento de confrontación. EmpecĆ© a darme cuenta de que habĆa abrazado ideas equivocadas, heredadas por una cultura que ha delegado la formación espiritual a instituciones externas.

Paradigmas que debemos romper
Escucha estas frases que muchos padres hemos repetido, aunque suenen absurdas al analizarlas:
- āLa escuela debe enseƱar todo, incluso valores.ā
- āLa iglesia debe encargarse de discipular a mis hijos.ā
- āDebo buscar buenos lĆderes para que acerquen a mis hijos a JesĆŗs.ā
- āSi mis hijos se alejan, la culpa es del colegio o de la iglesia.ā
ĀæTe parecen razonables? A mĆ tambiĆ©n me lo parecĆan⦠hasta que entendĆ la verdad bĆblica.
La responsabilidad irrenunciable de los padres
La Biblia es clara desde el principio:
āY estas palabras que yo te mando hoy estarĆ”n sobre tu corazón; y las repetirĆ”s a tus hijos, y hablarĆ”s de ellas estando en tu casaā¦ā (Deuteronomio 6:6-7)
Es decir, los padres somos los responsables primarios del discipulado de nuestros hijos. No es un rol delegado, es un llamado sagrado.
Algunas verdades que transformaron mi visión:
- Los padres somos responsables de enseƱar a nuestros hijos a pensar, a discernir, a tener criterio.
- Somos responsables de formar en ellos el carƔcter de Cristo.
- Somos responsables de hablarles sobre la fe, de responder preguntas difĆciles y modelar una vida rendida a Dios.
La iglesia es un apoyo, pero no puede reemplazarnos.
La dura realidad de la pƩrdida generacional
En mi estudio sobre la deserción de la fe entre adolescentes, encontrĆ© una verdad dolorosa: muchos niƱos criados en la iglesia se alejan al llegar a la adolescencia, y aĆŗn mĆ”s al ingresar a la universidad. Nunca imaginĆ© que me sucederĆa a mĆ.
Mi hijo menor, al cumplir 15 años, decidió abandonar la fe. No me lo dijo directamente. Aprendió a mantener una fachada ante nosotros, sus padres y pastores. Pero en su interior, se gestaban dudas profundas, preguntas sin respuesta, y dolor sin espacio para ser procesado. Me di cuenta demasiado tarde.
De pastor a padre que aprende
ConfiĆ© en que Dios harĆa Su parte, pero olvidĆ© que yo debĆa hacer la mĆa. No cumplĆ con mi responsabilidad de ser el primer discipulador de mis hijos. Fue doloroso admitirlo. Pero en vez de quedarme en la culpa, decidĆ recuperar el terreno perdido.
IniciĆ© un proceso profundo con mi hijo: me propuse reconectar con su corazón, ganar el derecho a ser escuchado, y acompaƱarlo en sus preguntas, sin miedo. Hablamos de Biblia y filosofĆa, de los errores de la iglesia, de las contradicciones del mundo. ReĆmos, lloramos, discutimos⦠y escribimos. SĆ, escribimos. De nuestras conversaciones nació una propuesta de libro que hoy es una realidad: āUna fe que piensaā, coescrito con el gran Alex Sampedro. Es un compendio de nuestras discusiones: respuestas espirituales a dilemas filosóficos.
Pero mƔs allƔ del libro, ganƩ algo mucho mƔs valioso: volvimos a ser familia.

No lo perdĆ, lo recuperĆ©
Si te preguntas si perdĆ a mi hijo en medio de tantas dudas, la respuesta es no. AĆŗn discutimos sobre temas difĆciles. Pero me he ganado el derecho a ser parte de sus procesos. Ahora, soy un padre que camina con Ć©l, que ora con Ć©l, que piensa con Ć©l.
Y eso, querido lector, es discipular.
āHijitos mĆos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotrosā¦ā (GĆ”latas 4:19)
Discipular a nuestros hijos es eso: sufrir los dolores de parto espirituales, hasta que Cristo sea formado en ellos.
Volver al diseƱo bĆblico
A todos los padres que estĆ”n leyendo esto: aĆŗn estĆ”n a tiempo. Vuelvan al diseƱo original de Dios. Ćl no le entregó a MoisĆ©s un manual para maestros ni una estrategia de iglesia infantil. Le dio una instrucción a las familias: hablar de la Palabra en casa, al acostarse, al levantarse, al caminar (Deut. 6:6-9).
Dios no busca solo individuos, busca generaciones.
āPero la misericordia del SeƱor es desde la eternidad y hasta la eternidad sobre los que le temen, y su justicia sobre los hijos de los hijos.ā (Salmo 103:17)
¿Quién va a discipular a tus hijos?
DespuĆ©s de leer todo esto, ĀætodavĆa te preguntas quiĆ©n va a discipular a tus hijos? La respuesta es clara. Dios te eligió a ti. Y no estĆ”s solo: la gracia de Cristo, la sabidurĆa del EspĆritu Santo y la compaƱĆa de la iglesia te sostendrĆ”n en este llamado. Es tiempo de volver a casa. Volver al corazón de tus hijos. Volver al diseƱo eterno.
š Aplicación BĆblica:
La Palabra de Dios es clara: āY estas palabras que yo te mando hoy estarĆ”n sobre tu corazón; y las repetirĆ”s a tus hijosā¦ā (Deuteronomio 6:6-7). Dios nunca delegó en la iglesia o en las escuelas la responsabilidad principal del discipulado de los hijos. El modelo bĆblico siempre ha sido familiar: padres que instruyen, aman, corrigen y forman a sus hijos en el temor del SeƱor.
Efesios 6:4 nos recuerda: āY vosotros, padres, no provoquĆ©is a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del SeƱor.ā No se trata solo de asistir a la iglesia o de contar con buenos lĆderes juveniles, sino de asumir la responsabilidad de formar el corazón de nuestros hijos para Cristo.
El llamado es urgente: Ā”vuelve tu corazón a casa! Comienza orando por tus hijos, hablando con ellos, escuchĆ”ndolos, compartiendo las Escrituras en la vida cotidiana. No esperes a que sea tarde. AĆŗn hay tiempo para sembrar fe, valores y carĆ”cter. El discipulado familiar no es una tarea fĆ”cil, pero es una inversión eterna. Como JosuĆ© declaró: āYo y mi casa serviremos al SeƱorā (JosuĆ© 24:15). Que esa tambiĆ©n sea nuestra decisión hoy.
BibliografĆa
Adaptado y tomado con licencia de la revistaĀ LĆDER 625, edición 27, LA FAMILIA: Los lĆderes mĆ”s importantes PĆ”g.Ā 16-17.
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