El rostro brillante
DespuĆ©s descendió MoisĆ©s del monte SinaĆ con las dos tablas del Testimonio en sus manos. Al descender del monte, la piel de su rostro resplandecĆa por haber estado hablando con Dios, pero MoisĆ©s no lo sabĆa. (Ćxodo 34.29)
Ā”La persona que pasa tiempo con Dios no puede evitar ser transformado! ĀæAcaso algĆŗn otro pasaje ilustra mejor esta verdad? La intensidad del encuentro entre el profeta y JehovĆ” habĆa sido tal que hasta la piel del rostro le brillaba. Nos recuerda inmediatamente a la transfiguración de Cristo, donde los discĆpulos vieron que Ā«Sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, como la nieve, tanto que ningĆŗn lavador en la tierra los puede dejar tan blancosĀ» (Mr 9.3). Y este brillo no era meramente el resplandor de la tela de sus vestimentas, sino el brillo producido por la presencia de algo espiritual.
Cuando leo este pasaje, pienso: Ā”A cuĆ”ntos nos gustarĆa experimentar algo similar a esto! Los que andamos en Cristo anhelamos tanto esa experiencia de cercanĆa al SeƱor, aunque sea que nos fuera concedido siquiera tocar el borde de su manto. ĀæQuĆ© se sentirĆ” al vivir una experiencia como esta? ĀæPodremos mantenernos en pie frente a semejante visitación de Dios?
Nuestra Ā«envidia santaĀ» de la experiencia que le fue concedida a MoisĆ©s, sin embargo, no repara en un pequeƱo detalle en el versĆculo que hoy compartimos. Es que el profeta no sabĆa que le brillaba el rostro. Cosa insignificante, Āæverdad? En este detalle, sin embargo, encontramos parte del misterio de la transformación que obra en nosotros. Esa transformación, juntamente con las experiencias espirituales que la acompaƱan, no son primordialmente para nuestro deleite. Muchas veces ni siquiera sabemos que Ć©l estĆ” obrando en nuestras vidas. El objetivo de su obra es que los demĆ”s vean la gloria de Dios reflejada en nuestras vidas, no para que nosotros mostremos con orgullo nuestra madurez espiritual.
Por esta razón conviene que examinemos con cuidado las motivaciones escondidas de nuestros corazones. Muchas veces veo entre pastores un forcejeo sutil para ver quiĆ©n recibe mayor honra en las reuniones y encuentros con otros lĆderes. El apóstol Pablo anima a la iglesia de Filipo: Ā«nada hagĆ”is por rivalidad o por vanidadĀ» (Flp 2.3). La Ā«vanagloriaĀ» es aquella que parece ser genuina, pero que en realidad no tienen valor alguno. Es el reconocimiento y los aplausos que vienen de los hombres, y no la palabra de aprobación que viene de nuestro Padre celestial. Como tal, estĆ” destinada al olvido.
Como lĆderes debemos procurar una vida de santidad e intimidad tal, que nuestra vida brille con gloria de lo alto. Nuestra sola presencia testificarĆ” de la magnificencia del Dios que servimos. Pero sepa usted que ni bien tome conciencia de ese resplandor se desvanecerĆ”. Nuestro buen Padre sabe cuĆ”n rĆ”pido nos enorgullecemos de lo que, en realidad, no es nuestro. Por eso le fue dada a Pablo una espina en la carne. Para que la extraordinaria grandeza fuera de Dios, y no del apóstol.
Para pensar:
Considere el siguiente consejo de uno de los grandes santos del siglo XIX: «Piense lo menos posible en usted. Aparte con firmeza todo pensamiento que le lleve a meditar en su influencia, sus muchos logros o el número de sus seguidores. Pero sobre todas las cosas, hable lo menos posible de usted».
Tomado con licencia de:
Shaw, C. (2005) Alza tus ojos. San JosƩ, Costa Rica, CentroamƩrica: Desarrollo Cristiano Internacional.
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