Fiesta en el cielo
Os digo que asà habrÔ mÔs gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento. (Lucas 15.7)
El otro dĆa hablaba con un pastor que acababa de terminar una campaƱa evangelĆstica. La actividad se habĆa realizado a lo largo de dos arduas semanas de reuniones, en las cuales la carga de predicar la Palabra habĆa caĆdo principalmente sobre sus hombros. Su rostro mostraba el cansancio y la fatiga de quien ha estado ocupado en los muchos detalles que son parte de este tipo de eventos. Le preguntĆ© cómo habĆan salido las cosas. Me contó, con tono de desilusión, que solamente se habĆan convertido unas 15 personas. Claro, tantas horas de oración, tanto esfuerzo invertido, tantas invitaciones repartidas, tantos hermanos movilizados, tantas reuniones realizadas… Los resultados no parecĆan corresponder al enorme esfuerzo invertido.
Como pastores vivimos con una constante presión de medir nuestro Ć©xito en tĆ©rminos de nĆŗmeros. Todo un movimiento dentro de la iglesia se dedica a promover en seminarios, conferencias, artĆculos y libros, el testimonio de los Ā«superpastoresĀ» que supervisan congregaciones de miles de creyentes fervorosos y comprometidos con el evangelio. Son nuestros modelos. Abundan las reuniones y los encuentros donde podemos escuchar los Ā«secretos del Ć©xitoĀ» que han producido en ellos Ā”tan fenomenal crecimiento!
Lo que no nos damos cuenta es que estas congregaciones no son normales. Un reconocido investigador afirma que el 98% de las congregaciones alrededor del mundo reĆŗnen entre 80 y 150 personas, es decir congregaciones como la suya, como la mĆa. En ellas el crecimiento es fruto del esfuerzo y el trabajo. Va acompaƱado siempre de lĆ”grimas y contratiempos. A veces hacemos todo lo que sabemos hacer y lo Ćŗnico que cosechamos es un crecimiento lento y trabajoso.
”Qué bueno recordar la parÔbola que contó Jesucristo! El pastor dejó las 99 ovejas para salir a buscar solamente una oveja que estaba perdida. Cuando la encontró, hizo una gran fiesta e invitó a sus vecinos a celebrar con él. De la misma manera, señaló, la conversión de una sola persona es motivo de gran celebración en el cielo.
ĀæQuĆ© nos ha pasado que solamente nos impresionan las campaƱas donde 45.000 se Ā«conviertenĀ»? ĀæSerĆ” que necesitamos volver a recuperar una perspectiva mĆ”s celestial del tema? ĀæCómo es eso de que Ā«solamente se convirtieron quinceĀ»? Por esos quince se hicieron quince fiestas en el cielo. Cada individuo, cada ser humano, tiene un valor inestimable para nuestro buen Padre celestial. Si solamente se hubiera convertido uno, Ć©l dirĆa que Ā”valió la pena!
RegocĆjese, pastor. A usted se la ha concedido ser partĆcipe de esa gran fiesta que se hace en los cielos. Cada uno de los que se convierten son un tesoro sin igual para el SeƱor. AtribĆŗyale a esas personas el mismo valor que Ć©l les da. No se prive de participar de la fiesta, simplemente porque los nĆŗmeros no coinciden con las cifras que se consideran seƱales del Ć©xito. Ćxito, en tĆ©rminos celestiales, es una oveja recuperada.
Para pensar:
Desde nuestra óptica Juan el Bautista no fue muy exitoso. Terminó el ministerio prÔcticamente solo. El Hijo de Dios no dudó, sin embargo, de llamarlo el mÔs grande profeta de todos los tiempos. ”No hay duda que lo miraba con otros ojos!
Tomado con licencia de:
Shaw, C. (2005) Alza tus ojos. San JosƩ, Costa Rica, CentroamƩrica: Desarrollo Cristiano Internacional.
Definitivamente Dios mide el āĆ©xitoā de manera diferente a nosotros. Para Dios el Ć©xito no son nĆŗmeros, resultados, cantidades, seguidores, likes, etc. sino CUMPLIR EL PROPĆSITO.
Ese es el verdadero éxito según Dios: descubrir para qué fuimos creados, desarrollar al maximo las capacidades y recursos que nos fueron dados para cumplir ese propósito divino, y ayudar a otros a hacer lo mismo.
Si logramos hacer esto, por la gracia del SeƱor, seremos hombres y mujeres exitosos en Dios. AmƩn!