LIDERAZGO: ¿Estás Tomando el Micrófono o la Toalla?
El capítulo 13 del evangelio de Juan nos relata una de las enseñanzas más categóricas que Jesús nos dejó acerca del liderazgo. En la última noche del Mesías en la tierra, sus discípulos no terminaban de entender lo que estaba por suceder y estaban expectantes esperando escuchar alguna explicación al respecto. Pero de repente, en lugar de palabras hubo acción y lo menos pensado sucedió: la Biblia nos cuenta que el dueño de todo lo que existe se sacó el manto, agarró una toalla y empezó a lavar de a uno los pies sucios de sus más íntimos seguidores.
El liderazgo cristiano no se trata de una posición para recibir honra, pleitesía o privilegios; es más bien una hermosa oportunidad para servir. Como iglesia debiera preocuparnos el hecho de que hoy muchos jóvenes aspiren a ser líderes porque relacionan ese rol con notoriedad, admiración o popularidad. Algo habremos hecho mal y en algunos casos concretamente no habremos ofrecido el mejor ejemplo, pero me alegra ver que, gracias a Dios, cada vez son más los que comprenden que liderar tiene que ver con dejar nuestro lugar e inclinarnos para involucrarnos con la suciedad de aquellos a quienes servimos, tal como lo hizo nuestro Maestro.
Un liderazgo basado en el servicio
Cuando nuestra concepción de liderazgo está más centrada en la idea de recibir que en la de dar, estamos en serios problemas y quizás deberíamos considerar el dedicar nuestro tiempo a otra cosa. No está mal que en el camino de nuestro servicio cosechemos algún que otro elogio, aplauso o reconocimiento, pero ese nunca puede ser el objetivo que persigamos o la motivación que nos impulse. Jesús dejó claro este principio cuando dijo: “El que quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos” (Marcos 9:35).
La iglesia necesita líderes que no solo intenten influenciar desde arriba de un escenario con un micrófono en la mano, sino que descubran que el verdadero pastoreo se hace desde el llano, compartiendo juntos a una misma altura otro tipo de actividades como una charla o una comida. Jesús mismo modeló este estilo de liderazgo cuando, en varias ocasiones, se sentó a la mesa con pecadores y publicanos (Mateo 9:10-13). Lo que se hace desde el frente en un evento o en un culto donde hay mucha gente reunida puede ser muy inspirador, edificante y sanador, pero hay cosas que solo pueden experimentarse a una distancia de centímetros, cuando el cara a cara cobra un valor insospechado.

El ejemplo de Jesús: más que palabras, acciones
Hay lecciones que los discípulos nunca hubieran tenido forma de aprender si Jesús se las hubiese transmitido en forma de sermones, pero ellos tuvieron la inigualable posibilidad de caminar kilómetros y kilómetros con Él. De hecho, cuando Pedro se resistió a que Jesús le lavara los pies, el Maestro le respondió: “Si no te lavo, no tienes parte conmigo” (Juan 13:8). Esto demuestra que el servicio no es opcional en el liderazgo cristiano; es la esencia misma de nuestra vocación.
El liderazgo servicial de Jesús se vio reflejado también en otras situaciones: cuando sanó a los enfermos sin esperar nada a cambio (Lucas 17:11-19), cuando alimentó a miles de personas movido por la compasión (Mateo 14:13-21) y cuando, en la cruz, pidió perdón por aquellos que lo crucificaban (Lucas 23:34). Cada una de estas acciones nos recuerda que el verdadero liderazgo se mide por cuánto estamos dispuestos a dar por los demás, incluso cuando no recibimos gratitud o reconocimiento inmediato.
La cercanía como herramienta ministerial
Quizás Dios te inspire y te permita entregar mensajes brillantes desde el púlpito, pero recuerda que hay efectos y resultados que solo podrás obtener a una distancia en la cual puede notarse el brillo de los ojos y puede generarse un vínculo tal que abra el terreno a un nivel más profundo de ministerio. Es muy difícil ayudar verdaderamente a alguien si no sabemos con certeza cuáles son sus luchas, y ese panorama surge con claridad en la cercanía donde el monólogo desaparece para dar espacio a diálogos preciosos que hacen aflorar la espiritualidad de maneras sorprendentes.

El apóstol Pablo entendió esto cuando escribió a los tesalonicenses: “Tan grande es nuestro afecto por ustedes, que hubiéramos querido entregarles no solo el evangelio de Dios, sino también nuestras propias vidas, porque han llegado a sernos muy queridos” (1 Tesalonicenses 2:8). Un líder que se acerca a su gente no solo transmite enseñanzas, sino que comparte su vida, sus luchas y su caminar con Cristo.
Un llamado a despojarnos del manto
Te invito a sacarte el manto pero no para ponerte otro de más prestigio, sino para darle lugar a la toalla. En un mundo donde muchos buscan ascender en posiciones de liderazgo, Jesús nos invita a descender. En un mundo donde se valora la influencia, Él nos llama a valorar la humildad.
Quizás con una taza de café en tu mano en lugar de un micrófono, tengas la gloriosa oportunidad de imitar a Jesús, humillándote y descendiendo lo que sea necesario para poder tratar con la suciedad oculta de quien Dios pone frente a ti para que lo sirvas con amor y sin esperar nada a cambio.
Hoy más que nunca, la iglesia necesita líderes que comprendan que el liderazgo no se trata de dominar, sino de servir; no de figurar, sino de sacrificarse; no de exigir, sino de dar. Sigamos el ejemplo de nuestro Maestro, quien, teniendo todo el poder del universo, eligió arrodillarse, tomar una toalla y lavar los pies de sus discípulos.
Ese es el liderazgo que transforma, el que impacta, el que deja huella eterna en los corazones.
Adaptado y tomado con licencia de la revista LÍDER 625, edición 05, Iglesias que crecen/envejecen. Pág. 30.
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