El cristianismo en la Península Ibérica
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Una vieja tradición
La tradición señala que el apóstol Pablo logró cumplir con su propósito de visitar España y plantar allí el movimiento cristiano (Ro. 15:24, 28). No obstante, no tenemos prácticamente información alguna en cuanto al desarrollo inicial del cristianismo en esa parte del mundo. Una tradición muy antigua señala también que el apóstol Santiago (Jacobo) predicó en España y que el apóstol Pedro envió a siete obispos a esta región. Es probable que, como ocurrió en otras partes del mundo romano, el cristianismo haya entrado a la Península a través de comunidades judías en las ciudades costeras, especialmente en el sureste, donde parece haber estado expandiéndose desde comienzos del siglo tercero.
Justo L. González: “Según la tradición Santiago estuvo predicando en la región de Galicia y en Zaragoza. Su éxito no fue notable, pues los naturales de esos lugares se negaron a aceptar el evangelio. Cuando Santiago iba de regreso a Jerusalén, desanimado por lo que parecía ser su fracaso, se le apareció sobre un pilar la Virgen—que todavía vivía—y le dio ánimo. Éste es el origen de la ‘Virgen del Pilar’, venerada en España y en varias de sus antiguas colonias. Tras su regreso a Jerusalén—continúa diciéndonos la tradición—Santiago fue decapitado, y entonces algunos de sus discípulos españoles llevaron sus restos de regreso a España, donde supuestamente reposan hasta el día de hoy en la basílica de Santiago de Compostela. La tradición referente a Santiago en España ha tenido gran importancia para los españoles a través de su historia, pues Santiago es el patrón del país, y ‘¡Santiago y cierra España!’ fue el grito de guerra de la Reconquista contra los moros.”
Algunos registros del siglo III en cuanto al movimiento cristiano en España presentan un cristianismo poco ortodoxo y maduro. Se menciona a un obispo que apostató de la fe durante la persecución de Decio (250), pero que luego de pasar el peligro retornó a su oficio. Otros obispos dejaron sus responsabilidades para involucrarse en el comercio. Algunas cartas de Cipriano de Cartago (195–258) expresan que en España hubo una suerte de apostasía masiva, encabezada por los obispos. Muchos cristianos acudían a los magistrados romanos para retractarse de su fe. Hubo un derrumbe general de la moral, y no fueron pocos los creyentes que se sometieron a los sacrificios oficiales, mientras continuaban profesando su fe cristiana. Incluso hubo quienes se desempeñaron como sacerdotes cívicos. Los registros del concilio de Elvira, llevado a cabo alrededor del 309 revelan que la Iglesia tuvo problemas con la idolatría, el homicidio y el adulterio e intentó corregir estos errores. Este mismo concilio muestra que el movimiento cristiano se había extendido tan al norte como Asturias y tan al este como Zaragoza, aunque su fuerza mayor parece haber estado en lo que hoy es Andalucía.
En su Vida de Constantino, Eusebio de Cesarea menciona las diferentes regiones representadas en el primer concilio ecuménico (Nicea, 325) convocado por el emperador Constantino. Con énfasis, dice: “Hasta de la misma España, uno de gran fama se sentó como miembro de la gran asamblea.” Este obispo famoso no era otro que Osio de Córdoba, consejero del emperador en materia eclesiástica, y su enviado para tratar de reconciliar a las partes en conflicto en la controversia arriana. Fue precisamente cuando Osio le informó a Constantino que las raíces del conflicto eran muy profundas y que la disputa podía afectar la unidad del Imperio, que el monarca se decidió a dar el paso que había considerado durante algún tiempo: convocar a todos los obispos cristianos del mundo conocido para poner en orden la vida de la Iglesia y para resolver la controversia arriana.
Debe tenerse presente que, más tarde (379), el emperador Teodosio, que declaró al cristianismo religión oficial del Imperio Romano, era natural de España, donde probablemente acogió su fe cristiana. Teodosio fue el primer emperador romano de una fe cristiana ortodoxa. De todos modos, el paganismo no desapareció rápidamente de España. En la última década del siglo IV los ritos paganos todavía resultaban atractivos para muchos cristianos que habían renunciado a ellos. Incluso un siglo más tarde, según las actas del concilio de Toledo, la idolatría seguía consiguiendo adeptos. Si bien muchas de estas prácticas paganas pueden haber sido importadas por las tribus germanas que invadieron la Península en el siglo V (vándalos, visigodos, suevos), es probable que hayan sido supervivencias de tiempos anteriores a la llegada de los romanos o de los días del Imperio. No obstante, con los visigodos, muchos de los cuales sostenían una fe arriana, el cristianismo logró un establecimiento definitivo en la Península Ibérica con posterioridad al siglo V.
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Una encarnizada herejía
Fue en España donde también surgió una “herejía,” que por algún tiempo mantuvo ocupados a los sectores “ortodoxos” de la Iglesia. Lo ocurrido ilustra una constante del cristianismo español: su rigorismo ético y su violencia ortodoxa. En este caso, el acusado fue Prisciliano (340–387), notable asceta y predicador. Ya en el Concilio de Zaragoza (380), había sido condenado por leer libros apócrifos y seguir prácticas ascéticas. Varios obispos seguidores suyos lo ordenaron como obispo de Ávila. Muy pronto, sus oponentes consiguieron una orden imperial prohibiéndole asumir su oficio. Prisciliano viajó a Milán y Roma para defender su caso ante el emperador y el obispo de Roma. El segundo no lo recibió, pero el primero lo restituyó en su puesto en España. Pocos meses después, un nuevo emperador lo sometió a un tribunal eclesiástico (385), bajo la acusación de gnosticismo, ideas maniqueístas y depravación moral (Prisciliano consideraba que hombres y mujeres eran iguales delante de Dios).
Prisciliano fue juzgado en Burdeos de acuerdo con la ley imperial que se aplicaba a la brujería, y se lo obligó a comparecer ante el tribunal imperial de Tréveris. Sometidos a tortura, él y sus compañeros (algunos de ellos eran obispos, como Instancio), confesaron las acusaciones que se les hacían, especialmente de inmoralidad sexual. Pese a las protestas de Martín de Tours (m. 397), un importante obispo galo, y de Ambrosio de Milán (340–397), los condenados fueron ejecutados por decapitación, “convirtiéndose en el primer caso que conocemos de la masacre de ‘herejes’ y de la caza de brujas bajo los auspicios cristianos.”38 El cuerpo de Prisciliano y de los otros seis ejecutados fue trasladado a España, y se les dio sepultura como si fuesen mártires. El priscilianismo fue condenado por el Concilio de Toledo (400).
Irvin y Sunquist: “El caso de Prisciliano refleja algunas de las ansiedades de su época, incluso las cuestiones concernientes a nuevo papel público de la Iglesia y sus obispos, el ejercicio del poder en el Imperio Romano, y las relaciones entre mujeres y hombres en la Iglesia. Prisciliano se rehusó a reconocer tales distinciones agudamente definidas entre los géneros, al menos entre aquellos que se habían comprometido con una vida ascética en Cristo. El uso de la pena capital para controlar la enseñanza de la Iglesia fue también un paso mayor hacia abajo en el largo camino de los juicios por herejía y el uso de la violencia en el nombre de la fe cristiana ortodoxa. Sin embargo, no todos estaban de acuerdo con esta dirección. Martín de Tours, por su lado, vio las ejecuciones como una profunda distorsión de la fe cristiana.”
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Un fanatismo riguroso
Hubo otras reacciones de indignación contra estos abusos, pero la persecución religiosa en España continuó. Pablo Orosio (385–450), historiador y presbítero, llegó a destacarse como un cazador español de herejes. En 414, en razón de la invasión de la Península por los vándalos, se trasladó al norte de África, donde se colocó bajo la supervisión de Agustín de Hipona, quien le pidió escribir una historia del mundo destinada a mostrar que la historia pre-cristiana fue peor que los sufrimientos ocurridos en el Imperio bajo gobernadores cristianos. Los ataques bárbaros, según él, eran expresión del justo juicio de Dios sobre los paganos que todavía no se habían convertido a la fe cristiana.
Otro obispo español de renombre fue Dámaso (304–384), quien llegó a ser obispo de Roma desde 366, después de haber derrotado con violencia a su oponente Ursino. De él, comenta Johnson:
Paul Johnson: “Su meta parece haber sido bastante clara: presentar al cristianismo como la verdadera y antigua religión del Imperio y a Roma como su ciudadela. Dámaso instituyó una gran ceremonia anual en honor a Pedro y Pablo para destacar la idea de que el cristianismo ya era muy antiguo y había mantenido su asociación con Roma y los triunfos del Imperio durante más de tres siglos. Según lo que él alegaba, los dos santos no sólo habían asegurado la primacía de Roma sobre Oriente, porque ella era su ciudad adoptiva, sino que también habían demostrado que eran protectores de la ciudad más poderosos que los antiguos dioses. El cristianismo era ahora una religión que tenía un pasado glorioso y un futuro ilimitado. Dámaso vivía bien y agasajaba suntuosamente a sus visitantes. En 378 celebró un sínodo ‘en la sublime y sagrada Sede Apostólica’—fue la primera vez que se usó la frase—que exigió la intervención oficial para asegurar que los obispos occidentales se sometieran a Roma. El Estado también dictaminó que el obispo de Roma no estaría obligado a comparecer ante el tribunal: ‘Nuestro hermano Dámaso no debe ser puesto en una posición inferior a la de aquellos con quienes tiene oficialmente una situación de igualdad, pero a quienes supera por la prerrogativa de la Sede Apostólica.’ Según parece, Dámaso fue un hombre desprovisto por completo de espiritualidad.”
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Un extenso peregrinaje
Afortunadamente, no todos los testigos españoles fueron de un carácter cristiano tan dudoso como el de Dámaso. Hacia fines del siglo IV (384), una mujer aristocrática de nombre Egeria, probablemente una monja del noroeste de España, salió en peregrinaje hacia el Sinaí, Egipto, Palestina y Mesopotamia. Es interesante que, en un tiempo en que casi no había mapas, ella utilizó la Biblia para su orientación y la ayuda de ascetas locales que fue encontrando a lo largo del camino. Su diario de viaje, escrito en un latín coloquial exquisito, es no sólo un testimonio extraordinario de un periplo lleno de aventuras por parte de una mujer, sino una fuente de información extraordinaria en cuanto a la liturgia, la arquitectura y la vida monástica de casi todo el mundo cristiano. El relato testifica también de la noción, ya establecida para aquel tiempo, de una Tierra Santa cristiana y de la importancia que la peregrinación a los sitios sagrados comenzó a tener. Además, Egeria, con el relato de su viaje piadoso, ofrece una síntesis notable de la mayor parte de los lugares que hemos mencionado en esta unidad, desde España hasta Mesopotamia.
En esta unidad hemos realizado un extenso viaje misionero. Comenzamos con los primeros territorios visitados por el movimiento cristiano palestino, iniciando nuestro viaje en Antioquía de Siria, para movernos a la primera ciudad-estado en convertirse al cristianismo, Edesa. De allí nos movimos a la primera nación cristiana, Armenia. Pasamos por Partia, Persia, Etiopía, Arabia e India. Desde el punto más extremo de la expansión oriental del testimonio cristiano, nos movimos al punto más extremo de la expansión occidental, y así, pasando por el norte de Europa, llegamos finalmente a las Islas Británicas y a la Península Ibérica.
En este viaje hemos podido constatar la manera dinámica en que el incipiente movimiento cristiano encontró oportunidades para su expansión, la fundación de iglesias, la contextualización y el testimonio. De igual modo, hemos podido evaluar hasta qué punto la oposición y persecución, como también el impacto de la cultura local y sus manifestaciones, afectaron la configuración del pensamiento y la acción cristianos. Todo esto resultó no sólo en un movimiento de aspiraciones universales, sino verdaderamente mundial. Su dilatado alcance geográfico es parangonado con su riquísima diversidad. Nuestra mayor cercanía con la cristiandad latina o mediterránea no debe limitar nuestra visión del movimiento cristiano como auténticamente ecuménico y múltiple. Sin embargo, de todos los variados factores que lo configuraron, ninguno parece ser más llamativo que el cristianismo de los primeros siglos fue un movimiento típicamente urbano. Las iglesias que se plantaron, tanto dentro como fuera del Imperio Romano, fueron comunidades urbanas, con todas las características propias de tal condición socio-cultural. Para el año 500, la mayoría de las grandes urbes del mundo conocido de entonces, habían sido alcanzadas con el testimonio del evangelio de Jesucristo.
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