Leccion 1, Tema 1
En Progreso

G. LOS DONES MINISTERIALES.

El apóstol Pablo, escribiendo a la iglesia en Efeso declaró una verdad notable concerniente a los líderes espirituales en el cuerpo de Cristo:

Pero a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo. Por lo cual dice: “Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, y dio dones a los hombres” [Sal. 68:18]. …Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo (Ef. 4:7–12).

La verdad es que los oficios (ministerios) en la iglesia deben ser vistos como dones de Cristo a su cuerpo. Por lo tanto, los hombres no pueden hacerse líderes, ni pueden ser hechos tales por el antojo de otros (Rom. 1:5; I Cor. 1:1; II Cor. 1:1; Gál. 1:1, 16). La iglesia debe apartar, como líderes y ministros espirituales, a aquellos a quien Dios ha llamado y escogido (Hch. 13:1–3). Cuando Cristo coloca a un hombre en el cuerpo de Cristo, primero lo dota con el don espiritual que corresponde a su ministerio.

Algunos maestros de la Biblia marcan una fuerte distinción entre los dones ministeriales y los carísmata, sosteniendo que los primeros son dones de Cristo, mientras que los carísmata son dones del Espíritu (pneumática). Se nota en la introducción de Pablo a los carísmata que todos los ministerios y capacidades divinas son dones del trino Dios: “Ahora bien hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo. Y hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. Y hay diversidad de operaciones, pero Dios que hace todas las cosas en todos, es el mismo” (I Cor. 12:4–6). Además, Pablo mezcla oficios (ministerios) con sus imparticiones en su resumen de los carísmata: “Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros, luego los que hacen milagros, después los que sanan, los que ayudan, los que administran, los que tienen don de lenguas” (I Cor. 12:28). Se enumeran tres oficios (ministerios) juntamente con cinco dones espirituales. En Romanos 12, donde el apóstol enumera siete dones, Pablo mezcla dos dones (carísmata) con cinco clases de poseedores de dones. Todo suma a la conclusión de que a todos los hombres divinamente ordenados les es dado un don de capacitación, y todo don espiritual les equipa para algún tipo de ministerio.

Por supuesto, no todo ejercicio de un don hace a un líder sobre otros, como aquellos descritos en pasajes tales como Efesios 4:11; Hebreos 13:7, 17, 24; I Tesalonicenses 5:12; Hechos 20:28; I Pedro 5:14; o I Timoteo 5:17. Sean líderes o seguidores, hay dones espirituales que equipan divinamente a los santos para edificar el cuerpo de Cristo. La Biblia no hace una brecha tan ancha entre los líderes y creyentes en general, como los hombres tienden a hacer. No obstante, los oficios (ministerios) de las iglesias son un don divino, sin los cuales la iglesia no puede madurar, o ser adecuadamente dirigida y protegida de errores. Los oficios (ministerios) y sus provisiones son:

1. El apóstol.

Los apóstoles fueron los primeros líderes de la Iglesia, primeros en tiempo (Mt. 10:1–2; Lc. 22:14, 15; Ef. 2:20); primeros en autoridad (Mr. 6:7; Hch. 1:21–26); primeros en ministerio (Hch. 2:37; 6:1–4); y primeros en las listas (Ef. 4:11; I Cor. 12:28). Los apóstoles fueron aquellos comisionados y enviados por Jesús para iniciar y dirigir la predicación y enseñanza del evangelio y, juntamente con El, fundar la iglesia (Ef. 2:20; Ap. 21:14).

El título “apóstol” viene del griego apóstolos que significa “un mensajero, uno enviado con una comisión, un apóstol de Cristo.” La idea básica derivada de la palabra “apóstol” es aquella de un enviado como representante de otro y que deriva su autoridad del que lo envía. En el griego clásico, apóstolos también significaba “una flota de naves, una expedición.” Del último, el significado es extendido a “uno comisionado y enviado a otro país”, como la descripción de “un misionero.” El verbo apostello significa “enviar de, o fuera.”

¿Quiénes son llamados en el Nuevo Testamento “apóstoles”? El primer grupo llamado “apóstoles” fue el de los doce discípulos de Jesús (Mt. 10:2; Lc. 6:13), cuyo número fue reducido a once por la caída de Judas (Hch. 1:26). En adición a los doce, varios otros son llamados “apóstoles”, tales como Bernabé (Hch. 14:14), Silas y Timoteo (I Tes. 2:1, 6), Santiago (I Cor. 17:7), Pablo (Rom. 1:1), y probablemente Andrónico y Junias (Rom. 16:7). Los últimos dos eran parientes de Pablo y son mencionados en II Corintios 8:23 como mensajeros (gr. apóstolos) de las iglesias. Epafrodito es llamado por Pablo el mensajero (apóstol) de la iglesia filipense (Fil. 2:25). Parece que el término “apóstol” fue usado con cuatro significados diferentes:

Diferentes niveles de apostolado parecen ser enunciados en I Corintios 15:4–10:

… resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; y que apareció a Cefas, y después a los doce … Después apareció a Jacobo; después a todos los apóstoles; y al último de todos, como a un abortivo, me apareció a mí. Porque yo soy el más pequeño de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol, porque perseguí a la iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo.

Una comparación entre los versículos cinco y siete mostrará que el apóstol hizo una clara distinción entre “los doce” (Vs 5) y “todos los apóstoles” (Vs 7). Grosheide comenta sobre el versículo siete: “Hay entonces una analogía con el versículo cinco: allí fue Pedro primero y luego los doce, aquí Jacobo primero y luego un círculo más amplio de apóstoles”159

Finalmente, Pablo se refiere a sí mismo como el último y el menor de todos los apóstoles. Si Pablo se consideró como “el último de todos” los hombres que habían visto al Señor Jesús (vea I Cor. 9:1), entonces no puede haber mas apóstoles en tiempos posteriores. El círculo mayor de apóstoles probablemente incluía a los setenta a quienes Jesús comisionó personalmente, o aún los ciento veinte que recibieron la plenitud del Espíritu en el día de Pentecostés.

Está claro en pasajes tales como Hechos 1:22–26 y Apocalipsis 21:14 que estos últimos no eran considerados apóstoles en el mismo nivel con los doce. Bernabé, Silas, Andrónico y Junias bien pudieron haber estado entre los setenta (70) o los ciento veinte (120) que fueron testigos de la resurrección de Jesús (Hch. 1:21, 22).

Pablo se clasifica en una tercera clase de apóstoles, “un abortivo”, uno a quien el Señor resucitado había aparecido después de su ascensión. Él había visto al Señor (I Cor. 9:1). Las señales de un apóstol habían aparecido en su ministerio (II Cor. 12:12). Había recibido la diestra de la comunión de los apóstoles de Jerusalén, y la autoridad de ellos para llevar el evangelio a los gentiles. La historia subsiguiente demostró el apostolado de Pablo, usado por el Señor al escribir más libros del Nuevo Testamento que cualquier otro. Sin embargo, el hecho de que Pablo fue forzado a luchar fuertemente por su propio apostolado, muestra que la iglesia primitiva había puesto cualidades extremadamente altas para el oficio (ministerio) del apostolado (I Cor. 9:1, II Cor. 12:11, 12).

Aquellos que clamaban falsamente el apostolado eran fuertemente condenados (II Cor. 11:13; Ap. 2:2). Los apóstoles son llamados el fundamento de la iglesia; una estructura puede tener sólo un fundamento (Ef. 2:20). Alrededor de Pablo en Antioquía se formó un círculo de hombres tales como Bernabé, Silas, Timoteo, Tito y Epafrodito, que fueron llamados apóstoles en el sentido de que fueron comisionados por la iglesia en Antioquía como “misioneros” (un significado de la palabra apóstolos). En este último sentido, ha habido “apóstoles” en todas las edades de la iglesia, hombres con potentes dones del Espíritu, hombres que mediante el poder del Cristo resucitado empujan las fronteras de la iglesia a los confines de la tierra. Si ellos no se han llamado “apóstoles”, igual han logrado las obras de apóstoles.

El título “apóstol” pertenece más bien a la primera generación de la iglesia; sin embargo, los dones espirituales necesarios para la obra apostólica seguirán siendo derramados en tanto haya gente que alcanzar sobre la faz de la tierra. Jesús todavía está enviando a hombres comisionados con su autoridad sobre las potestades de las tinieblas, que tienen autoridad de atar y desatar, y que predican el evangelio con la unción de un profeta. Ellos trabajan entre nosotros hoy día.

2. El profeta.

El profeta, enumerado por Pablo entre los dones ministeriales a la iglesia (Ef. 4:11), es segundo en importancia después de los apóstoles. El profeta no sólo ejerce el don de profecía, sino que ocupa un lugar de liderazgo junto con los apóstoles y maestros (Hch. 11:27; 13:1–3; 15:32; Ef. 2:20; 3:5).

En la iglesia primitiva había dos clasificaciones de profetas. Cualquier miembro del cuerpo general de creyentes que ministraba edificación, exhortación y consolación mediante el don de profecía era llamado profeta (I Cor. 14:24, 31). Otro grupo, formado de tales hombres como Bernabé, Silas, Judas, Agabo y otros mencionados en Hechos 13:1, eran líderes espirituales de la iglesia (Hch. 21:22). Pablo se refiere a esta clase de profetas en Efesios 4:11 cuando enumera dones ministeriales otorgados a la iglesia. Aquellos del último grupo, aunque ejercían el mismo don de profecía, poseían un cárisma de liderazgo adicional para dirigir el cuerpo general de creyentes.

¿Cómo operaba el don de profecía en y a través de aquellos que lo ejercían?

2.1.   El profeta habla como el agente de Dios.

El profeta habla lo que Dios quiere que él hable. Pedro define la función de profeta de la siguiente manera: “Cada uno según el don [cárisma] que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios. Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios; si alguno ministra, ministre conforme al poder que Dios da …” (I P. 4:10, 11). En todo ministerio dotado existe un elemento sobrenatural.

2.2.   El profeta puede dar un mensaje de improvisto.

A menudo el contenido del mensaje del profeta es dado de improviso en el momento de hablar. Sin embargo, el mensaje puede haberse dado de antemano durante oración o meditación. Muchos de los profetas del Antiguo Testamento recibían el contenido de su mensaje en un sueño, una visión, o durante oración, para ser entregado al pueblo en una fecha posterior (Is. 6:9–13).

2.3.   El profeta puede usar escrituras.

Algunas veces, el contenido del mensaje puede consistir de información bien conocida por el profeta como verdad escritural o historia bíblica. Pedro en el día de Pentecostés (Hch. 2:14–37) y Esteban ante el concilio (Hch. 7), dieron mensajes proféticos que estaban llenos de citas del Antiguo Testamento. Está claro por las narraciones en Hechos que ambos hablaron en el poder del Espíritu. La palabra usada para describir la declaración de Pedro en Hechos 2:14 apophthéngomai, es la misma usada en la cláusula “y comenzaron a hablar en otras lenguas” (Hch. 2:4), un término usado para expresar el habla de profetas, adivinadores y de los oráculos.

Esteban concluyó su mensaje con una visión de Cristo “que está a la diestra de Dios” (Hch. 7:56). Parece según esto, que un profeta puede emplear la escritura en sus mensajes, caso en el cual el Espíritu Santo lo dirige a la selección del material y a su aplicación en situaciones específicas. Un profeta puede ser movido fuertemente por el Espíritu para presentar cierto pasaje bíblico, en cuya instancia el Espíritu también provee un valor y poder especial en la comunicación “Y todos fueron llenos del Espíritu Santo y hablaban con denuedo [parresía] la palabra de Dios” (Hch. 4:29–31); “Orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu … por mí, a fin de que … con denuedo [parresía] hable de él, como debo hablar” (Ef. 6:18–20).

No toda la predicación es profecía, pero muchas predicaciones se hacen proféticas cuando una gran verdad o aplicación no premeditada es provista por el Espíritu, o donde una revelación especial es dada de antemano en oración y de una manera poderosa en su entrega. Cuando uno habla en lenguas, la mente está inactiva (I Cor. 14:14); pero cuando uno profetiza, el Espíritu opera a través de la mente para suplir un mensaje: “Pero en la iglesia prefiero hablar cinco palabras con mi entendimiento, para enseñar también a otros, que diez mil palabras en lengua desconocida” (I Cor. 14:9). Aquí el apóstol no está comparando una declaración dotada con una no dotada; está comparando lenguas con profecía; porque todo el capítulo catorce de I Corintios está escrito para comparar las lenguas interpretadas con la profecía.

2.4.   El profeta revela el plan de salvación.

Antes que fuera escrito el Nuevo Testamento, muchos de los profetas apostólicos eran usados por el Espíritu para revelar el plan de salvación. Esto era así porque esto sólo estaba vagamente prefigurado en la tipología del Antiguo Testamento (Ef. 2:20). Esta revelación profética luego fue incorporada en las epístolas “… leyendo lo cual pueden entender cuál sea mi conocimiento en el misterio de Cristo, misterio que en otras generaciones se dio a conocer a los hijos de los hombres, como ahora es revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu …” (Ef. 3:4, 5).

2.5.   El profeta puede predecir el futuro.

Mientras que la profecía es más “declarar” que “predecir”, a veces puede involucrar una predicción del futuro. En el libro de Hechos hay dos profecías de Agabo (Hch. 11:27, 28; Hch. 21:10–14). La primera relativa al hambre amenazante en Judea; la segunda concerniente a la pronta venida del encarcelamiento de Pablo en Jerusalén. Ambas profecías fueron cumplidas. Notamos, respecto a la segunda profecía de Agabo en Hch. 21:11, que Pablo no cambió sus planes como resultado de la profecía, aún ante el ruego de sus amigos. Esto enseña que la profecía puede ser entregada para revelar o confirmar un hecho venidero, pero no para proveer guía personal. Pablo respetó la profecía de Agabo la cual revelaba sólo lo que Pablo ya sabía (Hch. 20:22, 23), pero siguió su propio entendimiento de la voluntad de Dios para su futuro. Dios puede revelar el futuro, pero nosotros no debemos acudir “al profeta para interrogar” respecto el futuro. Aquellos que caminan por la fe viven un día a la vez, dejando el futuro desconocido a Dios.

2.6.   El profeta habla lo que el Espíritu revela.

A menudo se pregunta si las declaraciones proféticas deberían ser puestas en primera persona (“Yo, el Señor”), o en tercera persona (“Así dice el Señor” o “El Señor dice”). Cuando uno ejerce un don vocal, habla como el Espíritu suple los pensamientos; el Espíritu revela, el profeta habla. Dios no habla, sino que revela al profeta lo que Él quiere que se diga. Pablo dijo: “Asimismo, los profetas hablen dos o tres, y los demás juzguen” (I Cor. 14:29). Ya que los mensajes de los profetas están sujetos a ser juzgados (discernidos), parece más consistente con la humildad del profeta, hablar en tercera persona como hizo Agabo en Hechos 21:11. Pablo declaró que las cosas que él escribió en I Corintios capítulo catorce eran los mandamientos del Señor (I Cor. 14:37); sin embargo, expresó sus preceptos en tercera persona. Myer Pearlman dice al respecto: “Muchos obreros con experiencia, creen que las interpretaciones y los mensajes proféticos deben ser dados en tercera persona.”

Lucas declara, concerniente a los que fueron llenos del Espíritu en el día de Pentecostés: “Y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen” (Hch. 2:4). Dios no habló en lenguas, los creyentes hablaron al ser capacitados por el Espíritu. Dios no habla normalmente a través de hombres como si éstos fueran megáfonos pasivos. Él revela a los profetas su voluntad, capacitándoles para hablar lo que Él suple. A menudo Dios hablaba directamente al profeta; pero cuando el profeta entregaba el mensaje al pueblo, decía “Así ha dicho el Señor” o algo equivalente. Hoy en día muchos opinan que la declaración profética es mejor fraseada en el idioma contemporáneo, antes que en palabras arcaicas, excepto donde pueda ser incorporada la escritura en sí.

3. El evangelista.

“Evangelista” viene de la palabra griega euagelistés, definida como “el que proclama buenas noticias.” Un evangelista es entonces uno que se dedica enteramente a “proclamar (predicar) el evangelio”, especialmente el mensaje de salvación. El término evangelista se usa sólo tres veces en el Nuevo Testamento (Hch. 21:8; Ef. 4:11; II Ti. 4:5). No obstante, Pablo enumera al evangelista como uno de los dones ministeriales de la iglesia (Ef. 4:11). Solamente Felipe es llamado específicamente un “evangelista” (Hch. 21:8); pero trabajadores tales como Timoteo (II Ti. 4:5), Lucas (II Cor. 8:18), Clemente (Fil. 4:3) y Epafras (Col. 1:7; 4:12) pueden haber funcionado como evangelistas.

Las palabras de Pablo a Timoteo sugieren que su verdadero llamado era de evangelista: “Que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redargüye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina … Pero tú sé sobrio en todo, soporta las aflicciones, haz obra de evangelista, cumple tu ministerio” (II Ti. 4:2, 5; vea también I Ti. 1:18; 4:14). Pablo, anónimamente describe a un evangelista, (la mayoría de los eruditos lo identifican como Lucas): “Y enviamos juntamente con él al hermano cuya alabanza en el evangelio se oye por todas las iglesias.” (II Cor. 8:18).

El cuadro más claro de un evangelista se halla en Hechos capítulo ocho, que describe el ministerio de Felipe, quien es específicamente llamado un evangelista” (Hch. 21:8). Las siguientes características del ministerio de Felipe forman un modelo de evangelismo del Nuevo Testamento:

  • Felipe predicaba la palabra de Dios, declarando específicamente el centro del evangelio, que es Cristo el Salvador. “Les predicaba a Cristo” (8:4, 5, 35).
  • Hubo muchos que creyeron y fueron bautizados (8:6, 12).
  • Milagros de sanidad siguieron a su predicación y muchos fueron librados de espíritus demoníacos (8:6, 7). Los milagros de sanidad dieron mayor efectividad al ministerio de Felipe (8:6, 8).
  • Felipe estaba listo para testificar de Cristo como Salvador, tanto en ciudades enteras, como a un solo individuo. Dejando Samaria, fue dirigido al carruaje del tesorero de Etiopía (8:26), a quien llevó a Cristo (8:35–38). El verdadero ganador de almas tiene una pasión por las almas que lo hace adaptable al evangelismo en masa y al evangelismo personal.
  • El ministerio evangelístico de Felipe lo llevó de ciudad en ciudad (8:40).

El cuadro del evangelista del Nuevo Testamento y de la época post-apostólica, era el de uno predicando el mensaje evangélico de salvación de iglesia en iglesia y de ciudad en ciudad. Eusebio, el gran historiador de la iglesia del siglo cuarto describe al evangelista:

Y ellos esparcían las semillas salvadoras del reino de los cielos, tanto lejos como cerca, y a través del mundo entero … Luego comenzaron largos viajes, ejecutaban el oficio (ministerio) de evangelistas, llenos del deseo de predicar a Cristo, a los que todavía no habían oído la palabra de fe.161

4. El pastor-maestro.

En la estructura gramatical de Efesios 4:11, el término “maestro” no tiene un artículo definido como lo tienen todos los términos precedentes. Entonces, “maestro” se une con “pastor.” Esto no significa que los términos sean intercambiables. Pueden haber maestros que no son pastores, pero no puede haber pastores que no sean maestros (Hch. 20:28–30). En iglesias donde había varios ancianos, algunos pueden haber tenido el ministerio de liderazgo no siendo maestros (Tit. 5:17). Pero el verdadero pastor era un maestro: “Mayormente los que trabajan en predicar y enseñar” (I Ti. 5:17b). Una de las cualidades necesarias para un obispo (pastor, anciano) era que fuera “apto para enseñar” (Tit. 3:2; II Ti. 2:24). Un verdadero pastor, entonces, tendrá el carisma para enseñar (Rom. 12:7; I Cor. 12:28).

La palabra “pastor” (gr. poimén), usada para referirse al líder de una iglesia local, se halla sólo una vez en el Nuevo Testamento (Ef. 4:11). Sin embargo, la figura de la iglesia como un “rebaño” (gr. poimén), y de la obra del líder espiritual de la iglesia como “pastorear el rebaño de Dios” (gr., poimaino), se halla varias veces (Jn. 21:15–17; Hch. 20:28; I P. 5:14).

El concepto de Israel como el rebaño de Dios y de Jehová como su pastor es común en el Antiguo Testamento (Sal. 23:4; Sal. 80:1, 2; Is. 40:11; Jer. 23:4; 25:34–38; Ez. 34; Zac. 11). En el Nuevo Testamento, Jesús usa la figura del pastor y las ovejas en Juan capítulo diez, donde se llama a sí mismo el “Buen Pastor.” Además del título “Buen Pastor”, Jesús también es llamado el “Gran Pastor” (Heb. 13:20), el “Príncipe de los Pastores” (I P. 5:4), y el “Pastor Dócil” (Is. 40:11). Los pastores de las iglesias son pastores “delegados”, que sirven bajo “el Príncipe de los Pastores.”

El hecho de que la enseñanza es el objetivo principal de la gran comisión como fue expresado por Mateo (Mt. 28:19, 20) muestra la importancia del ministerio docente. El libro de Hechos refuerza esta observación: “Y todos los días, en el templo y por las casas, no cesaban de enseñar y predicar a Jesucristo “ (Hch. 5:42; vea Hch. 11:26; 13:1; 15:35; 20:20; 28:31; I Cor. 4:17; Col. 3:16; II Ti. 2:2).

Debido a la importancia de la enseñanza, no es sorprendente que uno de los dones especiales del Espíritu Santo es la capacitación para enseñar. El profeta inspiraba, exhortaba, consolaba y motivaba a la iglesia; el maestro instruía a la iglesia en sana doctrina, guardando al rebaño de falsos maestros y sus enseñanzas destructivas. La iglesia en Antioquía disfrutaba de un ministerio balanceado por profetas y maestros que administraban la exhortación, el evangelismo y la enseñanza ungida. Algunos han concluido que el carisma de una “palabra de sabiduría” era el don de profeta, y que la operación de la “palabra de ciencia” era el don del maestro.

El apóstol Juan se refiere a la unción disfrutada por verdaderos maestros al decir: “Pero ustedes tienen la unción del Santo, y conocen todas las cosas” (Jn. 2:20; vea también I Jn. 2:27). Hay la tendencia de pensar que el profeta habla sobrenaturalmente, y que el maestro imparte los hallazgos de una escuela meramente natural. La diferencia no es entre lo sobrenatural y lo natural; la diferencia entre los dos es una diferencia en la manera por la cual el Espíritu Santo opera en los dos dones ministeriales. La unción sobre el profeta es más repentina e imprevista, con la meta de motivación. La unción sobre el maestro es más medida, operando para iluminar la palabra de verdad y dar habilidad para comunicar correctamente. Para cada ministerio en el cuerpo de Cristo hay un carisma espiritual.

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