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Historia de la Iglesia (2023)

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Cuestionarios

Leccion 9, Tema 1
En Progreso

La oposición al cristianismo

  • La oposición en tiempos neotestamentarios

Situación cambiante. El Nuevo Testamento refleja la cambiante situación de los cristianos en el Imperio Romano, desde el tiempo de Pablo hasta el final del primer siglo. En la carta a los Romanos (año 55), el apóstol se muestra leal al Imperio y lo considera un “agente de Dios,” y exhorta a los creyentes para que sean buenos ciudadanos (Ro. 13:1–7). Pero este mismo Imperio en poco tiempo se constituyó en el enemigo más grande del cristianismo en este período, llegando a amenazar su propia existencia. El gobierno y el pueblo en el Imperio Romano eran muy tolerantes en materia religiosa. Eduardo Gibbon señala: “Las varias formas de adoración, que prevalecieron en el mundo romano, fueron todas consideradas por el pueblo, como igualmente verdaderas; por el filósofo, como igualmente falsas; y por el magistrado, como igualmente útiles. Y así la tolerancia produjo no sólo indulgencia mutua, sino incluso concordia religiosa.”

Los romanos reconocían los dioses locales de los pueblos conquistados e incluso los adoraban. Ellos tenían sus rituales tradicionales, suplementados, después de Augusto, por el culto a los emperadores divinizados. Pero estos cultos romanos estaban sumamente condimentados con el aporte de religiones foráneas, como los cultos a Sulis Minerva (diosa celta y romana de la sabiduría), Mitra (dios persa de la luz); o Isis (diosa egipcia de la fertilidad).

Minucio Félix: “Cada pueblo tiene su propia adoración nacional y honra a sus dioses locales. Y los romanos los honran a todos. Ésta es la razón por la que su poder ha llenado completamente todo el mundo, y han esparcido su Imperio más allá de las sendas del sol y de los límites de los mares.… Ellos reverencian a los dioses conquistados, investigan las religiones de los extranjeros y las hacen propias.”

Los judíos no quisieron compartir su religión con los romanos, pero a pesar de esto, los romanos los respetaron y permitieron su culto, el templo en Jerusalén y sus autoridades, leyes y castigos. En todo esto se mostraron sumamente tolerantes para con la intolerancia judía, a pesar de despreciar su fe monoteísta. Además, el judaísmo no era una religión nueva, sino que representaba una tradición de varios siglos. Como argumentaba el filósofo pagano Celso: “Los judíos no deben ser culpados, porque cada uno debe vivir de acuerdo con las costumbres de sus ancestros.”

Sin embargo, una minoría que se aísla y se rehúsa a compartir los intereses de la comunidad, generalmente es despreciada o resistida. El cristianismo había comenzado dentro del judaísmo y al principio parecía ser una secta más dentro de esta religión antigua. Es por esto que hasta los días de Pablo, los cristianos y los judíos no fueron mayormente molestados por las autoridades romanas. Pero el mismo apóstol Pablo, con su prédica y ministerio, dejó bien en claro que el cristianismo no era una secta del judaísmo. Por otro lado, la iglesia creció rápidamente, y los nuevos convertidos comenzaron a ser en su mayoría gentiles. Además, el mismo Nuevo Testamento señala que muchas veces los judíos denunciaban por diversas razones a los cristianos.

En el imperio Romano nadie quería a los judíos, pero mucho menos querían a los cristianos, que ganaban nuevos convertidos a expensas de las religiones antiguas y tradicionales. Como señalara Celso: “Los cristianos han olvidado sus costumbres nacionales por la ley de Cristo.” Así es como comenzó a considerárselos como una verdadera amenaza para la sociedad. La guerra de los judíos contra Roma entre el 66 y el 70 acentuó la diferencia entre éstos y los cristianos, al no querer participar los segundos en el levantamiento de aquéllos.

Oposición creciente. El Nuevo Testamento refleja la creciente oposición al cristianismo, tanto por parte del pueblo como de las autoridades romanas. Los documentos neotestamentarios hablan de murmuración, calumnias y acusaciones falsas contra los cristianos (1 P. 2:12). La carta a los Hebreos refleja un contexto de inseguridad, peligro, cárcel e incluso muerte. La carta está relacionada con Italia (He. 13:24). Fue escrita a una congregación integrada por gente que en su mayoría habían pertenecido a una sinagoga, pero que ahora eran parte de un nuevo pacto (He. 9:15), un camino nuevo y vivo (He. 10:20). Parece evidente que fue escrita en momentos de peligro. El texto habla de sangre derramada (He. 12:4), diversos padecimientos (10:32–33), pérdida de propiedades (10:34), prisión (13:3), y aun cosas peores (13:13–14). El Imperio Romano ya no era un poder seguro y protector. Los cristianos ya no tenían seguridad en ninguna parte.

Hostilidad abierta. El Nuevo Testamento termina mostrando a un Imperio Romano abiertamente hostil hacia los cristianos. Es interesante notar el contraste entre lo que enseña Pablo en Romanos 13 y lo que señala Juan en Apocalipsis 13 respecto al poder del Estado y los cristianos. En Apocalipsis, Roma es la bestia con siete cabezas (13:1, 4, 8) y la ramera (17:3–6). Partes del Apocalipsis son como mensajes en código, propios de una situación de extremo peligro y donde conviene que el enemigo no tenga acceso a lo que se comunica. Algunas claves para la comprensión de este lenguaje hermético y críptico están en el capítulo 17. “Babilonia” es el gran poder perseguidor en el Antiguo Testamento (Daniel 7) y parece referirse a Roma como tal en Apocalipsis. La “bestia con siete cabezas” puede tener un doble significado. Por un lado, es la ciudad sobre las siete colinas (Ap. 17:9), que es Roma. Por otro lado, son los siete emperadores desde Nerón hasta Domiciano, el emperador que envió a Juan a Patmos (Ap. 17:10). El vocablo “bestia,” pues, se refiere al emperador de Roma, mientras que la “mujer” es la ciudad, cuyo nombre “Roma” viene del griego rhome (“fuerte”), que es femenino. Finalmente, “nombres de blasfemia” es una expresión que parece hacer referencia a la adoración del emperador.

  • Los cristianos en el Imperio Romano

Los cristianos no eran malos vecinos, ni súbditos desleales ni sediciosos, pero cuando un pueblo odia a una minoría y la considera peligrosa, entonces imagina lo peor de esa minoría. La oposición, pues, fue triple: popular, intelectual y oficial.

La oposición popular. El pueblo se oponía a los cristianos por prejuicio. Los cristianos se sentían obligados a separarse de muchas cosas que en la sociedad pagana eran costumbres aceptadas, y por esto se los consideraba excéntricos. La ética cristiana ponía a los creyentes en conflicto con la ética pagana imperante y los hacía tan diferentes, que se los consideraba extraños o locos. Sus reuniones nocturnas eran sospechosas. Su amor fraternal, adoración, sacramentos y disciplina eran mal interpretados. Por otro lado, nadie quería aceptar las advertencias de juicio de la dura prédica cristiana. Como sugiere el interlocutor de Octavio, el personaje cristiano en la obra de Minucio Félix, los cristianos eran acusados de celebrar “fiestas de amor” en las que después de comer, todos se emborrachaban y participaban de una orgía sexual. El populacho hablaba de inmoralidad, incesto entre “hermanos” y “hermanas,” y muchos otros excesos. La Eucaristía y la expresión de Jesús “esto es mi cuerpo … esto es mi sangre” era interpretada como expresión de canibalismo y se acusaba a los cristianos de infanticidio.

Tácito (60–120), uno de los grandes historiadores romanos, dice que los cristianos eran odiados por sus abominaciones. Entre otras cosas, menciona magia, brujería, y califica al cristianismo de “superstición foránea.” Otros historiadores romanos utilizan expresiones similares. Plinio dice que el cristianismo es una “superstición irracional y sin límites,” mientras que Suetonio lo valúa como “una superstición nueva y peligrosa.”

Por rechazar el politeísmo prevaleciente y la idolatría, los cristianos eran acusados también de ateísmo. Mucha gente pensaba que los cristianos no tenían religión alguna por no participar de la religión tradicional o de los cultos orientales que eran muy populares en todo el Imperio. Minucio Félix registra el rumor que escuchó el pagano de su historia: “Oigo que, persuadidos por alguna convicción absurda, ellos adoran la cabeza de un asno, la más baja de todas las criaturas.”

Además, los paganos atribuían a los cristianos todas las calamidades y catástrofes indicando que éstas venían por abandonar a los dioses ancestrales por el Dios cristiano. Los cristianos eran una amenaza también para la economía del Imperio en razón de su exclusivismo y fanatismo. Lo ocurrido en la ciudad de Éfeso y la quiebra del negocio religioso pagano debido a la efectividad de la prédica cristiana, era un ejemplo de esto (Hch. 19:23–27).

La oposición intelectual. Poco a poco, los intelectuales fueron investigando al cristianismo, leyeron sus escrituras y lo refutaron con vigor. Dos de los escritos más conocidos en este sentido fueron los producidos por Celso (siglo II) y Porfirio (siglo III). ¿De qué acusaban a los cristianos estos intelectuales?

Por un lado, se los acusaba de ser ignorantes y unos pobres arrogantes. Se decía que los cristianos se aprovechaban de los más pobres e ignorantes para hacer su cosecha de adeptos, tomando ventaja de su credulidad. La realidad es que los cristianos cuestionaban los valores de la civilización grecorromana, que daban prestigio y autoridad al hombre sabio (educado), que no trabajaba con sus manos. Con esto, por supuesto, minaban el sistema patriarcal romano y la autoridad del pater familias o jefe de familia. Luciano de Samosata (c. 125–192), escritor griego de aquella ciudad de Siria, atacó a los cristianos por esto mismo. Luciano era un autor cínico que viajó mucho y escribió varios diálogos en los que ridiculiza los valores filosóficos y religiosos establecidos. Con el mismo vigor se opuso a lo que consideraba era la religión y superstición de unos pobres diablos, el cristianismo.

Luciano de Samosata: “Los pobres infelices se han convencido, antes que nada, de que van a ser inmortales y a vivir por siempre, y como consecuencia de esto, desprecian la muerte e incluso voluntariamente se entregan como prisioneros, la mayoría de ellos. Además, su primer legislador [Jesús] los persuadió de que son todos hermanos los unos de los otros, después que han cometido transgresión de manera definitiva, al negar a los dioses griegos y al adorar a ese mismo sofista crucificado y vivir bajo sus leyes. Por lo tanto, desprecian todo esto indiscriminadamente y lo consideran propiedad común.… De modo que si cualquier charlatán e impostor, capaz de aprovechar cualquier ocasión, viene a ellos, rápidamente adquiere una riqueza repentina al imponerse sobre esta gente simple.”

Por otro lado, se los acusaba de ser malos ciudadanos. Los cristianos no participaban en la adoración oficial de la ciudad en que vivían ni de la religión del imperio. No reconocían las “costumbres ancestrales” y rechazaban ocupar puestos o responsabilidades en las magistraturas y se negaban a cumplir con el servicio militar. No parecían estar interesados en las cuestiones políticas o en el bienestar del imperio. Los soldados cristianos no peleaban con la crueldad y empeño con que lo hacían los que eran paganos. Y si bien cumplían con las leyes, sólo lo hacían en la medida en que éstas no contradijeran sus principios y valores cristianos. Decían que eran ciudadanos del Imperio, pero afirmaban que su verdadera ciudadanía estaba en los cielos y que servían a un Señor (kyrios) que estaba muy por encima del emperador.

Finalmente, se los acusaba de sostener una doctrina irracional. Para los pensadores y filósofos paganos la doctrina de la encarnación no tenía sentido. Según ellos, un Dios perfecto e inmutable no puede rebajarse y ser un pequeño bebé, como Jesús en Belén. Además, si fuera cierto que Dios quería hacerse humano, ¿por qué esta encarnación ocurrió tan tarde en la historia? Para los intelectuales grecorromanos, Jesús fue un pobre hombre, que fue incapaz de morir como se supone que debe morir un sabio (como Sócrates, que con toda dignidad se suicidó). Por otro lado, la enseñanza de Jesús, decían, fue una mala copia de las viejas enseñanzas egipcias y griegas. Y la doctrina cardinal de la fe de los cristianos, la resurrección de la carne, era una mentira monstruosa, una verdadera blasfemia intelectual y religiosa.

Porfirio: “Incluso suponiendo que algunos griegos fueron lo suficientemente estúpidos como para pensar que los dioses moran en estatuas, esto sería un concepto más puro que aceptar que lo divino ha descendido al vientre de la Virgen María, que él llegó a transformarse en un embrión, que después de su nacimiento él fue envuelto en pañales, manchado con sangre, bilis y peor.…

¿Por qué cuando fue llevado ante el sumo sacerdote y gobernador, el Cristo no dijo nada digno de un hombre divino …? Él permitió que se le golpease, se le escupiese en el rostro, se le coronase con espinas.… Incluso si él tenía que sufrir por orden de Dios, él podía haber aceptado el castigo, pero no soportado su pasión sin algún discurso valiente, alguna palabra vigorosa y sabia dirigida a Pilato, su juez, en lugar de permitir que se le insultara como si fuese un canalla de las calles.

¡Esto es una mentira increíble! (Referencia a la descripción de la resurrección en 1 Ts. 4:14). Si tú cantas esto a las bestias irracionales que no pueden hacer otra cosa sino producir un ruido como respuesta, las harías bramar y piar con un alboroto ensordecedor frente a la idea de hombres de carne volando por el aire como pájaros, o transportados sobre una nube.”

Según el escritor pagano Porfirio (232–303), el Antiguo y el Nuevo Testamentos eran una trama de historias crueles de tipo antropomórfico, sin ningún valor espiritual. Él encontraba contradicciones entre el Dios pacífico de los Evangelios y el Dios guerrero del Antiguo Testamento. Los relatos de la pasión de Jesús se contradecían entre sí. Las ceremonias cristianas eran inmorales. El Bautismo alentaba el vicio al declarar perdonados todos los pecados y la Eucaristía era un acto de canibalismo aun cuando se la interpretara de la manera más alegórica.

La oposición oficial. Durante este período, los cristianos pudieron sobrellevar con bastante entereza la oposición popular y los ataques de los intelectuales en el ámbito del Imperio Romano. A pesar de confrontar estos conflictos, supieron crecer, expandirse y ganar a decenas de miles para las filas cristianas. Sin embargo, las cosas fueron más difíciles toda vez que la maquinaria política, militar y administrativa del Imperio se puso en su contra.

Las razones de la creciente oposición oficial del Imperio fueron diversas. El concepto romano de religión fue una causa importante. Para los romanos la religión era una cuestión política, y por lo tanto, un interés del Estado. El Estado controlaba a los dioses conocidos y desconocidos, e intentaba predecir y manipular el futuro a partir de la religión. El sistema religioso en el Imperio Romano era un mecanismo del Estado para el control social. El propio gobierno romano pretendía ser divino, en la persona del emperador. Los emperadores se consideraban “poderes” de los que dependían las vidas de las personas.

Por otro lado, el Imperio Romano temía a las asociaciones secretas que podían asumir un carácter político y a las nuevas religiones no reconocidas por el Estado. De allí que cualquier grupo o secta religiosa que no se ajustara a las expectativas del gobierno romano fácilmente caía bajo la acusación de sedición o subversión. De este modo, la disidencia religiosa se transformaba en sedición política, con las consecuencias que son imaginables. De hecho, Jesús fue crucificado por orden de Pilato, no por el delito religioso de llamarse “Hijo de Dios,” sino por el delito político de pretender ser “Rey de los judíos” (Jn. 19:19). Además, los cristianos se rehusaban a hacer libaciones y ofrendas en honor al emperador o a participar en otras prácticas del culto pagano oficial, y esto agravaba su situación, aun cuando algunos oficiales querían mostrarse clementes para con ellos.

El desarrollo de la creciente oposición oficial del Imperio se fue incrementando en intensidad. La primera persecución local seria ocurrió como consecuencia del incendio de Roma, perpetrado por el emperador Nerón, el 18 de julio del año 64. En la noche de ese día comenzó un fuego que pronto se extendió en uno de los barrios más pobres de la ciudad. Durante seis días el fuego ardió con fuerza debido a un viento constante, lo que llevó a la destrucción de una buena parte de la ciudad e hizo que miles de personas se quedaran sin vivienda. En la calle corrió todo tipo de rumores, pero todos coincidían en señalar al emperador como el responsable final de la catástrofe. Algunos decían que Nerón había ordenado el incendio para dejar espacio libre para construir algunos edificios públicos. Otros apuntaban a la crueldad del hombre que no tuvo problemas en asesinar a su propia madre. Y aun otros decían que el incendio había sido provocado por la locura del emperador que quería lograr con ello inspiración para componer un poema. Los cristianos fueron acusados oficialmente como responsables por el siniestro y miles murieron martirizados, como señala el historiador romano Tácito (56–120), para satisfacer la crueldad de un hombre, Nerón.

Tácito: “Todos los esfuerzos de los hombres, toda la largueza del emperador y las propiciaciones de los dioses, no fueron suficientes para mitigar el escándalo o borrar la convicción de que el fuego había sido ordenado. Y así, para deshacerse de este rumor, Nerón supuso culpables y castigó con los tormentos más refinados a una clase odiada por sus abominaciones, que comúnmente son llamados cristianos. Christus, de quien se deriva su nombre, fue ejecutado a manos del procurador Poncio Pilato en el reinado de Tiberio. Reprimida en un primer momento, esta perniciosa superstición se manifestó de nuevo, no solamente en Judea, la fuente de este mal, sino también en Roma, ese receptáculo para todo lo que es sórdido y degradante desde todo rincón del globo, que allí encuentra seguidores. Consecuentemente, se realizó primero un arresto de todos los que confesaron (ser cristianos); luego, sobre su evidencia, se condenó a una inmensa multitud, no tanto en base a la acusación de incendio premeditado como a causa del odio de la raza humana. Además de ser condenados a muerte se los hizo servir como objetos de entretenimiento; fueron vestidos con pieles de bestias y desgarrados a muerte por perros; otros fueron crucificados, otros prendidos fuego para iluminar la noche cuando desaparecía la luz del día. Nerón había dejado abierta su propiedad para la exhibición, y montó un espectáculo en el circo, donde él se mezcló con el pueblo con ropas de auriga y condujo su carro. Todo esto dio lugar a un sentimiento de piedad, incluso hacia hombres cuya culpa merecía del castigo más ejemplar; porque se sentía que ellos estaban siendo destruidos no por el bien público sino para gratificar la crueldad de un individuo.”

Otro historiador romano, Suetonio (75–160), señala: “En su reinado (de Nerón) muchos abusos fueron severamente castigados y reprimidos, y muchas leyes nuevas fueron instituidas.… Se infligió castigo a los cristianos, un conjunto de hombres que se adhieren a una superstición novedosa y dañina.” Pero esta persecución no se esparció más allá de Roma y no fue por razones de carácter religioso, sino más bien se debió al oportunismo del emperador para desligarse de la responsabilidad por el siniestro buscando un chivo emisario.

Bajo el gobierno de Domiciano (81–96), se dio una segunda persecución dirigida contra toda persona que no adorara la imagen del emperador. Domiciano se hizo llamar “Señor y Dios” y ordenó que así fuese confesado por todo ciudadano en el Imperio mientras libaba vino y aceite frente a su estatua. Es interesante notar que esta expresión es equivalente al clímax del Evangelio de Juan (Jn. 20:28). Para los cristianos obedecer la orden imperial era, pues, una blasfemia. El Coliseo de Roma, inmenso estadio con capacidad para más de 50.000 personas sentadas, había sido terminado para este tiempo (86) y miles de cristianos derramaron allí su sangre por testificar de su fe. Es posible que el libro de Apocalipsis se refiera a estas circunstancias, al hacer el contraste entre Cristo y Domiciano (Ap. 17:14).

  • La oposición en el segundo siglo.

El período del 96–180 fue de prosperidad para el Imperio Romano. Fueron años en los que gobernaron buenos emperadores, con gran capacidad para la administración del Estado, como Nerva, Trajano, Adriano, Antonino Pío y Marco Aurelio. Si bien estos hombres fueron buenos gobernantes, tomaron medidas que resultaron en la persecución de los cristianos en diversos lugares del Imperio. Durante el reinado de Trajano (98–117) se desarrolló la norma imperial para la persecución del cristianismo. En 112, Plinio el Joven (62–113), gobernador romano de la provincia de Ponto-Bitinia (Asia Menor), le escribió a Trajano describiendo su manejo de la superstición cristiana.

Plinio el Joven: “Es mi regla, Señor, referirme a ti en cuestiones en las que no estoy seguro. Porque, ¿quién puede dirigir mejor mi duda o instruir mi ignorancia? Yo nunca estuve presente en algún juicio de cristianos; por lo tanto, no sé cuáles son las penas o investigaciones acostumbradas, y qué límites se observan. He dudado mucho sobre la cuestión de si debe haber algún tipo de distinción por edades; si el débil debe tener el mismo trato que el más robusto; si aquellos que se retractan deben ser perdonados, o si un hombre que alguna vez haya sido cristiano no gana algo al dejar de serlo; si el nombre mismo, incluso si es inocente de crimen, debe ser castigado, o sólo los crímenes que están ligados a ese nombre.

Mientras tanto, éste es el curso que he adoptado en el caso de aquellos traídos a mí como cristianos. Les pregunto si son cristianos. Si lo admiten, repito la pregunta una segunda y una tercera vez, amenazándolos con la pena capital; si persisten los sentencio a muerte. Porque no dudo que, cualquiera que pueda ser el tipo de crimen que ellos han confesado, su terquedad y obstinación inflexible ciertamente deben ser castigadas. Había otros que manifestaron una locura parecida y a quienes reservé para ser enviados a Roma, dado que eran ciudadanos romanos.”

El emperador le respondió sentando los principios para la acción en contra de los cristianos dentro del marco del derecho romano.

Trajano: “Tú has tomado la línea correcta, mi querido Plinio, al examinar los casos de aquellos que te son denunciados como cristianos, puesto que ninguna regla dura y rápida puede establecerse, de aplicación universal. Ellos no deben ser buscados; si se informa en contra de ellos, y la acusación se prueba, deben ser castigados, con esta reserva—que si alguien niega que es un cristiano, y realmente lo prueba, esto es mediante la adoración de nuestros dioses, debe ser perdonado como resultado de su retractación, por más sospechoso que haya sido con respecto al pasado. Los panfletos que son publicados anónimamente no deben tener peso en cualquier acusación que sea. Ellos constituyen un muy mal precedente, y también están fuera de lugar en este tiempo.”

Tertuliano, más tarde (197), atacó la decisión de Trajano, diciendo: “¿Por qué haces que la justicia juegue a las escondidas consigo misma? Si tú condenas, ¿por qué no buscas? Si no buscas, ¿por qué no nos declaras inocentes?” No obstante, la indecisión de Trajano fue beneficiosa para los cristianos, que siguieron creciendo a lo largo del siglo II, si bien en medio de incertidumbre e inseguridad. A lo largo de todo el siglo segundo los cristianos padecieron la oposición del gobierno imperial. Tertuliano habla de reuniones interrumpidas por la policía, soldados demandando soborno, vecinos no amigables que denunciaban a los cristianos de manera anónima, siervos de poca confianza que hacían lo mismo, espías, y sobre todo, el sometimiento de los cristianos a procesos ilegales.

Tertuliano: “Si es cierto lo que presumen, que nosotros los cristianos somos los más malos de los hombres, ¿por qué no nos igualan con los malhechores que cometen pecados semejantes a los nuestros? Dado que a igual delito, igual tratamiento debe darse en los tribunales. Si somos iguales a los demás, ¿por qué si a todo delincuente le es lícito valerse de su boca y de contratar abogados para recomendar su inocencia; por qué si ellos tienen plena oportunidad para responder y para altercar, para que ninguno sea condenado sin ser oído; a sólo el cristiano no se le permite abrir la boca para purgar su causa, buscar ayuda para defender la verdad, hablar por sí para que no sea injusto el juez, condenando al que no se defendió? Pero sólo en nuestra causa no se admite el examen del delito, que es beneficio de los reos; sólo se atiende a la confesión del nombre cristiano, que es el odioso título que irrita el odio popular.”

A este período corresponde el martirio de Ignacio de Antioquía, del que da testimonio un documento conocido como Las actas del martirio de Ignacio. Estas actas fueron publicadas en el siglo XVII en latín y griego. Se discute su autenticidad, pero obviamente están inspiradas en la persona y correspondencia del célebre mártir, que murió entregado a las fieras en el año 117, bajo el gobierno de Trajano.

El martirio de Ignacio: “Y cuando él fue conducido ante el emperador Trajano, [ese príncipe] le dijo: ‘¿Quién eres tú, malvado infeliz, empeñado en transgredir nuestros mandatos, y persuades a otros a hacer lo mismo, para que miserablemente perezcan?’ Repuso Ignacio: ‘Nadie debería llamar a Teóforo malvado; porque todos los espíritus han sido echados de los siervos de Dios. Pero si, en razón de que soy un enemigo de estos [espíritus], tú me llamas malvado en respeto a ellos, concuerdo plenamente contigo; porque en la medida en que tengo a Cristo el Rey del cielo [dentro mío], yo destruyo todas las maquinaciones de estos [malos espíritus].’ Trajano respondió: ‘¿Y quién es Teóforo?’ Ignacio replicó: ‘Aquél que tiene a Cristo en su pecho.’ Trajano dijo: ‘Pues qué, ¿te parece que nosotros no tenemos en nuestra mente a nuestros dioses, cuya asistencia gozamos al luchar contra nuestros enemigos?’ Ignacio contestó: ‘Estás en error cuando llamas dioses a los demonios de las naciones. Es de saber que hay sólo un Dios, el cual ha hecho el cielo y la tierra, el mar y todo cuanto hay en ellos; y un Jesucristo, el Hijo unigénito de Dios, de cuyo reino quisiera gozar.’ Trajano dijo: ‘¿Estás hablando de aquél que fue crucificado bajo Poncio Pilato?’ Ignacio respondió: ‘Del que crucificó mi pecado junto con su inventor, y quien ha condenado y arrojado todo engaño y malicia del demonio bajo los pies de quienes le llevan en su corazón.’ Trajano dijo: ‘¿Entonces tú llevas al crucificado en ti?’ Ignacio replicó: ‘¡Verdaderamente así es! Porque está escrito: “Habitaré en ellos y andaré entre ellos”.’ Entonces Trajano pronunció el fallo como sigue: ‘Ordenamos que Ignacio, que afirma llevar en sí al crucificado, sea engrillado por soldados y llevado a la gran ciudad Roma, para que allí sea devorado por las bestias, para diversión del pueblo.’ Cuando el santo mártir oyó esta sentencia, exclamó con alegría: ‘¡Gracias te doy, oh Señor, que te dignaste honrarme con un amor perfecto para contigo, y me has hecho encadenar con cadenas de hierro, al igual que tu apóstol Pablo’.”

La política de Trajano continuó bajo Adriano (117–138), Antonino Pío (138–161), y bajo Marco Aurelio (161–180). Pero en todos estos casos se trató de persecuciones locales y no de un intento por exterminar el cristianismo en todo el Imperio. Adriano insistió en que las personas inocentes del cargo de ser cristianos fuesen protegidas, e incluso ordenó que quienes hacían acusaciones falsas fuesen castigados. No obstante, no impidió la represión de aquellos que insistían en profesar su fe. Bajo el reinado de Antonino Pío, los cristianos sufrieron en Roma. Marco Aurelio sentía aversión hacia los cristianos, probablemente porque los consideraba un peligro contra la estructura de la civilización que él estaba procurando mantener contra las amenazas internas y externas a su Imperio. Cómodo, el hijo de Marco Aurelio, continuó con actos de persecución, si bien más tarde los disminuyó debido a la intervención de su favorita Marcia, que era cristiana. Septimio Severo (193–211) no fue desfavorable a los cristianos, ya que tenía a algunos de ellos en su propia familia. Sin embargo, en 202 expidió un edicto que prohibía las conversiones al judaísmo y al cristianismo.

A lo largo del siglo II, hubo episodios de violencia serios, como en Lión (Galia) en el año 177, según los registra Eusebio.

Eusebio de Cesarea: “Para comenzar, ellos soportaron noblemente todos los daños amontonados sobre ellos por el populacho: gritería y golpes y linchamiento y saqueos y pedradas y prisión, y todo aquello que una turba enfurecida se deleita en infligir a enemigos y adversarios. Luego, llevados al foro por el tribuno y las autoridades de la ciudad, fueron interrogados delante de toda la multitud, y habiendo confesado, fueron encerrados en la cárcel para esperar el arribo del gobernador. Más tarde, cuando fueron llevados delante de él, él nos trató con la crueldad más terrible.…”

  • La oposición a mediados del tercer siglo

El edicto de Septimio Severo en 202 terminó en persecución. Fue en esta ocasión que el padre de Orígenes murió mártir. Orígenes mismo, en su ardor de adolescente, deseando compartir la suerte de su padre, quiso entregarse a las autoridades, pero fue impedido por la intervención de su madre, quien le escondió la ropa. De todos modos, es muy probable que estas persecuciones de la primera mitad del siglo no se hayan extendido por todo el Imperio. Más bien, el estado de represión era constante puesto que la situación legal de los cristianos era precaria, y cualquier oficial local o provincial podía encontrar excusas para reprimir a los cristianos. Con Maximino Tracio (235–238) las hostilidades se reavivaron, y con Felipe el Árabe (244–249) disminuyeron, al punto que algunos llegan a considerarlo el primer emperador que favoreció a los cristianos.

Desde mediados del tercer siglo en adelante, la oposición se hizo más severa, al transformarse en persecuciones generales y organizadas para el exterminio. La razón principal para este agravamiento en la actitud del Estado hacia los cristianos es que se los acusaba de sedición. Las palabras de Orígenes poco antes de las grandes persecuciones de mediados del tercer siglo probaron ser verdaderamente proféticas: “Parece probable que la existencia segura, en cuanto al mundo, que al presente gozan los creyentes, se va a terminar, ya que aquellos que calumnian al cristianismo de todas las maneras posibles, están nuevamente atribuyendo la frecuencia presente de rebelión a la multitud de los creyentes, y al hecho de que no están siendo perseguidos por las autoridades como en los viejos tiempos.”61

Otra razón era que se quería restaurar la antigua gloria del Imperio Romano. El Imperio estaba decayendo debido a la anarquía militar, la corrupción, la inflación, los altos impuestos y la inseguridad en las fronteras. Estos problemas y la idea de volver a los momentos más gloriosos de la historia de Roma fueron discutidos ampliamente en el año 248, cuando el Imperio Romano estaba celebrando el milenio de la fundación de Roma (según la tradición, Rómulo y Remo fundaron Roma en el año 748 a.C.).

El emperador Decio (249–251) no sólo se propuso restaurar la gloria de Roma sino también su religión tradicional. En el año 250 decretó que los cristianos en todo el Imperio debían abandonar su fe o morir. Su sucesor, Valeriano (253–260), continuó con esta política y dejó casi sin líderes a la Iglesia, ya que procuró terminar con el clero cristiano. No obstante, lejos de aniquilar al cristianismo, esta persecución masiva y los martirios que produjo arraigaron todavía más a los cristianos y ayudaron a una mayor difusión de su fe. Como bien afirmara Tertuliano en su expresión ahora bien conocida: “Segando nos sembráis: más somos cuanto derramáis más sangre; que la sangre de los cristianos es semilla. Muchos hay entre vosotros que exhortan a la tolerancia del dolor y de la muerte.… Mas no han hallado tantos discípulos estas palabras como han enseñado los cristianos con sus obras.”

Los emperadores que siguieron a Decio continuaron con su política de represión generalizada. Galo (251–253) avivó la persecución en algunas partes del Imperio. Valeriano (253–260) se mostró amigable hacia los cristianos en sus primeros años de gobierno, pero repentinamente cambió de disposición y casi dejó a la Iglesia sin obispos. La persecución terminó en 260, cuando Valeriano fue tomado prisionero en una batalla contra los persas. Su hijo y sucesor, Galieno (253–268), anuló la política de su padre y expidió edictos de tolerancia para el cristianismo. Por algún tiempo en el ámbito del Imperio, el movimiento cristiano gozó de una generación de paz y prosperidad.

  • La oposición más seria y final

La persecución final se dio durante el reinado del emperador Diocleciano (284–305). Al llegar al poder en 284, Diocleciano se propuso el reordenamiento de la administración imperial, que era caótica. Así, pues, dividió el Imperio en cuatro, con dos emperadores, uno en el Este y el otro en el Oeste. El inmenso territorio del Imperio Romano era difícil de gobernar y de custodiar. Diocleciano se estableció en la zona oriental, fijó su capital en Nicomedia (Asia Menor) y designó por colega a Maximiano, quien se radicó en Milán (Italia). Para evitar que la elección de los emperadores estuviera sujeta al arbitrio de los soldados, como había ocurrido en décadas anteriores, fueron designados dos funcionarios con el título de Césares, que secundarían a los Augustos (emperadores), y que los sucederían en caso de vacancia en el trono. Galerio fue designado como César en el Este, mientras que Constancio Cloro ocupó esa función en el Oeste. Este sistema de dos emperadores y dos césares con el Imperio dividido por la mitad se conoció como la Tetrarquía (gobierno de cuatro).

Con el propósito de detener la decadencia y pensando que la antigua adoración oficial traería unidad y fuerza política al Imperio, Diocleciano ordenó en 303 la destrucción de los templos cristianos, la quema de Biblias y otros libros cristianos, la liquidación de la adoración cristiana y el arresto del clero. Al año siguiente su consigna fue todavía más terminante: los cristianos debían sacrificar a los ídolos o morir.

A pesar de estar muy difundido y haber penetrado hondamente la sociedad pagana (casi el 50% de la población del Imperio era cristiana para aquel entonces), el cristianismo corrió un serio peligro de desaparecer. Afortunadamente, el gobierno fracasó en sus intentos. El cristianismo sobrevivió, pero las persecuciones afectaron profundamente su carácter. El rigor de estas persecuciones llevó a la devoción a las reliquias de los mártires y dio lugar a un verdadero culto del martirio. Muchos fanáticos buscaban el martirio para la obtención de una gloria mayor. Otros, no pudiendo resistir la tortura, negaron su fe, entregaron las Escrituras para ser quemadas o hicieron arreglos con el perseguidor. Los obispos ganaron un prestigio extraordinario en razón de que sus cabezas eran más valiosas para los perseguidores que la de los demás creyentes. Pero la persecución tuvo también un efecto purificador. No era fácil ser cristiano en circunstancias tan difíciles.

Irvin y Sunquist: “Donde quiera que nos volvamos en la historia del movimiento cristiano temprano, encontramos la memoria y presencia de los mártires. La experiencia de aquellos que testificaron de Cristo mediante el sufrimiento por la fe es penetrante. El número real de aquellos que sufrieron martirio en los primeros tres siglos fue en realidad relativamente bajo.… El número total de cristianos que murieron bajo los romanos estuvo muy probablemente por debajo de diez mil—esto en un imperio que contaba con no menos de cincuenta millones de personas en su apogeo.”

CUADRO 10 – EMPERADORES ROMANOS
NOMBRE AÑOS DE REINADO
Augusto 27 a.C.–14 d.C.
Tiberio 14 d.C.–37
Calígula 37–41
Claudio 41–54
Nerón 54–68
Galba 68–69
Otón 69
Vitelio 69
Vespasiano 69–79
Tito 79–81
Domiciano 81–96
Nerva 96–98
Trajano 98–117
Adriano 117–138
Antonino Pío 138–161
Marco Aurelio 161–180
Cómodo 177–192
Pértinax 193
Septimio Severo 193–211
Caracalla 198–217
Geta 209–212
Macrino 217–218
Heliogábalo 218–222
Alejandro Severo 222–235
Máximo 235–238
Gordiano I y II 238
Gordiano III 238–244
Felipe 244–249
Decio 249–251
Valeriano 253–260
Galieno 253–268
Claudio II 268–270
Aureliano 270–275
Probo 276–282
Diocleciano y la Tetrarquía 284–305
Constantino y la Tetrarquía 306–313
Constantino y Licinio 313–324
Constantino único monarca 324–337

 

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