La vida en blanco y negro
Y le enviaron sus discĆpulos junto con los herodianos, diciendo: Maestro, sabemos que eres amante de la verdad y que enseƱas con verdad el camino de Dios, y no te cuidas de nadie, porque no miras la apariencia de los hombres. Dinos, pues, quĆ© te parece: ĀæEstĆ” permitido dar tributo a CĆ©sar, o no? (Mateo 22.16ā17)
Cristo sabĆa inmediatamente la intención del corazón de estas personas. En su respuesta vemos que no le impresionaron ni por un instante las palabras lisonjeras con las que formularon su pregunta. Ā«Conociendo la malicia de ellos, les dijo: ĀæPor quĆ© me tentĆ”is, hipócritas?Ā» (Mt 22.18).
MĆ”s allĆ” de las consideraciones de esta situación particular, nos serĆ” de mucho beneficio reflexionar sobre la convicción que llevó a los herodianos a formular su pregunta de esta manera. Sus mismas palabras delatan una perspectiva sumamente simplista de la vida: creĆan que todo problema sólo tenĆa dos posibles respuestas. Este asunto que presentaban a JesĆŗs no admitĆa complejidades, ni medias tintas.
La postura de los herodianos es muy similar a la de la gran mayorĆa de las personas. En parte, esta perspectiva obedece a nuestro deseo de reducir la complejidad del mundo a parĆ”metros mĆ”s fĆ”ciles de manejar. No cabe duda, sin embargo, que parte de esta perspectiva tiene sus orĆgenes en una actitud de soberbia que nos lleva a creer que el mundo, y todo lo que en Ć©l habita puede ser fĆ”cilmente comprendido por seres tan pequeƱos como nosotros.
Como pastores podemos fĆ”cilmente ceder frente a la tentación de movernos en esta perspectiva. Ā«Todos los problemas del ser humano tienen un solo origenĀ». Ā«Con estos tres programas vamos a lograr el crecimiento de la iglesiaĀ». Ā«Para un discĆpulo la cuestión es muy sencilla: o estĆ” comprometido o no estĆ” comprometidoĀ». Estas posturas nos llevan siempre por el camino de la condenación y la dureza. No tenemos tiempo para la gente que no tiene la misma Ā«claridadĀ» que nosotros. Nos impacientan aquellos que dudan, titubean o caen en el camino. Nuestro ministerio termina siendo Ć”spero y pesado.
Cuando nos detenemos por un instante, sin embargo, nos damos cuenta de lo absurdo de nuestras afirmaciones. Nuestras propias vidas no son sencillas. Somos una mezcla de aciertos y desaciertos, santidad y pecado, verdad y mentira. Las personas que pretendemos pastorear son tan complejas como nosotros. En ocasiones sentimos que estĆ”n en perfecta armonĆa con el EspĆritu. En otras, no Ā”crecen a pesar de nuestros esfuerzos! ĀæY quiĆ©n de nosotros puede confiadamente realizar afirmaciones acerca de Dios y la manera en que obra? Gran parte del tiempo debemos abrazarnos a la afirmación de JesĆŗs de que la obra del EspĆritu es como el viento. No tenemos idea de dónde viene, ni hacia dónde se dirige; solamente nos es concedido ser testigos de sus efectos.
Para pensar:
Todo esto deja en relieve, una vez mĆ”s, el mĆ”s precioso legado que nos trae el evangelio: la gracia de Dios. La gracia sostiene, consuela y orienta a aquellos que se sienten abrumados por el misterio de la vida. Es una experiencia infinitamente mĆ”s gratificante que la que ofrecen nuestras prolijas teorĆas acerca de la vida y lo que nos rodea. La gracia nos invita al descanso, porque hay uno que todo lo entiende. Nos basta con saberlo.
Tomado con licencia de:
Shaw, C. (2005) Alza tus ojos. San JosƩ, Costa Rica, CentroamƩrica: Desarrollo Cristiano Internacional.0000
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