Tiempos Revolucionarios
Vivimos tiempos muy revolucionados, sin duda. El motor de la historia se acelera y nosotros estamos dentro de ese mundo acelerado, cambiante como nunca antes, intentando no quedar desfasados. Aunque está muy de moda lo vintage, se trata tan solo de una apariencia no siempre bien conseguida, rozando en ocasiones lo cutre. La realidad es que la avalancha de «novedades» puede pasarnos por encima sin darnos lugar a reaccionar adecuadamente, porque reaccionar hemos de reaccionar, sin duda.
Si miramos a nuestro alrededor, no solo el mundo está revuelto —en realidad, siempre lo ha estado— sino que el mundo cristiano también está buscando cómo reubicarse en estos tiempos en los que solemos decir que la segunda venida de Cristo está cerca. Sí, eso lo sabemos, pero en tanto que Él viene, ¿qué hacemos nosotros? ¿A qué nos dedicamos? ¿Cómo afrontamos los cambios sociales, tecnológicos y morales que se producen a nuestro alrededor y que, inevitablemente, nos afectan y remodelan nuestro entorno?

Como pastor aún en ejercicio aunque entrado en edad, me doy cuenta de que necesitamos levantarnos en medio de estos tiempos y continuar sin descanso ejerciendo el ministerio al que el Señor nos llamó, como también los más jóvenes que trabajan a nuestro lado y que tendrán que ir adelante cumpliendo con la misión, como hasta aquí lo hemos hecho tanto. Pero, ¿eso cómo se hace ahora? ¿Seguimos haciendo lo que hasta aquí hemos hecho siempre? ¿Les negamos a las generaciones más jóvenes el derecho a actuar de acuerdo y en consonancia con su propio tiempo? ¿Qué cosas pueden cambiar y adaptarse y cuáles no? Ya sabemos que lo importante no son las formas —aunque puedan tener su valor— sino los principios inalterables que hay que saber descubrir y valorar, porque esos no cambian. Para eso estudiamos y aprendemos hermenéutica.

Propongo que atendamos tres áreas de nuestro ministerio que pueden ayudarnos en este debate:
1. LA PERCEPCIÓN
¿Cómo percibimos el mundo que nos rodea, con sus cambios —radicales muchos de ellos—, a veces en progreso, a veces en retroceso? Es fácil mirar al pasado con nostalgia, pero debemos recordar las palabras del Predicador cuando reflexiona y dice:
«Nunca digas: ¿Cuál es la causa de que los tiempos pasados fueron mejores que estos? Porque nunca de esto preguntarás con sabiduría. Buena es la ciencia con herencia, y provechosa para los que ven el sol. Porque escudo es la ciencia, y escudo es el dinero; mas la sabiduría excede, en que da vida a sus poseedores.» (Eclesiastés 7:10–12).
Es importante saber qué vemos a nuestro alrededor, cómo evaluamos a nuestra sociedad, y no podemos dejar atrás la iglesia con sus formas, sus tradiciones y sus valores. ¿Son todos ellos bíblicos? ¿Qué de humano hay en todo ello? ¿Qué lastre podemos y debemos dejar atrás para no impedir que el mundo reciba el mensaje de Jesucristo?
Las palabras de Jesús contra quienes detentaban el poder religioso son duras:
«¡Ay de vosotros, intérpretes de la ley! Porque habéis quitado la llave de la ciencia; vosotros mismos no entrasteis, y a los que entraban se lo impedisteis.» (Lucas 11:52).
A sus mismos discípulos tuvo que reprenderlos por servir de obstáculo a que los niños se le acercaran:
«Y le presentaban niños para que los tocase; y los discípulos reprendían a los que los presentaban. Viéndolo Jesús, se indignó, y les dijo: Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios.» (Marcos 10:13–14).
En el caso de los escribas y fariseos, la malicia es manifiesta porque no querían perder el control de las masas. Los discípulos actuaban equivocadamente llenos de buenas intenciones, las mismas que nos asisten a nosotros en nuestros fallos y errores —quiero suponerlo así—, pero el Señor se indigna cuando ponemos obstáculos a que la gente se acerque a Él.
Cuántas veces decimos lo duro que es tal o cual pueblo —por ejemplo, España o Europa— y lo malos que son sus habitantes porque «rechazan a Cristo» y no nos enteramos de que a quienes rechazan es a nosotros, que no somos capaces de practicar las lecciones más básicas de la comunicación.

2. LA ADAPTABILIDAD
La vida es puro cambio desde que se concibe en el seno materno y comienza a desarrollarse; de un par de células, en nueve meses tenemos un niño, y a partir de ahí sigue cambiando hasta llegar a la madurez. Después viene el descenso, y por fin el cambio definitivo, el paso a la «otra vida», donde la adaptación está garantizada porque como dice Pablo «seremos transformados». Más adelante vendrá la resurrección. En todo se impone la adaptación.
Son muchas las veces que he tenido que adaptarme a las circunstancias cambiantes en mi vida y ministerio. En ocasiones la adaptación ha requerido de gran esfuerzo y dedicación. Pablo escribe a los filipenses:
«Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.» (Filipenses 4:12–13),
y también dedica esto a los corintios en su primera carta:
«Me he hecho débil a los débiles, para ganar a los débiles; a todos me he hecho de todo, para que de todos modos salve a algunos. Y esto hago por causa del evangelio, para hacerme copartícipe de él.» (1 Corintios 9:22–23).
No es cambiar por cambiar ni adaptarse para no ser considerados raros, asociales o simples inadaptados que necesitan ser «reeducados» por la sociedad. La adaptación tiene unos objetivos claros: ser fortalecidos en Cristo «[…] para que de todos modos salve a algunos […] por causa del evangelio».
No es una cuestión de estilo sino que es un cambio de mentalidad y de cultura, porque no podemos permitir dejar de ser relevantes como representantes de Cristo
Adaptarse no es asumir los valores ni la forma de pensar del mundo —que son opuestos al evangelio— sino la capacidad de cambiar lo que en nosotros impide que se establezca una verdadera comunicación con ese mundo en el que vivimos. No es una cuestión de estilo sino que es un cambio de mentalidad y de cultura, porque no podemos permitir dejar de ser relevantes como representantes de Cristo, como sus embajadores a quienes se nos ha encomendado el «ministerio de la reconciliación» entre los hombres y Dios.
3. LA FIDELIDAD A LOS PRINCIPIOS BÍBLICOS Y CRISTIANOS
Adaptarse no es renunciar a ser lo que somos, no es perder la identidad. Los seres vivos tienen esa capacidad de adaptación sin dejar de ser lo que son: puede cambiar el clima, la alimentación disponible, etc., y ellos se adaptan para vivir en esas condiciones, de frío o calor, de humedad o sequedad, pero un caballo es siempre un caballo, más grande o más pequeño, más o menos velludo, pero caballo.
Nosotros somos cristianos, es decir, además de haber tenido un encuentro con Cristo y haber experimentado una transformación de vida, somos sus representantes y, como tales, hemos de reflejar su modo de vida:
«El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo.» (1 Juan 2:6).
📖 Aplicación Bíblica: Permanecer fieles, siendo relevantes
En medio de un mundo en constante cambio, la Palabra de Dios sigue siendo lámpara a nuestros pies (Salmo 119:105). Este blog nos recuerda que no se trata simplemente de resistir el cambio ni de correr tras él, sino de discernir espiritualmente cómo avanzar con fidelidad a Cristo, sin perder la capacidad de comunicar su mensaje a una sociedad confundida.
La Biblia nos muestra repetidamente cómo los siervos de Dios se adaptaron sin corromper su identidad. Daniel, en Babilonia, mantuvo su fe y principios, pero aprendió la lengua y la cultura del imperio para servir con excelencia (Daniel 1:17-20). Pablo, como mencionamos, se hizo a todos para ganar a algunos (1 Corintios 9:22), sin negociar la verdad del evangelio.
Hoy, como iglesia, enfrentamos el mismo desafío: ¿Estamos siendo fieles al mensaje mientras actualizamos nuestras formas? ¿Estamos obstaculizando a otros con nuestras estructuras, como los fariseos lo hacían (Lucas 11:52), o estamos facilitando que muchos se acerquen a Jesús, como Él nos enseñó?
La respuesta no está en copiar el mundo ni en aferrarnos a las formas del pasado, sino en andar como Cristo anduvo (1 Juan 2:6), siendo luz en medio de la oscuridad y mostrando un evangelio encarnado en amor, verdad y poder.
En conclusión:
Los tiempos que vivimos nos exigen estar a la altura para poder seguir dando respuesta a las muchas necesidades que la gente experimenta. A mayor desarrollo, mayor frustración, porque se constata que los avances de la ciencia, innegables y valiosísimos, no resuelven sus problemas más íntimos, los problemas del alma, y parece que más bien los agravan. La respuesta sigue siendo Cristo y su mensaje, que no siempre coincide con el nuestro.
Bibliografía
Adaptado y tomado con licencia de la revista LÍDER 625, edición 15, PASTORES: ¿Cómo cambia el rol pastoral con los nuevos desafíos? Pág. 6-7.
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