Lo ordinario de la fe

ĀæAcaso da gracias al siervo porque hizo lo que se le habĆ­a mandado? Pienso que no. AsĆ­ tambiĆ©n vosotros, cuando hayĆ”is hecho todo lo que os ha sido ordenado, decid: Ā«Siervos inĆŗtiles somos, pues lo que debĆ­amos hacer, hicimosĀ». (Lucas 17.9–10)

Hemos estado considerando algunos aspectos de este pasaje que presenta una de las enseñanzas que Cristo le dio a los discípulos acerca del tema de la fe. En nuestra reflexión de hoy queremos examinar el ejercicio de la fe en la vida del cristiano.

Subsiste una tendencia entre nosotros a creer que el ejercicio de la fe en la vida es algo especial. Cuando relatamos anécdotas donde se vieron extraordinarias manifestaciones de fe lo hacemos con ese asombro de quienes estÔn frente a algo increíble. No pocos dentro de la iglesia creen que hay personas que poseen una capacidad especial para moverse en fe, personas que estÔn en otra dimensión de la vida espiritual que nosotros. Esto no hace mÔs que recalcar que estamos distanciados de la clase de vida que deberíamos estar viviendo en Cristo Jesús.

En el pasaje de hoy Cristo ilustró esta verdad con el trabajo de un siervo en el campo. Habiendo recibido instrucciones al inicio del día, el siervo salió y trabajó toda la jornada en lo que se le había mandado. Cuando llegara la tarde, ¿el amo de aquel siervo lo esperaría con la cena lista, como premio por el buen desempeño que tuvo durante el día de trabajo? ”Por supuesto que no! No recibiría ningún tipo de reconocimiento, porque en realidad no había estado haciendo mÔs que cumplir con lo que se le había mandado hacer.

De la misma manera, el discĆ­pulo que vive por fe no estĆ” demostrando un extraordinario compromiso con Cristo, ni avanzando mĆ”s allĆ” de lo que se espera de Ć©l. Simplemente estĆ” viviendo de la manera que su amo espera. Moverse por fe, entonces, no es vivir con un mayor grado de compromiso que los demĆ”s. Es, simplemente, vivir la vida espiritual como Dios manda. Ɖl nos da a cada momento sus instrucciones, y nosotros obedecemos, haciendo exactamente lo que Ć©l nos indica hacer. No tiene ningĆŗn mĆ©rito lo que hacemos.

Tratar con especial reverencia a aquellas personas que se mueven por fe no hace mƔs que ofrecer un elocuente testimonio de la pobreza de nuestra propia vida espiritual.

Se cuenta que Jorge Müller, el hombre que fundó incontables orfanatos moviéndose solamente por fe, visitó muchas iglesias en los últimos años de su vida, dando testimonio de cómo el Señor había provisto fielmente para las necesidades de miles de niños. La gente que lo escuchaba se maravillaba del gran compromiso que tenía este hombre. Müller les señalaba, sin embargo, que él no había hecho nada extraordinario. Simplemente escogió creer las promesas del Señor cada día de su larga vida. Había hecho lo que se le pide a todo el que cree en Cristo, y eso no tiene ningún mérito en el reino. Fue, en última instancia, nada mÔs que un siervo inútil.

Para pensar:

«La fe es al mundo espiritual lo que el dinero es al mundo comercial». Anónimo.


Shaw, C. (2005) Alza tus ojos. San JosƩ, Costa Rica, CentroamƩrica: Desarrollo Cristiano Internacional.

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