Pagar el precio

Desde entonces muchos de sus discĆ­pulos volvieron atrĆ”s y ya no andaban con Ć©l. Dijo entonces JesĆŗs a los doce: ĀæQuerĆ©is acaso iros tambiĆ©n vosotros? (Juan 6.66–67)

Una característica que marca una gran diferencia entre el estilo de liderazgo de Jesucristo y el que se ha hecho popular en nuestros tiempos es la forma de proclamar la verdad de Dios. Sin Ônimo de ofender, Jesús no temía proclamar los aspectos mÔs radicales del reino. Nosotros, sin embargo, vivimos en un tiempo en el cual se considera fundamental no alejar a las personas, con posturas consideradas demasiado duras. Por esta razón, nos hemos volcado hacia un evangelio que parece estar conformado exclusivamente por una larga lista de beneficios que exigen poco y nada del discípulo, en cuestiones de entrega.

En los evangelios encontramos varios incidentes donde las enseñanzas de Cristo fueron consideradas como una afrenta por aquellos que las escucharon. Pareciera que aun los discípulos estaban preocupados por esto, pues en ocasiones ellos mismos hacían notar al Maestro la reacción que había provocado, como esperando que se retractara (Mt 15.12). El pasaje de hoy también capta uno de esos momentos en que la palabra del Mesías resultó demasiado comprometedora para los oyentes. A partir de ese momento, afirma el evangelista, muchos discípulos dejaron de seguirlo.

No encontramos a JesĆŗs preocupado por este suceso. No salió corriendo atrĆ”s de ellos para tratar de reparar la situación, buscando retenerlos a toda costa. Ɖl sabĆ­a que si no existĆ­a una decisión drĆ”stica de seguirle, sin importar el costo, seguramente acabarĆ­an en una experiencia espiritual de mediocridad y tibieza. Lejos de estar preocupado, JesĆŗs confrontó a los discĆ­pulos con una pregunta que exigĆ­a de ellos una definición: «¿Ustedes tambiĆ©n se van?Ā»

La reacción de Cristo parece un tanto extraña a nuestra sensibilidad posmoderna, pero tiene su razón de ser. Un discípulo no solamente debe tener conciencia de que seguir al Maestro tiene un costo, sino también que debe demostrar disposición a pagar ese precio. De no ser así, se pasarÔ la vida necesitando que otros lo sostengan.

Este principio nos deja una importante lección para nuestras propias vidas. En nuestro afÔn de formar discípulos responsablemente podemos terminar nosotros haciendo todo el esfuerzo, queriendo asegurar el compromiso de aquellos que estamos formando, con una entrega incondicional de nuestra parte. En mi experiencia pastoral los resultados de nuestra inversión rara vez permanecen cuando somos nosotros los que estamos haciendo todo el esfuerzo. Tarde o temprano aquellas personas en las que estamos invirtiendo tienen que llegar al punto de decidir si van a empezar a trabajar en su propia vida, sea cual sea el costo de esta decisión.

Pedro contestó por los discípulos: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente» (Jn 6.68). Sabía que la vida por delante tendría muchas dificultades. Pero también tenía la convicción de que no estar con Jesús era perderlo todo. Abrazados a esta verdad, decidieron pagar el precio de seguir con el Mesías.

Para pensar:

¿CuÔl es su estilo de liderazgo? ¿CuÔnto sacrificio hace por las personas en las que estÔ invirtiendo? ¿CuÔnto sacrificio hacen ellos por ser formados?

Tomado con licencia de:

Shaw, C. (2005) Alza tus ojos. San JosƩ, Costa Rica, CentroamƩrica: Desarrollo Cristiano Internacional.0000

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