Segundas oportunidades
DescendĆ a casa del alfarero, y hallĆ© que Ć©l estaba trabajando en el torno. Y la vasija de barro que Ć©l hacĆa se echó a perder en sus manos, pero Ć©l volvió a hacer otra vasija, segĆŗn le pareció mejor hacerla. Entonces vino a mĆ palabra de JehovĆ”, diciendo: «¿No podrĆ© yo hacer con vosotros como este alfarero, casa de Israel?, dice JehovĆ”. Como el barro en manos del alfarero, asĆ sois vosotros en mis manos, casa de IsraelĀ».( JeremĆas 18.3ā6)
Cuando se presenta a la verdad usando ilustraciones visibles y reales de la vida cotidiana, es fĆ”cilmente asimilada. El pasaje de hoy ilustra a la perfección esta metodologĆa. El SeƱor deseaba hacer una declaración acerca de su trato con Israel. En lugar de simplemente enunciar el principio, mandó al profeta a que descendiera a la casa del alfarero para observarlo mientras trabajaba. JeremĆas obedeció y comenzó a mirar al artesano. Con la destreza natural de quienes trabajan todos los dĆas en el mismo oficio, el hombre tomó una masa de barro y la colocó sobre la rueda, para luego hacerla girar a velocidad. Remojando continuamente sus manos en agua, fue lentamente trabajando el barro, hasta que comenzó a surgir la forma de una vasija. Habiendo acabado con la forma externa, comenzó a vaciar el interior. En un momento, sin embargo, se derrumbó el costado de la vasija. Con paciencia, el alfarero tomó lo que quedaba de su trabajo, lo amasó de nuevo y comenzó otra vez a darle forma.
En ese momento, el SeƱor le habló al profeta: Ā«AsĆ hago tambiĆ©n con la obra de mis manosĀ», le dijo. En un instante, JeremĆas captó la esencia del espĆritu perseverante que caracteriza a Dios, un Dios que no se da por vencido cuando las cosas se echan a perder. Al contrario, no desvĆa su intención de hacer algo Ćŗtil del barro. Comienza otra vez a trabajar hasta que consigue lo que quiere.
Este principio sublime debe tener profundo significado para los que estamos sirviendo dentro del pueblo de Dios. En primer lugar, porque nos anima a creer que aun cuando cometemos los peores errores, siempre existe la oportunidad de volver a empezar. El hecho de que MoisĆ©s asesinara a un egipcio, no desvió el plan de Dios. El hecho que ElĆas huyera al desierto y pidiera la muerte, no llevó al SeƱor a abandonarlo y buscar otro profeta. El hecho de que Pedro negara tres veces a Cristo, no llevó al SeƱor a desechar al apóstol de la obra para la cual lo habĆa llamado. En cada uno de estos casos, el alfarero divino simplemente tomó lo que quedaba de su obra original y le volvió a dar forma. AsĆ tambiĆ©n en nuestras vidas; Ć©l podrĆ” redimir aun nuestras mĆ”s groseras faltas.
Esto debe animarnos también con las personas que estamos formando. Muchas veces van a equivocar el camino. Nosotros nos sentiremos tentados a «tirar la toalla» con ellos. Pero el Señor nos recuerda que él no desecha a nadie. Deberemos, por tanto, armarnos de la misma paciencia y bondad que el Señor para terminar la obra que se nos ha encomendado.
Para pensar:
Cuando Ćl ha escogido a alguien, nada ni nadie podrĆ” descarrilar ese proyecto, aunque pueda haber muchos contratiempos en el camino.
Shaw, C. (2005) Alza tus ojos. San JosƩ, Costa Rica, CentroamƩrica: Desarrollo Cristiano Internacional.
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