NO ESTÁS SOLO: LA DEPRESIÓN EN EL MINISTERIO JUVENIL
“Hermanos, no queremos que desconozcan las aflicciones que sufrimos en la provincia de Asia. Estábamos tan agobiados bajo tanta presión, que hasta perdimos la esperanza de salir con vida. Nos sentíamos como sentenciados a muerte. Pero eso sucedió para que no confiáramos en nosotros mismos, sino en Dios, que resucita a los muertos.” 2 Corintios 1:8-9 (NVI)
EL PESO INVISIBLE
Durante meses me sentí aislado y solo. Como si tuviera un letrero de puntería pintado en la espalda, y cada persona con la que me encontraba estuviera dispuesta a dispararme. El mundo se sentía volátil y peligroso. Muy a menudo, parecía como si todo mi mundo se desmoronara encima de mí.
Traté desesperadamente de identificar de dónde provenían estas emociones salvajes, intentando entender el origen de mi angustia.
“Me sentía como si el mundo estuviera en mi contra… incluso cuando nadie lo estaba realmente.”
EL JUEGO DE LAS CULPAS
- Culpé a los padres.
- Culpé a los jóvenes.
- Culpé a mis compañeros de trabajo.
- Culpé a mi familia.
- Culpé a Dios.
Estaba, esencialmente, buscando descargar el peso de la responsabilidad sobre cualquier persona, menos sobre mí mismo. Me sentía destrozado y roto. La mayoría de los días me costaba simplemente salir de la cama.
Y aun así, a pesar de mis intentos por culpar a los demás, estaba rodeado de personas que me amaban, que me apoyaban. Pero aun así… me sentía completamente abandonado.
“ESTABA DEPRIMIDO.”
UNA VERDAD DIFÍCIL DE ESCUCHAR
Finalmente, mi esposa —increíblemente comprensiva— me dijo con ternura pero con firmeza que estaba causando mi propio dolor. Toda esa agonía que me estaba consumiendo… venía desde adentro. Y lo peor: mi sufrimiento también estaba comenzando a herir a otros.
“El dolor es inevitable. El sufrimiento es opcional.”

Esa frase, escuchada en un podcast mientras conducía, me atravesó como una flecha. En ese momento supe que Dios me hablaba. Me decía que aunque estaba en medio del caos, no tenía que quedarme allí. Podía atravesar esa oscuridad. Podía elegir no seguir sufriendo.
LA MÁSCARA SE CAE
Me di cuenta de que había intentado desesperadamente ponerme una máscara. Quería que todos creyeran que estaba bien. Pero mi lío interno se desbordaba. La máscara ya no funcionaba.
“No puedes ignorar lo que ahora sabes. No puedes des-ver lo que ya viste.”
Cuando ya has reconocido el problema, la negación solo se convierte en una mentira hacia ti mismo. Si no enfrentás la tentación, se convertirá en problema. Si no atendés la pasión, vas a quedarte vacío. Si no tratás la depresión, te va a llevar a un sufrimiento innecesario.
DIOS ME ENCONTRÓ EN MI LÍO
Al sentarme en el auto, me di cuenta: no era simplemente un mal momento. Era una depresión profunda. Y necesitaba hacerle frente. Mis relaciones con mi familia, mis amigos y con Dios se estaban resquebrajando.
Las preguntas me golpeaban una y otra vez:
- ¿Cómo salgo de esto?
- ¿Cómo se supera una depresión?
- ¿Dónde empiezo?
Y fue en ese momento, en medio de la confusión, cuando sentí la gracia de Dios tomarme suavemente por los hombros. Me recordó cuánto me ama. Me recordó que su amor no huye del desastre. Su amor entra en el caos. Se sienta conmigo. Me sostiene.
“No hay desastre demasiado desordenado para la gracia de Dios.”
“Dios no se escandaliza de tu depresión. Él quiere atravesarla contigo.”
EMPEZAR EL CAMINO DE SANIDAD
No me curé mágicamente. Pero ese día empecé el arduo camino hacia la sanidad. Con el apoyo de mi familia y amigos, fui lo suficientemente valiente para:
- Ver a un doctor.
- Iniciar un tratamiento con antidepresivos.
- Visitar un terapeuta.
- Solicitar un año sabático al liderazgo de mi iglesia.
- Empezar a sanar mis relaciones.
- Y, quizás lo más difícil, comenzar a amarme a mí mismo otra vez.
“No estás roto para siempre. Estás en reparación.”

EL CAMBIO COMIENZA AL DETENERNOS
Durante ese proceso leí Espiritualidad Desordenada de Mike Yaconelli. Uno de los mensajes más poderosos del libro fue:
“Atascarse puede ser lo mejor que te pase, porque te obliga a parar.”
Estar detenido te hace mirar lo que has evitado, a reconocer tus anhelos más profundos, incluso tu necesidad de Dios. Muchas veces, ese “atasco” es el punto más bajo. Pero también puede ser el inicio de un cambio real.
“No se puede crecer sin antes renunciar a lo que nos está matando.”
NO ESTÁS SOLO
Tal vez estás leyendo esto hoy y estás listo para abandonar el ministerio. O estás pensando dejar una relación. Tal vez incluso estás contemplando dejar tu propia vida.
Yo estuve ahí.
Y si pudiera decirte una sola cosa, sería esta:
“Tu depresión no disminuye tu valor.”
“Puedes tener depresión, pero no sos la depresión.”
Podés atravesarla. Pero no lo hagas solo. Dios está contigo. Y desesperadamente quiere atravesar ese desastre con vos.

📖 Aplicación Bíblica:
📌 Conclusión y aplicación bíblica
La depresión no es un signo de debilidad espiritual. Es parte de nuestra humanidad quebrada, incluso cuando servimos con pasión en el ministerio. El autor de este testimonio no encontró sanidad al negar su realidad, sino al quitarse la máscara, detenerse y dejar que la gracia de Dios lo alcance justo en medio del caos.
Así como Elías en 1 Reyes 19, que se sintió tan abrumado que quiso morir, también nosotros podemos llegar a sentirnos vacíos aún después de grandes victorias. Pero Dios no lo reprendió; lo alimentó, lo dejó descansar, y lo restauró con su presencia y propósito. Ese mismo Dios sigue obrando hoy.
Dios no necesita que aparentemos fortaleza; Él se especializa en levantar a los quebrantados. Salmos 34:18 nos lo recuerda:
“El Señor está cerca de los quebrantados de corazón, y salva a los de espíritu abatido.”
Si estás atravesando oscuridad, no te aísles. Buscá ayuda médica, emocional y sobre todo espiritual. Podés contar con nosotros como Iglesia Renacer. No estás solo. Dios está contigo. Y aunque no haya sanidad instantánea, hay esperanza real. No porque todo esté bien, sino porque Dios está presente incluso cuando todo está mal.
No te rindas. Pedí ayuda. La sanidad comienza cuando decidís no esconderte más.
Bibliografía
Adaptado y tomado con licencia de la revista LÍDER 625, edición 06, DEPRESIÓN: La amenaza silenciosa. Pág. 14-15.
Comentarios