
Por Janel Breitenstein
Anoche les gritƩ a mis hijos.
Comenzó antes de que el enjuague bucal se derramara por todo el suelo, mis pantalones y mi blusa nueva.
Que yo tenga un problema con la ira (principalmente ira hacia los niños)y la falta de control emocional no es algo que haya guardado en secreto. Pero aún resulta dolorosamente destructivo en mi propio hogar: «La mujer sabia edifica su casa; la necia, con sus manos la destruye» (Proverbios 14:1).
De modo que cuando mi pulso habĆa bajado a un rango adecuado y determinĆ© que el enjuague bucal apenas me habĆa mojado, convoquĆ© a todos los niƱos a nuestro pequeƱo sofĆ”. Algunos tuvieron que arrastrase fuera de la cama. Se me amontonaron como cachorritos. Y nuevamente tomĆ© el tiempo (como tengo que hacerlo con frecuencia), para disculparme con ellos y pedirles perdón. Luego, los dirigĆ en oración y arrepentimiento con Dios.
Era lo que todos necesitƔbamos.
Le agradecà a mis niños por perdonarme (también es una cualidad buena para practicar) y terminé haciéndoles cosquillas y riéndonos a carcajadas. Al salir mÔs tarde de su cuarto a oscuras, aullé de
dolor luego de tropezar con un enchufe elĆ©ctrico que alguien habĆa dejado en la salida. Mi segundo hijo se apresuró en darle al blanco: «¿AĆŗn me amas?Ā». Se cayó a la cama riĆ©ndose.
Nada de esto, me temo, anula lo que hice.
Quisiera poder eliminar mi eruptiva falta de autocontrol, o el modo en que me transformo instantƔneamente en una sargento mandona. Hubiera querido borrar lo que modelƩ ante mis hijos.
Pero lo que aĆŗn quedaba en mi poder eran dos palabras. Lo siento.
Una familia que practica el arrepentimiento mantiene «cuentas cortas», disculpÔndose rÔpida y sinceramente. El punto de disculparme con mis hijos aun cuando estÔn castigados no implica
minimizar sus faltas. Deben criarse conociendo mi confesión voluntaria como la norma, para que comprendan que mamÔ necesita un Salvador al igual que ellos. Ser consciente de la viga en
mi ojo (aunque mis hijos o mi esposo sean los ofensores) es un mandato bĆblico (Mateo 7:1-5).
AsĆ que toma un paso mĆ”s, inclusive, que aquellas dos palabras crĆticas. De forma deliberada pide perdón y luego humilde y verbalmente diles que los perdonas: Ā«Quiero que sepan que los perdono completamente y sĆ© que Dios los perdona tambiĆ©nĀ».
Supongo que puede sonar un poco raro cuando no estamos acostumbrados a emplear dicho lenguaje en nuestras casas, pero ese es mi punto, ĀædeberĆa serlo? LlĆ”menme idealista, pero me gustarĆa que estas palabras de Cristo sean la norma, una oportunidad de aplicar el evangelio a mĆ misma y a mis seres
queridos de forma cotidiana.
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